"8 ambientes, 5 baños, amplio, ubicación súper céntrica a metros del Obelisco, a metros de zona comercial, líneas B, C y D de subte pasan por los livings, solo luz artificial. Oportunidad de convivir con millones de pasajeros diarios, de 23 a 5 horas privacidad absoluta, ideal familias con niños. Requisitos: ser indigente, no beneficiario de planes sociales de ninguna clase, practicar la mendicidad. Sin garantía. Precio del alquiler: saberse ciudadano de segunda, tercera o cuarta categoría".
La calle no es un lugar para vivir.
sábado, 7 de junio de 2014
martes, 11 de junio de 2013
Basuras
Cuando me enojo destructivamente con alguien, siento la necesidad de citar a la RAE (Real Academia Española) para que hable en mi nombre.
La RAE define: "Basura: 1. la cosa que ensucia. 2. Residuos desechados y otros desperdicios. 3. Lugar donde se tiran esos residuos y desperdicios. 4. Estiércol de las caballerías. 5. Cosa repugnante o despreciable". Para "basural", la definición es "sitio donde se arroja la basura".
Esta mañana, apareció en un basural de José León Suárez el cuerpo atado y ahorcado de una adolescente de 16 años. ¿Cómo apareció? Como cualquier basurita casera que uno tire por ahí, pongamos, como ejemplo... una cáscara de mandarina. Va al tacho, a la bolsa, se tira, la recoge un camión, la descarga en el basural.
Pero hoy descargaron un cuerpo. Un cadáver. Y la RAE de pronto parece lejana, absurda, ahora no hablamos más el mismo idioma. Esta chica apareció en un basural como si fuera basura, pero intuitivamente sabemos que no lo es. Las categorías de la RAE de golpe son extrañas. Alguien se equivoca: o la RAE, o quien dejó el cuerpo.
57 años y dos días antes, un domingo a la mañana, varios cuerpos también habían aparecido en un basural de José León Suárez. Nadie entendía muy bien qué había sucedido. De pronto, se empezó a saber que el sábado a la noche había sido muy agitado. Un supuesto golpe de Estado se había intentado perpetuar, y los que manejaban el Estado en ese momento (a su vez, gracias a un golpe de Estado) se habían defendido, a ellos y a la legalidad imperante, que en realidad no era muy legal pero se defendía bien. Las extrañas acciones de defensa partieron de un lugar poco común: un ómnibus de pasajeros urbano que transitaba plácidamente cerca de Puente Saavedra un sábado como cualquier otro. Los defensores irrumpieron en el micro lleno de atacantes desarmados, los obligaron a bajar, requisaron el rodado, y se dirigieron a un lejano punto del conurbano bonaerense a frenar la intentona golpista.
La susodicha intentona en ese momento estaba en una fase muy adolescente: había unos veinte hombres escuchando por radio una pelea de boxeo. "Algunos sabían, algunos sabían" susurra una voz en mi oído derecho. Otros no, mi querida voz. Y además, saber, no saber, participar, no participar... ¿es justificativo de algo?
La irrupción fue violenta. Policías y soldados interrumpiendo la velada boxística. Algunos entendieron, la gran mayoría no. Había uno que estaba "muy fachero" para ir a hacer la revoluta. Capaz, solo estaba fachero porque había ido a la casa de un nuevo vecino a hacer amigos y escuchar un partido de boxeo... se ve que no le creyeron.
"Los llevamos a La Plata", dijeron mientras los encerraban en una camioneta. Pero se dieron cuenta que la misma no iba hacia el sur, sino hacia el norte, por caminos cada vez más desolados.
Los hicieron bajar en mitad de la noche, en mitad del invierno, en mitad de la basura. El basural de José León Suárez. Luego de una serie de emotivos sermones, los fusilaron. A unos cuantos, otros, por esas cosas ambivalentes que tiene la desidia del funcionario argentino, se salvaron.
A la mañana siguiente, la gente de José León Suárez tuvo el extraño privilegio de saberse habitante de un campo de batalla (altamente desigual); también, y sobre todo, de saberse habitante de un basurero. Un basurero más completo que el que pensaron que tenían. La sociedad ahora no solo les tiraba gajos putrefactos de mandarina, sino también, ya que estaban y por el mismo precio, cadáveres de ajusticiados políticos. Que a partir de ahí quedaban igualados material, y sobre todo, simbólicamente a la basura.
Pasaron 57 años y dos días de ese suceso.
Esta mañana, la RAE se volvió a equivocar. Yo, que la defiendo, postulo que en realidad se equivocaron los otros. ¿Una chica asesinada aparece en un basural?
El sábado a la noche y el lunes a la mañana son muy distintos, pero no dejan de ser momentos claves de la semana. Oír un partido de boxeo e ir a hacer gimnasia para el colegio son actividades disímiles, pero, algo...eh, algo, el deporte aunque sea, comparten. El puente de Newbery sobre las vías del Mitre no es puente Saavedra, pero no deja de ser un puente. No es lo mismo tampoco un grupo de 20 hombres que una chica de 16 años sola. Algo, sin embargo... sí, son seres humanos. Una Traffic blanca tampoco es igual a una camioneta militar, aunque... hace 20 años una Traffic blanca se usó para hacer volar un edificio y matar a 85 personas de un solo golpe, en una acción humanamente desgarradora aunque militarmente eficaz. Y ahora la Traffic blanca se usa para llevarse a personas contra su propia voluntad, que más o menos viene a ser lo mismo que lo que hacían las viejas camionetas militares.
Digamos que aggiornamos la escena y los actores, pero siguiendo fatalmente a Borges, nunca el argumento. ¿Será que ya está todo dicho y siempre hablamos de lo mismo? ¿Será que toda creación es recreación?
No sabemos si sabía o no sabía. No nos damos cuenta de si se dio cuenta o no se dio cuenta. No conocemos si conocía o no conocía. No entendemos si entendía o no entendía. No nos importa si le importaba o no le importaba.
Hace 57 años, el trajeado elegante nunca volvió a su casa, para gran sorpresa de su recién casada mujer. Ayer, esta chica con uniforme escolar tampoco fue a su clase de inglés, para gran sorpresa de su madre.
No sabemos si le dijeron o no que la llevaban a La Plata; lo que sí sabemos es que desde su celular llamaron a un banco, lo cual, sustantivos propios aparte, es un poco lo mismo.
Y es lo mismo porque no la llevaron. A él tampoco. Además, ellos tampoco hubieran querido ir a La Plata, ¿para qué? Si estaban por sus barrios, haciendo sus actividades de siempre.
No sabemos tampoco, hoy, qué dicen defender los que raptaron a esta chica, porque no sabemos quiénes son. Tampoco sabemos qué uniforme usan, ni para quién trabajan. El guionista nos deja un espacio para que recreemos con nuestra imaginación estos detalles, que no alteran para nada la trama de la historia escrita una y otra vez.
El final es casi el mismo. La gente de José León Suárez teniendo el extraño privilegio, nuevamente, de saberse un basurero apto para todo: además de las mandarinas, cuerpos humanos. Antes el enemigo era el subversivo, hoy es la mujer libre que camina sola por la calle. Antes los héroes eran los militares torturadores, hoy son los secuestradores de mujeres en las calles.
¿Héroes, Lucio? Pero la sociedad los condena...
Sí, de palabra. Mejor dicho: el patético coro griego que conformamos los condena, pero el autor que nos escribe las vidas, y al cual nosotros le compramos toda suerte de ficciones, los avala y los apoya. Porque los deja hacer y deshacer lo que quieren, y si ya no pueden hacerlo más, les cambia el nombre, les da una camioneta nueva y una nueva víctima a seguir, y todo sigue igual.
La gente que vive cerca de los basureros tiene poca importancia para el guionista, y por eso nunca cambian, y siempre viven al lado del tacho de nuestra sociedad, sabiendo que cuando se los vea, siempre va a ser para una noticia macabra y relacionada con la basura que los constituye identitariamente.
Para terminar, voy a decir que creo que el guionista de estas historias se equivoca y no leyó la RAE: la basura no es lo que aparece en los basurales. Basuras son los que no distinguen una vida humana de una basura.
La RAE define: "Basura: 1. la cosa que ensucia. 2. Residuos desechados y otros desperdicios. 3. Lugar donde se tiran esos residuos y desperdicios. 4. Estiércol de las caballerías. 5. Cosa repugnante o despreciable". Para "basural", la definición es "sitio donde se arroja la basura".
Esta mañana, apareció en un basural de José León Suárez el cuerpo atado y ahorcado de una adolescente de 16 años. ¿Cómo apareció? Como cualquier basurita casera que uno tire por ahí, pongamos, como ejemplo... una cáscara de mandarina. Va al tacho, a la bolsa, se tira, la recoge un camión, la descarga en el basural.
Pero hoy descargaron un cuerpo. Un cadáver. Y la RAE de pronto parece lejana, absurda, ahora no hablamos más el mismo idioma. Esta chica apareció en un basural como si fuera basura, pero intuitivamente sabemos que no lo es. Las categorías de la RAE de golpe son extrañas. Alguien se equivoca: o la RAE, o quien dejó el cuerpo.
57 años y dos días antes, un domingo a la mañana, varios cuerpos también habían aparecido en un basural de José León Suárez. Nadie entendía muy bien qué había sucedido. De pronto, se empezó a saber que el sábado a la noche había sido muy agitado. Un supuesto golpe de Estado se había intentado perpetuar, y los que manejaban el Estado en ese momento (a su vez, gracias a un golpe de Estado) se habían defendido, a ellos y a la legalidad imperante, que en realidad no era muy legal pero se defendía bien. Las extrañas acciones de defensa partieron de un lugar poco común: un ómnibus de pasajeros urbano que transitaba plácidamente cerca de Puente Saavedra un sábado como cualquier otro. Los defensores irrumpieron en el micro lleno de atacantes desarmados, los obligaron a bajar, requisaron el rodado, y se dirigieron a un lejano punto del conurbano bonaerense a frenar la intentona golpista.
La susodicha intentona en ese momento estaba en una fase muy adolescente: había unos veinte hombres escuchando por radio una pelea de boxeo. "Algunos sabían, algunos sabían" susurra una voz en mi oído derecho. Otros no, mi querida voz. Y además, saber, no saber, participar, no participar... ¿es justificativo de algo?
La irrupción fue violenta. Policías y soldados interrumpiendo la velada boxística. Algunos entendieron, la gran mayoría no. Había uno que estaba "muy fachero" para ir a hacer la revoluta. Capaz, solo estaba fachero porque había ido a la casa de un nuevo vecino a hacer amigos y escuchar un partido de boxeo... se ve que no le creyeron.
"Los llevamos a La Plata", dijeron mientras los encerraban en una camioneta. Pero se dieron cuenta que la misma no iba hacia el sur, sino hacia el norte, por caminos cada vez más desolados.
Los hicieron bajar en mitad de la noche, en mitad del invierno, en mitad de la basura. El basural de José León Suárez. Luego de una serie de emotivos sermones, los fusilaron. A unos cuantos, otros, por esas cosas ambivalentes que tiene la desidia del funcionario argentino, se salvaron.
A la mañana siguiente, la gente de José León Suárez tuvo el extraño privilegio de saberse habitante de un campo de batalla (altamente desigual); también, y sobre todo, de saberse habitante de un basurero. Un basurero más completo que el que pensaron que tenían. La sociedad ahora no solo les tiraba gajos putrefactos de mandarina, sino también, ya que estaban y por el mismo precio, cadáveres de ajusticiados políticos. Que a partir de ahí quedaban igualados material, y sobre todo, simbólicamente a la basura.
Pasaron 57 años y dos días de ese suceso.
Esta mañana, la RAE se volvió a equivocar. Yo, que la defiendo, postulo que en realidad se equivocaron los otros. ¿Una chica asesinada aparece en un basural?
El sábado a la noche y el lunes a la mañana son muy distintos, pero no dejan de ser momentos claves de la semana. Oír un partido de boxeo e ir a hacer gimnasia para el colegio son actividades disímiles, pero, algo...eh, algo, el deporte aunque sea, comparten. El puente de Newbery sobre las vías del Mitre no es puente Saavedra, pero no deja de ser un puente. No es lo mismo tampoco un grupo de 20 hombres que una chica de 16 años sola. Algo, sin embargo... sí, son seres humanos. Una Traffic blanca tampoco es igual a una camioneta militar, aunque... hace 20 años una Traffic blanca se usó para hacer volar un edificio y matar a 85 personas de un solo golpe, en una acción humanamente desgarradora aunque militarmente eficaz. Y ahora la Traffic blanca se usa para llevarse a personas contra su propia voluntad, que más o menos viene a ser lo mismo que lo que hacían las viejas camionetas militares.
Digamos que aggiornamos la escena y los actores, pero siguiendo fatalmente a Borges, nunca el argumento. ¿Será que ya está todo dicho y siempre hablamos de lo mismo? ¿Será que toda creación es recreación?
No sabemos si sabía o no sabía. No nos damos cuenta de si se dio cuenta o no se dio cuenta. No conocemos si conocía o no conocía. No entendemos si entendía o no entendía. No nos importa si le importaba o no le importaba.
Hace 57 años, el trajeado elegante nunca volvió a su casa, para gran sorpresa de su recién casada mujer. Ayer, esta chica con uniforme escolar tampoco fue a su clase de inglés, para gran sorpresa de su madre.
No sabemos si le dijeron o no que la llevaban a La Plata; lo que sí sabemos es que desde su celular llamaron a un banco, lo cual, sustantivos propios aparte, es un poco lo mismo.
Y es lo mismo porque no la llevaron. A él tampoco. Además, ellos tampoco hubieran querido ir a La Plata, ¿para qué? Si estaban por sus barrios, haciendo sus actividades de siempre.
No sabemos tampoco, hoy, qué dicen defender los que raptaron a esta chica, porque no sabemos quiénes son. Tampoco sabemos qué uniforme usan, ni para quién trabajan. El guionista nos deja un espacio para que recreemos con nuestra imaginación estos detalles, que no alteran para nada la trama de la historia escrita una y otra vez.
El final es casi el mismo. La gente de José León Suárez teniendo el extraño privilegio, nuevamente, de saberse un basurero apto para todo: además de las mandarinas, cuerpos humanos. Antes el enemigo era el subversivo, hoy es la mujer libre que camina sola por la calle. Antes los héroes eran los militares torturadores, hoy son los secuestradores de mujeres en las calles.
¿Héroes, Lucio? Pero la sociedad los condena...
Sí, de palabra. Mejor dicho: el patético coro griego que conformamos los condena, pero el autor que nos escribe las vidas, y al cual nosotros le compramos toda suerte de ficciones, los avala y los apoya. Porque los deja hacer y deshacer lo que quieren, y si ya no pueden hacerlo más, les cambia el nombre, les da una camioneta nueva y una nueva víctima a seguir, y todo sigue igual.
La gente que vive cerca de los basureros tiene poca importancia para el guionista, y por eso nunca cambian, y siempre viven al lado del tacho de nuestra sociedad, sabiendo que cuando se los vea, siempre va a ser para una noticia macabra y relacionada con la basura que los constituye identitariamente.
Para terminar, voy a decir que creo que el guionista de estas historias se equivoca y no leyó la RAE: la basura no es lo que aparece en los basurales. Basuras son los que no distinguen una vida humana de una basura.
martes, 14 de mayo de 2013
Resignificación corporal de una gripe
Soy la mente del autor de este blog. He sido sentenciada a escribir sobre mi compañero el cuerpo del autor, ya que el autor ha considerado que por mis inestabilidades recientes mi compañero el cuerpo ha sido perjudicado y se ha perdido una clase de tango, escasos momentos en que tiene para ser él mismo, o intentarlo al menos.
No es que yo quiera protagonizar toda la vida del autor, pese a mi carácter histriónico; es que... es difícil vivir en este mundo. Hay demasiados cerrojos para vivir y ser libre, y eso nos ha jodido la existencia a mi compañero y a mí.
La vida es una suerte de mecanismo distribuidor de satisfacciones e insatisfacciones, que tiende siempre al exceso y al desbalance, aunque muy leve e insuficientemente termina compensando. Se configura de esta manera un paisaje grisáceo, monótono y maloliente, aunque con pequeños oasis de luz y fragancias hermosas.
En esta insatisfacción pseudo organizada, resulta curioso que nos habituemos a, por ejemplo, viajar sistemáticamente incómodos en el colectivo. O a soportar lóbregamente el tedio laboral, el cual tiene sus oasis, pero indefectiblemente tiende al hastío. La suciedad imperante de las calles, las casas, las oficinas, los transportes, también se vuelve paisaje.
Tanta capacidad de naturalización solo puede hablar de la raza humana en dos sentidos: o es muy inteligente para adaptarse a lo peor, o es muy estúpida y no se le ocurre nada mejor. O ambas.
¿Cuál es el estatuto filosófico de la pasividad? ¿Es adaptativa, o es muestra de impotencia e imbecilidad? ¿Por qué Occidente pregona tanto la actividad? ¿Por qué aquellos que se quejan de los que se quejan de Occidente pregonan la pasividad, que los termina dejando en el mismo nivel de infelicidad que la actividad? Me voy a morir sin ver un solo aviso laboral que diga "se busca empleado propasivo para tareas...".
El cuerpo es un infante, y la infancia es muy corporal. A la enfermedad me remito: cuando la misma acontece, el cuerpo pide "mimos" cual niño. Si se lo desatiende, empieza a manifestarse cada vez más fuerte hasta que es necesario parar y cuidarlo como a un infante: no ir a trabajar, suspender esa quincuagésima reunión de comité, darle comida masticable y liviana, ponerle linda música y dejarlo dormir.
Hay boicots también; cuando una situación se vuelve amenazante, el cuerpo patalea, y obliga a uno a salirse de ella.
Quisiéramos escuchar más seguido al cuerpo, pero no hablamos su lenguaje (el lenguaje corporal es ineludible cuando todos los demás fallan). Solo entendemos golpes, llamados "enfermedades".
"Enfermedad: dícese de maneras de comunicarse el cuerpo con el resto de la persona".
Me duele la garganta, intentemos un análisis de ello. Hace poco me diagnosticaron, en sesión de reiki, un fuerte atasco, a la altura del pecho, de emociones reprimidas, algunas de ellas con más de diez años de antigüedad. De a poco, empezaron a aflorar algunas de esas sensaciones. Un viento decididamente melancólico empezó a salir de mi boca y mis manos (mi segunda boca al escribir); un viento con una fuerte e inusitada carga de azúcar dulce. De manera necesariamente experimental, se escucharon frases, conceptos y confesiones nuevos en mi personalidad. Interpreto, no obstante, que en algún momento la presión de lo acumulado se excedió, y hablé demás y con quien no debía, o a destiempo. O bien, lo fermentado en años resultó tóxico, y al pasar por mi garganta, la lastimó.
Siento un decaimiento bastante fuerte en las piernas, otro análisis. Algo no se sostiene más; claramente, el viejo método. En la conmoción (palabra que implica movimiento), es probable que las sacudidas hayan hecho perder el equilibrio, y las piernas no puedan sostenerme más temporalmente.
Mientras escribo esto, aparece un dolor inespecífico en la zona del estómago, analicémoslo ipso facto. Algo está siendo difícil de digerir, de absorber, de asimilar. La indigestión vuelve grisáceo y monótono (como la ciudad) ese todo, e impide rescatar los oasis específicos que pueda haber en lo digerido.
Me duele también la clavícula, en este caso es fácil: está resentida la comunicación entre lo reflexivo (cabeza) y la acción/pasión (brazo y mano).
Interesantemente, los últimos dolores que siento son casi siempre en la parte izquierda del cuerpo, controlada por el hemisferio derecho del cerebro, que es el que regula las artes, lo emocional, lo creativo, lo cualitativo, lo mágico, lo inmensurable, lo extraño, lo divergente, lo irregular, lo específico, lo siempre nuevo. Mi cuerpo se vale de mi modesto conocimiento de las tareas cerebrales para enviarme señales por dolores. El mensaje es claro: priorizar lo controlado por el hemisferio derecho.
Curiosamente, yo ya había empezado a darle bolilla a estas dimensiones, cuando las de la parte izquierda del cerebro colapsaron y admitieron a gritos su incompletud. ¿Es entonces un boicot? Me inclino más por otra tesis: este dolor es el piso mínimo de sensibilidad. Más abajo de él, ni siquiera había sensibilidad, estaba muerto y putrefacto. El ejercicio (reiki, teatro, escritura, tango, conversaciones profundas, remodelación de la casa, esbozos de vida sexual) reanimaron esta parte, que como primera medida, efectuó un auto reconocimiento: y el diagnóstico es que falta mucho, y que hay reparaciones históricas pesadas para hacer. No es una comprobación feliz, y a eso se debe este desánimo expresado en una incipiente gripe. El cuerpo intenta evaluar, parar; retrocede, toma carrera, y se apresta a correr en pos de una mayor, y sobre todo mejor, sensibilidad. Esta gripe, entonces, es resignificada como el alcance de un umbral mínimo de sensibilidad; a partir de aquí empieza el camino. Engriparse es necesario para seguir, engriparse es una buena noticia.
(En el orden emocional, el otro día, en un momento de fuerte desubjetivación, me di cuenta de cuánto me falta para llegar a lo que quiero, a la vez que cada vez dudo más de querer eso que quiero. Queda claro que el camino es largo, sinuoso, y sumamente extraño, y con cierta frescura lo voy empezando a recorrer).
Es complicado traducir el cuerpo, y paro acá. El autor se da por satisfecho con este análisis. Juntos, él, mi compañero el cuerpo y yo nos quedamos en casa esta noche, charlando sobre nuestras historias en común.
No es que yo quiera protagonizar toda la vida del autor, pese a mi carácter histriónico; es que... es difícil vivir en este mundo. Hay demasiados cerrojos para vivir y ser libre, y eso nos ha jodido la existencia a mi compañero y a mí.
La vida es una suerte de mecanismo distribuidor de satisfacciones e insatisfacciones, que tiende siempre al exceso y al desbalance, aunque muy leve e insuficientemente termina compensando. Se configura de esta manera un paisaje grisáceo, monótono y maloliente, aunque con pequeños oasis de luz y fragancias hermosas.
En esta insatisfacción pseudo organizada, resulta curioso que nos habituemos a, por ejemplo, viajar sistemáticamente incómodos en el colectivo. O a soportar lóbregamente el tedio laboral, el cual tiene sus oasis, pero indefectiblemente tiende al hastío. La suciedad imperante de las calles, las casas, las oficinas, los transportes, también se vuelve paisaje.
Tanta capacidad de naturalización solo puede hablar de la raza humana en dos sentidos: o es muy inteligente para adaptarse a lo peor, o es muy estúpida y no se le ocurre nada mejor. O ambas.
¿Cuál es el estatuto filosófico de la pasividad? ¿Es adaptativa, o es muestra de impotencia e imbecilidad? ¿Por qué Occidente pregona tanto la actividad? ¿Por qué aquellos que se quejan de los que se quejan de Occidente pregonan la pasividad, que los termina dejando en el mismo nivel de infelicidad que la actividad? Me voy a morir sin ver un solo aviso laboral que diga "se busca empleado propasivo para tareas...".
El cuerpo es un infante, y la infancia es muy corporal. A la enfermedad me remito: cuando la misma acontece, el cuerpo pide "mimos" cual niño. Si se lo desatiende, empieza a manifestarse cada vez más fuerte hasta que es necesario parar y cuidarlo como a un infante: no ir a trabajar, suspender esa quincuagésima reunión de comité, darle comida masticable y liviana, ponerle linda música y dejarlo dormir.
Hay boicots también; cuando una situación se vuelve amenazante, el cuerpo patalea, y obliga a uno a salirse de ella.
Quisiéramos escuchar más seguido al cuerpo, pero no hablamos su lenguaje (el lenguaje corporal es ineludible cuando todos los demás fallan). Solo entendemos golpes, llamados "enfermedades".
"Enfermedad: dícese de maneras de comunicarse el cuerpo con el resto de la persona".
Me duele la garganta, intentemos un análisis de ello. Hace poco me diagnosticaron, en sesión de reiki, un fuerte atasco, a la altura del pecho, de emociones reprimidas, algunas de ellas con más de diez años de antigüedad. De a poco, empezaron a aflorar algunas de esas sensaciones. Un viento decididamente melancólico empezó a salir de mi boca y mis manos (mi segunda boca al escribir); un viento con una fuerte e inusitada carga de azúcar dulce. De manera necesariamente experimental, se escucharon frases, conceptos y confesiones nuevos en mi personalidad. Interpreto, no obstante, que en algún momento la presión de lo acumulado se excedió, y hablé demás y con quien no debía, o a destiempo. O bien, lo fermentado en años resultó tóxico, y al pasar por mi garganta, la lastimó.
Siento un decaimiento bastante fuerte en las piernas, otro análisis. Algo no se sostiene más; claramente, el viejo método. En la conmoción (palabra que implica movimiento), es probable que las sacudidas hayan hecho perder el equilibrio, y las piernas no puedan sostenerme más temporalmente.
Mientras escribo esto, aparece un dolor inespecífico en la zona del estómago, analicémoslo ipso facto. Algo está siendo difícil de digerir, de absorber, de asimilar. La indigestión vuelve grisáceo y monótono (como la ciudad) ese todo, e impide rescatar los oasis específicos que pueda haber en lo digerido.
Me duele también la clavícula, en este caso es fácil: está resentida la comunicación entre lo reflexivo (cabeza) y la acción/pasión (brazo y mano).
Interesantemente, los últimos dolores que siento son casi siempre en la parte izquierda del cuerpo, controlada por el hemisferio derecho del cerebro, que es el que regula las artes, lo emocional, lo creativo, lo cualitativo, lo mágico, lo inmensurable, lo extraño, lo divergente, lo irregular, lo específico, lo siempre nuevo. Mi cuerpo se vale de mi modesto conocimiento de las tareas cerebrales para enviarme señales por dolores. El mensaje es claro: priorizar lo controlado por el hemisferio derecho.
Curiosamente, yo ya había empezado a darle bolilla a estas dimensiones, cuando las de la parte izquierda del cerebro colapsaron y admitieron a gritos su incompletud. ¿Es entonces un boicot? Me inclino más por otra tesis: este dolor es el piso mínimo de sensibilidad. Más abajo de él, ni siquiera había sensibilidad, estaba muerto y putrefacto. El ejercicio (reiki, teatro, escritura, tango, conversaciones profundas, remodelación de la casa, esbozos de vida sexual) reanimaron esta parte, que como primera medida, efectuó un auto reconocimiento: y el diagnóstico es que falta mucho, y que hay reparaciones históricas pesadas para hacer. No es una comprobación feliz, y a eso se debe este desánimo expresado en una incipiente gripe. El cuerpo intenta evaluar, parar; retrocede, toma carrera, y se apresta a correr en pos de una mayor, y sobre todo mejor, sensibilidad. Esta gripe, entonces, es resignificada como el alcance de un umbral mínimo de sensibilidad; a partir de aquí empieza el camino. Engriparse es necesario para seguir, engriparse es una buena noticia.
(En el orden emocional, el otro día, en un momento de fuerte desubjetivación, me di cuenta de cuánto me falta para llegar a lo que quiero, a la vez que cada vez dudo más de querer eso que quiero. Queda claro que el camino es largo, sinuoso, y sumamente extraño, y con cierta frescura lo voy empezando a recorrer).
Es complicado traducir el cuerpo, y paro acá. El autor se da por satisfecho con este análisis. Juntos, él, mi compañero el cuerpo y yo nos quedamos en casa esta noche, charlando sobre nuestras historias en común.
viernes, 26 de abril de 2013
Ginestésica
Es la noche del 25/4 y me encuentro solo comiendo unos sorrentinos de ricota, jamón y muzzarella con un tuco casero a base de tomate triturado, condimentos varios, cebolla y ají rojo. Quedó rico pese a no respetar las proporciones. El color rojizo de la comida me hace acordar al rojo de abril: abril es el mes cuarto, y el cuatro es un número rojo.
Cada vez me doy la cuenta que hablo más mal.
Cada vez, no obstante, me entienden peor todavía.
Hoy me dolió la espalda todo el día; a decir verdad, desde hace varios días tengo molestias en la parte izquierda de la cadera. Hoy se sumó una especie de calambre de toda la pierna izquierda, justo al salir del trabajo, que me hizo bajar rengueando la escalera.
También, el dolor de la parte izquierda del estómago, parte baja: ese mismo dolor que tengo desde ayer. Y que tuve cuando me enteré que mis padres se separaban. El domingo soñé que mi padre probablemente moriría a manos (o a boca) de una manada de lobos salvajes.
Demás está decir que al volver a casa me agarró un dolor fulminante de cabeza que me hizo lagrimear.
No tomo pastillas; simplemente, me quedé acostado a la luz de la luna llena que iluminaba el departamento. Es tan somático todo que ni sentido tiene drogarse para solucionarlo. Espasmos de dolor y angustia, en una mezcla apenas distinguible, me recorren breves minutos, y después... se van, y hasta quedo bastante bien.
Hace bastante también que hablo en un tono muy bajo de voz.
No escribo para que me lean; porque cuando lo hacen, a veces entienden cualquiera. Y todo se complica por demás, como si no existieran mi propia locura y pelotudez, bancarme la de los demás que entendieron cualquier cosa sobre mí.
Mi padre no murió a boca de una manada de lobos; murió, más bien, o agoniza (y por eso el malestar) una forma de relacionarme. En general. Y sobre todo, conmigo mismo.
¿Qué es lo que más me harta de las agresiones de los demás? El hecho de haberles dado yo lugar para que existieran. Cada ataque habla mal de mí, pero no por su contenido, sino por su oportunidad. La ironía es que muchos de los que celebran estas confesiones mías son los primeros en valerse de ellas para atacarme.
Pero medio que me chupa un huevo: les voy a seguir regalando armas para que me ataquen. En esta ensalada de locos de mierda que somos, si otro no te clava una lanza, te la clavas vos mismo. Al menos, que el malo sea el otro.
Esmegma, sangre menstrual, orina; visión escatológica de la vida.
El martes a la noche sentí tanto... fastidio. Era tan obvio. Tan predecible. Tan patético. Lo deprimente no es entristecerse, lo deprimente es no cambiar nunca de estado de ánimo. Ese fútil atentado terrorista a mi felicidad, ese boicot psiquiátrico, esa muestra de innecesario desborde... ese suicidio de la ética, la moral y la dignidad. Pobre. Pobre diabla.
La ira me constituye. Incapaz de sentir más ira, incapaz de ser más yo... le deseé suerte, claro, a mi manera particular.
Mi subjetividad es como un meandro estancado, de agua podrida que tiende a ser maloliente. También tenés playas y jardines soleados, pero la temporada es cara e insuficiente, como todo lo materno puede ser.
Estar aparte del mundo tiene un extraño encanto. No sabe tan mal. Escribo como un condenado. Veo todo desde la óptica seca e irónica del que ya no está. En algún momento hay que volver al mundo; ojalá cuando quiera. El mundo es como el sexo: es más divertido si se entra y sale de él.
Me gustaría postular la existencia de ciclos hormonales que expliquen alteraciones del carácter. Es decir, poner a la menstruación femenina en un lugar de ejemplo, y no ya de categoría. Previsiblemente, mi superyo me acusa de machista.
Yo era un niño hipersensible de pequeño: lloraba invariablemente con los boleros, por ejemplo. Me angustiaba y lloraba por casi todo. Hasta que me dijeron que mejor no, que mejor me dejara de eso. Por supuesto, 20 años más tarde, nadie soporta mi mal humor. Haberlo pensado antes, mejor es un emo que un conchudo.
Y ahora estoy recuperando esa sensibilidad. Todo me duele, todo me molesta, todo me alegra, todo me estimula, todo me seda. Ayer, me sentía ginestésica. Hasta pude ver una situación ocurrida a otra persona uno o dos años antes. Lástima que justo no era algo muy interesante de ver.
Se suceden las llamadas de alerta. El viejo mundo, o su parte más decrépita, se cae a pedazos; pero a pedazos fuertes, a verdaderos derrumbes. Tres "amistades" terminadas de manera muy violenta en menos de un mes; y probablemente sigan más. Al borde de las explosiones propias y ajenas. Y encima hay una energía de mierda en el ambiente, todo el mundo está mal y cruzado.
Solo resta dormir, quedarse quieto (o en movimiento constante, bailando, caminando); dejar de pensar, quedarse a la luz de la luna, encender la radio, cocinar una salsita, comer y escribir. Hasta que... no sé. Se disipe la niebla o alguna metáfora metereológica pedorra como esa.
Mientras tanto, saben dónde encontrarme. Estaré esperándolos con infusiones calientes y mi labilidad emocional a cuestas, hasta que el mundo me demuestra nuevamente que es un lugar seguro para salir a desplegar mi hipersensibilidad multicolor por ahí, cual mariposa en una mañana de primavera.
Cada vez me doy la cuenta que hablo más mal.
Cada vez, no obstante, me entienden peor todavía.
Hoy me dolió la espalda todo el día; a decir verdad, desde hace varios días tengo molestias en la parte izquierda de la cadera. Hoy se sumó una especie de calambre de toda la pierna izquierda, justo al salir del trabajo, que me hizo bajar rengueando la escalera.
También, el dolor de la parte izquierda del estómago, parte baja: ese mismo dolor que tengo desde ayer. Y que tuve cuando me enteré que mis padres se separaban. El domingo soñé que mi padre probablemente moriría a manos (o a boca) de una manada de lobos salvajes.
Demás está decir que al volver a casa me agarró un dolor fulminante de cabeza que me hizo lagrimear.
No tomo pastillas; simplemente, me quedé acostado a la luz de la luna llena que iluminaba el departamento. Es tan somático todo que ni sentido tiene drogarse para solucionarlo. Espasmos de dolor y angustia, en una mezcla apenas distinguible, me recorren breves minutos, y después... se van, y hasta quedo bastante bien.
Hace bastante también que hablo en un tono muy bajo de voz.
No escribo para que me lean; porque cuando lo hacen, a veces entienden cualquiera. Y todo se complica por demás, como si no existieran mi propia locura y pelotudez, bancarme la de los demás que entendieron cualquier cosa sobre mí.
Mi padre no murió a boca de una manada de lobos; murió, más bien, o agoniza (y por eso el malestar) una forma de relacionarme. En general. Y sobre todo, conmigo mismo.
¿Qué es lo que más me harta de las agresiones de los demás? El hecho de haberles dado yo lugar para que existieran. Cada ataque habla mal de mí, pero no por su contenido, sino por su oportunidad. La ironía es que muchos de los que celebran estas confesiones mías son los primeros en valerse de ellas para atacarme.
Pero medio que me chupa un huevo: les voy a seguir regalando armas para que me ataquen. En esta ensalada de locos de mierda que somos, si otro no te clava una lanza, te la clavas vos mismo. Al menos, que el malo sea el otro.
Esmegma, sangre menstrual, orina; visión escatológica de la vida.
El martes a la noche sentí tanto... fastidio. Era tan obvio. Tan predecible. Tan patético. Lo deprimente no es entristecerse, lo deprimente es no cambiar nunca de estado de ánimo. Ese fútil atentado terrorista a mi felicidad, ese boicot psiquiátrico, esa muestra de innecesario desborde... ese suicidio de la ética, la moral y la dignidad. Pobre. Pobre diabla.
La ira me constituye. Incapaz de sentir más ira, incapaz de ser más yo... le deseé suerte, claro, a mi manera particular.
Mi subjetividad es como un meandro estancado, de agua podrida que tiende a ser maloliente. También tenés playas y jardines soleados, pero la temporada es cara e insuficiente, como todo lo materno puede ser.
Estar aparte del mundo tiene un extraño encanto. No sabe tan mal. Escribo como un condenado. Veo todo desde la óptica seca e irónica del que ya no está. En algún momento hay que volver al mundo; ojalá cuando quiera. El mundo es como el sexo: es más divertido si se entra y sale de él.
Me gustaría postular la existencia de ciclos hormonales que expliquen alteraciones del carácter. Es decir, poner a la menstruación femenina en un lugar de ejemplo, y no ya de categoría. Previsiblemente, mi superyo me acusa de machista.
Yo era un niño hipersensible de pequeño: lloraba invariablemente con los boleros, por ejemplo. Me angustiaba y lloraba por casi todo. Hasta que me dijeron que mejor no, que mejor me dejara de eso. Por supuesto, 20 años más tarde, nadie soporta mi mal humor. Haberlo pensado antes, mejor es un emo que un conchudo.
Y ahora estoy recuperando esa sensibilidad. Todo me duele, todo me molesta, todo me alegra, todo me estimula, todo me seda. Ayer, me sentía ginestésica. Hasta pude ver una situación ocurrida a otra persona uno o dos años antes. Lástima que justo no era algo muy interesante de ver.
Se suceden las llamadas de alerta. El viejo mundo, o su parte más decrépita, se cae a pedazos; pero a pedazos fuertes, a verdaderos derrumbes. Tres "amistades" terminadas de manera muy violenta en menos de un mes; y probablemente sigan más. Al borde de las explosiones propias y ajenas. Y encima hay una energía de mierda en el ambiente, todo el mundo está mal y cruzado.
Solo resta dormir, quedarse quieto (o en movimiento constante, bailando, caminando); dejar de pensar, quedarse a la luz de la luna, encender la radio, cocinar una salsita, comer y escribir. Hasta que... no sé. Se disipe la niebla o alguna metáfora metereológica pedorra como esa.
Mientras tanto, saben dónde encontrarme. Estaré esperándolos con infusiones calientes y mi labilidad emocional a cuestas, hasta que el mundo me demuestra nuevamente que es un lugar seguro para salir a desplegar mi hipersensibilidad multicolor por ahí, cual mariposa en una mañana de primavera.
lunes, 15 de abril de 2013
Confesiones de mierda
Estoy loca. No sé si me llamo Jorge Vilarosa o María Luisa Danuzzelli. No sé si soy madre o hijo. No sé si soy un loco bohemio o un pelotudo. No sé. No sé.
Escupir sangre en el mármol blanco, invariablemente frío. La misma sangre que no menstrúo, las mismas lágrimas que no lloro, la misma resequedad interna que me pudre por dentro y me vacía por fuera.
Extrañar lo que no tengo. Ganas de mandarle un mensaje a quien no lo espera (ni puede recibirlo, tampoco; anda con más quilombos que yo, todavía). Ver las flores, oír cantar la mañana, saber que no es para mí, aunque un rato se copan, tal vez, y me la prestan.
Me recomiendan quebrarme; en eso ando, por ahora simplemente me doblo.
A no se habla con B, que a su vez no se habla con C, que se lleva mal con D, y yo soy E, que se lleva superficialmente bien con los cuatro.
Me cago en el hecho de que mi nuevo vecino sea un pibe joven. Por mí, que lo desalojen. ¿Motivo? Ninguno, pinta el odio irracional, nomás.
Siempre es aniversario de algo, al pedo total.
Hoy fui cruel con una gerenta de súper, y lo disfruté. Me metí en una conversación ajena a bardear en la calle. Me gusta psicopatear. Estoy tan pobre que disfruto migajas de maltrato al otro.
Preveo una sarta de moralinas respecto de otros, me da una paja superlativa. Que no me lean, que se borren de mi vida si les molesta. Nunca se dan por aludidos, los muy jodidos, y siguen ahí como tábanos recomendando obviedades que si fueran posibles de hacer, ya hubiera hecho.
Ni siquiera me llevo bien con alterados como yo. Me despiertan impulsos asesinos, los tiraría por un balcón, por ejemplo. Se lo re deben esperar, no creo que alberguen la ilusión de vivir hasta viejos y morir plácidamente en su cama; si tal es su juego, lo están jugando mal.
Hoy pensé en el tren San Martín como una madre pobre que no puede atender bien a sus hijos, y por eso los deja viajar en el estribo, aún a riesgo de que se maten. Mirá que asimilar un tren a una madre...
Cortar el Edipo, cortar el Edipo, cortar el Edipo...
En capilla hasta el 25 de abril.
Qué paja que todo lo anterior sea verdadero. No soy un loco bohemio, soy un pelotudo, claramente. Brindaría, si es que acaso tuviera sed de algo y con quién brindar. No da tocarle el timbre a mi vecino para tal tarea... quisiera no verlo nunca en los 13 meses que me quedan de contrato en este mi actual hogar. No ver a nadie del edificio. Qué alienación horrible y al pedo la de los consorcios. ¿Comunidad? A la fuerza.
No sé por qué me imagino a mi amiga llorando, tiene muchos menos motivos que yo, claramente.
Homofobia de rebote.
El papel de sheriff pendenciero no me queda bien, pero es tan divertido a veces.
Insisto: qué paja que esto no sea mentira.
¿Qué clase de norma autoimpuesta me impide considerar decente acostarme y dormirme a las 11 de la noche?
Quisiera ser metodista y tener una justificación divina para mi ascetismo; al menos, como excusa. ¿Tendrán los metodistas días libres en el laburo?
Prueba suficiente de que estoy dejando de ser de izquierda es que le deseo la pena de muerte al criminal de una novela policial. Sufro cuando se escapa. Los asesinados, claro, son una familia de metodistas. Ya veo a antiguos compañeros de militancia refutándome mi deseo de violencia vengadora... ay, Dios.
El otro día estaba tan harto del bienpensantismo que hice una plegaria religiosa dirigida a Tata Dios para que me diera paciencia para soportarlo. Obviamente, se cagó en mi plegaria.
No estás del todo bien si le ponés la cara del chico que te gusta al detective de la novela en cuestión.
¿Habrá quién se alegre por el hecho de que escriba estas líneas pedorras? Creo que sí. Uf, publicarlas...
Últimamente, vengo escribiendo manuales para que otros me entiendan. Se ve que rinde la industria del tutorial. Negocio redondo: devengo incomprensible y después vendo la clave de lectura. No seré metodista, pero lo judío no me lo saca nadie. Mi problema, claro, es que la clave nunca la compra aquel que yo quiero que la compre. La plata no es la misma plata.
Me aburre cuando se pone a bienpensar y a bienhablar. Es capaz de mucho más, pero prefiere encajar en el molde de la pelotudez banal. Una lástima. En realidad, lo lastimoso soy yo.
Planeo con cierta seriedad pintarme las uñas y comer masitas finas con mi futura jefa. Hasta que alguno se las envenene al otro, cosa que por fuerza ha de suceder. Quiero destruirla.
Qué chatura pedorra la del laburo. ¿No se cansan de ser tan monótonos? Al menos yo aparezco cada día con un delirio distinto. No perdamos las formas, al menos.
"¿Aumentó el pan? Leí que Doris Day...".
¿Acaso esperás que diga algo más? ¿No te alcanzó con esta sarta de pelotudeces?
Bueno, dos más: 1) Estalló el otoño.
2) Mierda que estaba concurrido el velorio de Jesús el sábado de Pascua a la noche.
¿No te gustó? Lamentablemente, era muy previsible. Ahora sí, basta.
Escupir sangre en el mármol blanco, invariablemente frío. La misma sangre que no menstrúo, las mismas lágrimas que no lloro, la misma resequedad interna que me pudre por dentro y me vacía por fuera.
Extrañar lo que no tengo. Ganas de mandarle un mensaje a quien no lo espera (ni puede recibirlo, tampoco; anda con más quilombos que yo, todavía). Ver las flores, oír cantar la mañana, saber que no es para mí, aunque un rato se copan, tal vez, y me la prestan.
Me recomiendan quebrarme; en eso ando, por ahora simplemente me doblo.
A no se habla con B, que a su vez no se habla con C, que se lleva mal con D, y yo soy E, que se lleva superficialmente bien con los cuatro.
Me cago en el hecho de que mi nuevo vecino sea un pibe joven. Por mí, que lo desalojen. ¿Motivo? Ninguno, pinta el odio irracional, nomás.
Siempre es aniversario de algo, al pedo total.
Hoy fui cruel con una gerenta de súper, y lo disfruté. Me metí en una conversación ajena a bardear en la calle. Me gusta psicopatear. Estoy tan pobre que disfruto migajas de maltrato al otro.
Preveo una sarta de moralinas respecto de otros, me da una paja superlativa. Que no me lean, que se borren de mi vida si les molesta. Nunca se dan por aludidos, los muy jodidos, y siguen ahí como tábanos recomendando obviedades que si fueran posibles de hacer, ya hubiera hecho.
Ni siquiera me llevo bien con alterados como yo. Me despiertan impulsos asesinos, los tiraría por un balcón, por ejemplo. Se lo re deben esperar, no creo que alberguen la ilusión de vivir hasta viejos y morir plácidamente en su cama; si tal es su juego, lo están jugando mal.
Hoy pensé en el tren San Martín como una madre pobre que no puede atender bien a sus hijos, y por eso los deja viajar en el estribo, aún a riesgo de que se maten. Mirá que asimilar un tren a una madre...
Cortar el Edipo, cortar el Edipo, cortar el Edipo...
En capilla hasta el 25 de abril.
Qué paja que todo lo anterior sea verdadero. No soy un loco bohemio, soy un pelotudo, claramente. Brindaría, si es que acaso tuviera sed de algo y con quién brindar. No da tocarle el timbre a mi vecino para tal tarea... quisiera no verlo nunca en los 13 meses que me quedan de contrato en este mi actual hogar. No ver a nadie del edificio. Qué alienación horrible y al pedo la de los consorcios. ¿Comunidad? A la fuerza.
No sé por qué me imagino a mi amiga llorando, tiene muchos menos motivos que yo, claramente.
Homofobia de rebote.
El papel de sheriff pendenciero no me queda bien, pero es tan divertido a veces.
Insisto: qué paja que esto no sea mentira.
¿Qué clase de norma autoimpuesta me impide considerar decente acostarme y dormirme a las 11 de la noche?
Quisiera ser metodista y tener una justificación divina para mi ascetismo; al menos, como excusa. ¿Tendrán los metodistas días libres en el laburo?
Prueba suficiente de que estoy dejando de ser de izquierda es que le deseo la pena de muerte al criminal de una novela policial. Sufro cuando se escapa. Los asesinados, claro, son una familia de metodistas. Ya veo a antiguos compañeros de militancia refutándome mi deseo de violencia vengadora... ay, Dios.
El otro día estaba tan harto del bienpensantismo que hice una plegaria religiosa dirigida a Tata Dios para que me diera paciencia para soportarlo. Obviamente, se cagó en mi plegaria.
No estás del todo bien si le ponés la cara del chico que te gusta al detective de la novela en cuestión.
¿Habrá quién se alegre por el hecho de que escriba estas líneas pedorras? Creo que sí. Uf, publicarlas...
Últimamente, vengo escribiendo manuales para que otros me entiendan. Se ve que rinde la industria del tutorial. Negocio redondo: devengo incomprensible y después vendo la clave de lectura. No seré metodista, pero lo judío no me lo saca nadie. Mi problema, claro, es que la clave nunca la compra aquel que yo quiero que la compre. La plata no es la misma plata.
Me aburre cuando se pone a bienpensar y a bienhablar. Es capaz de mucho más, pero prefiere encajar en el molde de la pelotudez banal. Una lástima. En realidad, lo lastimoso soy yo.
Planeo con cierta seriedad pintarme las uñas y comer masitas finas con mi futura jefa. Hasta que alguno se las envenene al otro, cosa que por fuerza ha de suceder. Quiero destruirla.
Qué chatura pedorra la del laburo. ¿No se cansan de ser tan monótonos? Al menos yo aparezco cada día con un delirio distinto. No perdamos las formas, al menos.
"¿Aumentó el pan? Leí que Doris Day...".
¿Acaso esperás que diga algo más? ¿No te alcanzó con esta sarta de pelotudeces?
Bueno, dos más: 1) Estalló el otoño.
2) Mierda que estaba concurrido el velorio de Jesús el sábado de Pascua a la noche.
¿No te gustó? Lamentablemente, era muy previsible. Ahora sí, basta.
viernes, 15 de marzo de 2013
Abrir la canilla
Campos en invierno.
Pájaros que vuelan bajo las nubes.
Espuma de un mar frío.
Nieve.
Una casa cada vez más sola.
Fantasmas urbanos.
Abuelas que no se despiden.
Genocidios nocturnos.
Rosas que resisten al viento.
Lágrimas reprimidas.
Palosanto ardiendo.
La modernidad de 1950.
Tecnotrónico.
Lluvias ácidas.
Rocas blancas.
Barbas amables.
Plantas dulces.
Una cama doble plaza.
Una fuente.
Dos negras.
Risas.
Azúcar.
Posters.
Ilusiones de paraíso.
Sábado a la tarde.
La infancia.
Enya.
Ingenuidad.
Pureza.
Fusión completa.
Velas.
Agua.
Sopla viento y llovizna en el bosque, se acerca el invierno. Mi casa está cada vez más sola, y algo extrañamente tranquilizador hay en ello.
Chau Babe, y gracias por todo.
Pájaros que vuelan bajo las nubes.
Espuma de un mar frío.
Nieve.
Una casa cada vez más sola.
Fantasmas urbanos.
Abuelas que no se despiden.
Genocidios nocturnos.
Rosas que resisten al viento.
Lágrimas reprimidas.
Palosanto ardiendo.
La modernidad de 1950.
Tecnotrónico.
Lluvias ácidas.
Rocas blancas.
Barbas amables.
Plantas dulces.
Una cama doble plaza.
Una fuente.
Dos negras.
Risas.
Azúcar.
Posters.
Ilusiones de paraíso.
Sábado a la tarde.
La infancia.
Enya.
Ingenuidad.
Pureza.
Fusión completa.
Velas.
Agua.
Sopla viento y llovizna en el bosque, se acerca el invierno. Mi casa está cada vez más sola, y algo extrañamente tranquilizador hay en ello.
Chau Babe, y gracias por todo.
sábado, 9 de febrero de 2013
Comedia en un acto
Una noche de sábado de otoño. La escena sucede en un bar cultural, serán aproximadamente las dos de la mañana. Hace media hora terminó el espectáculo principal. Grupos de gente conversan animadamente en las mesas o cerca de la barra. Suena música bizarra pero ya legitimada socialmente: Kusturica, Wendy Sulca, algún reggaeton no demasiado machista. No hay espacio de baile, pero algunas personas logran contonearse entre las mesas o en los huecos libres.
Los dos personajes, Yo y Otro, se encuentran en la barra, uno al lado del otro. No se conocen, han venido cada cual con sus propios grupos, pero decidieron separarse momentáneamente para ir a comprar alcohol.
Y: Yo
O: Otro
O: ¿Ya pediste?
Y: Todavía no, estoy esperando que me atiendan.
O: ¿Será bueno el Sex on the Beach?
Y (esconde cierto fastidio innato detrás de una inexpresiva cara): Ni idea, habrá que probar supongo.
O: ¿Cómo te llamás?
Y: Lucio. ¿Vos?
O: Gustavo. (Risueño) Mucho gusto.
Y: Mucho gusto. Gustavo. (Se ríe de su propio chiste)
O: Ay, qué gracioso.
Y: ¿Supongo que estás acostumbrado, no?
O: Lamentablemente,
Y: Cuando yo era chico, siempre me jodían y me decían "sucio". A todos nos pasa. Por suerte no tengo segundo nombre. ¿Vos?
O: Sí, pero no se dice.
Y: Nada, ahora lo decís.
O: No.
Y: Sí. Si no...
O: ¿Si no qué?
Y (se da cuenta de que mostró demasiado interés. Piensa desesperadamente algo para salir del paso): Nada, qué va a pasar...
O: Gabriel es mi segundo nombre.
Y: No es feo. Me gusta más Gustavo, pero no es para andar ocultándolo.
O: A mí no me gusta.
El barman los atiende. Y pide un licor de melón con speed, O se anima al Sex on the Beach. Silencio mientras esperan los tragos. Les sirven.
O: ¿Por dónde vivís, Lucio?
Y: Por Congreso. Barrio peronista si los hay.
O (Se entusiasma frente al desafío que esa respuesta supone. No puede evitar una sonrisa que ya es provocativa, mientras piensa una respuesta acorde. El juego ha sido planteado. Se decide. Canta): "Los muchachos peronistas..."
Y: "...Todos juntos triunfaremos..."
O: "... Y todos juntos daremos..."
Y (duda un segundo, y recuerda): "Un grito de corazón..."
Cantan juntos: "Perón, Perón, qué grande sos, mi general, cuánto valés...".
Se ríen de buena gana.
O: ¿Y te gusta Congreso, Lucio?
Y: Sí, la verdad que sí. Pensé que iba a ser un quilombo, pero es bastante tranqui, y está cerca de todo, y la gente es copada. Me gusta.
O (Basándose en un detalle de la respuesta anterior): ¿Vivís solo?
Y: Sí, me mudé el año pasado. Antes vivía con mi vieja, en Chacarita. No extraño mucho ese barrio, la verdad. (Su mirada cambia a triste y ausente, sin motivo justificado).
O: Claro...
Y: ¿Vos por dónde vivís?
O: Boedo.
Y. Ay, qué bohemio. Nah, fuera de joda... es lindo, a mí me re gusta Boedo.
O: A mí también. Tiene la mezcla justa de varias cosas que me gustan.
Y: ¿Por ejemplo?
O: Es tranquilo, la arquitectura me encanta, también está cerca de todo... hay como una linda energía por ahí.
Y: ¿Vivís solo...?
O: Sí, también. Me fui de casa hace cuatro años, antes viví con dos amigos en Parque Patricios, y desde hace dos años, vivo acá en Boedo.
Y: Mirá qué bien. (Duda en hacer la siguiente pregunta, pero se decide): ¿Cuántos años tenés?
O: 30. ¿Vos?
Y (Con mal disimulada alegría): 25. Cumplí en enero.
O: Nah, sos un hijo de puta. No tenés derecho.
Y: ¿Acaso parezco menos?
O: No, al contrario, yo te daba 27. Pero me estás gozando, pendejo. Eso sos, un pendejo malcriado.
Y: Por si te interesa saberlo, soy hijo único. (Finge mirar a otra persona. Se sabe en su momento de gloria).
O (Embalado en el tema de su propia edad y queriendo vengar la afrenta, no repara en la sutil maniobra de Y): Hijo único, mirá vos. ¿No te aburrías de chico?
Y (Cae inesperadamente en el fango del fastidio. Se defiende con agresividad): Eso es como si yo te preguntara si estudiás o trabajás. No, no me aburría. O sí, qué sé yo. ¿A quién le importa?
O: A mí me importa (Pone cara de que lo anterior es un chiste) ¿Y estudiás o trabajás?
Y: Las dos. Estudio Comunicación, con gran asco de mi parte. No veo la hora de terminarla, pero no me quiero enroscar hablando de eso ahora... Y trabajo en Exactas.
O: Ah, mirá. ¿Qué hacés en Exactas?
Y: Nada. Parasito. Soy administrativo de Geología (pone los ojos en blanco). ¿Viste Gasalla? Bueno, la empleada pública.
O: ¿Y qué hacen en Geología?
Y (con fastidio): Qué sé yo que hacen en Geología. Chupan piedras, no sé. Locos de mierda. ¿Vos qué hacés de tu vida?
O (resignado a no obtener más información) Soy fotógrafo.
Y (se le ilumina la cara): Mirá vos qué interesante. Ehm... (pone aire de entendido. Esta no es su zona de comodidad, pero le interesa este juego) ¿Y hacés... fotografía artística... publicidad...?
O: De lo que salga. Más que nada publicidad. Pero bueno, me gusta lo artístico también, claro.
Y: Mirá vos. (Decide sincerarse) Yo de fotografía no sé mucho... pero me interesa.. qué sé yo... creo que me cabe mucho ser modelo (Ríe tímidamente).
O: Claro.
Y: Una vez posé como modelo para una campaña de fotos. De la Marcha de las Putas. Re amateur, ¿no? Pero estuvo buena la experiencia.
O: ¿Pero querrías ser modelo profesional?
Y: Nah, ¿de dónde? Ni loco. Amateur, para joder y divertirme. Soy medio camerawhore.
O (Sonríe comprensivo): Cada loco con su tema. A mí...
Y (ve venir un largo speech sobre la fotografía, decide que no quiere escucharlo, e interrumpe): ¿Tenés hermanos?
O (Sorprendido por el cambio brusco de tema): Sí, dos. Un hermano y una hermana. Más grandes.
Y: ¿Te llevás bien?
O: Ningún problema. Ella está casada, y está embarazada de tres meses.
Y: Ay, mirá qué lindo. (Ligeramente provocador, se acerca sutilmente a O con la excusa de hablarle en voz baja): Tío Gustavo.
O: Sí. Estoy re contento, lo re buscaron.
Y: ¿Te traigo el babero?
O: Sí, voy a ser re baboso como tío. Re hinchapelotas.
Y: Cuando se enoje, se va a ir de la casa de los viejos, va a ir a tu casa, le vas a hablar de sexo, drogas y roncarol...
O: A pleno. Yo lo voy a re malcriar al guacho ese.
Y (Ligeramente excitado por el modismo "guacho", que no corresponde al registro de esta conversación): ¿Vos decís que sale un faso tío-sobrino?
O: ¿Por qué no? Si es natural... ¿vos no te fumarías un faso con tu sobrino?
Y: De tenerlo, supongo que sí. Bah, me agarrarían prejuicios y preconceptos varios, pero sí, creo que al final sí.
O: Son al pedo los prejuicios, pura ignorancia. No hace mal a nadie. Pasa que les gusta reprimirte, y tenerte ahí, en el riel.
Y (jocoso, con todo declamatorio): Este capitalismo, cuya pesada lápida ha caído...
O (se ríe, y sigue el chiste): Nos oprimen compañeros, nos oprimen, mientras trabajamos diez, doce horas...
Y (desquiciado): Quince, dieciocho horas, día y noche, sin parar...
Ríen juntos. Se quedan en silencio, mirándose entre sí y a los tragos, casi intactos. Ambos se dan cuenta que este último detalle no es trivial.
O: ¿Vos fumás?
Y (de memoria): ¿Qué cosa?
O: Ehm... bueno, faso, pero si fumás algo más...
Y: No, tabaco no. Faso sí, a veces. No mucho. Socialmente, ¿no? A veces me da gana de fumarme uno solo, pero... qué sé yo. Paja. Como no sé a quién comprarle.
O: Yo compro, a veces. Un chabón re piola. Sano, barato, natural.
Y: Comprame entonces, así me puedo fumar uno solo. Ah, re egoísta el chabón (se ríe tiernamente como un niño).
O (Ríe más calculadoramente): Te compro si lo fumamos juntos.
Y: Ay, qué posesivo. (Se calla de pronto. Siente que se excedió con el término. Decide seguir por el lado del absurdo para zafar) Individualista, capitalista, burgués... chancho burgués (Ríe y se corta de nuevo. O tiene unos kilos de más, tal vez "chancho" no sea la palabra justa. Se maldice).
O (ajeno a las tribulaciones de Y, con indudable doble intención): Muy chanchito, sí.
Y (aliviado por el giro de la conversación): ¿Brindamos?
O: ¿Por qué brindamos?
Y: Por... Néstor y Cristina. Él y Ella. (Busca la aprobación de O, aprobación que de pronto es cada vez más importante para él).
O: Salud, compañero. Por el modelo.
Brindan y toman lentamente, mirándose mutuamente con el rabillo del ojo.
Y (imitando la campaña de Binner): "El modelo kirchnerista: bueno para pocos, malo para muchos".
O: Che che che, respeto con el viejo, eh. Pendejo de mierda, te voy a dar.
Y (provocativo): ¿Qué, lo votaste?
O: Sí, obvio.
Y (pone los ojos en blanco): Bue. Peor es nada.
O: ¿Qué, vos la votaste a ella?
Y: Ay sí, me meo por sus carteras de Louis Vuitton, no sabés. Ni en pedo. Lo voté a Altamira.
O: Juajuajua, qué gracioso. Un milagro para Altamira.
Y: A vos te hace falta un milagro. Te reís de Altamira, no te falta tanto para llegar a ser cómo el.
O: Ay, cuidado, el nene de jardín de infantes. Vení que te doy la mamadera.
Y: Epa... (dirige una firme mirada de advertencia, dejando ver que igual le gusta el comentario).
O (se sonroja, pero sabe que dio en la tecla. Lo otro es cuestión de tiempo): ¿Y por qué lo votaste al viejardo ese?
Y (se ríe por la palabra "viejardo"): ¿Y a quién querías que votara? ¿A la dagor? ¿Para que saliera con el crucifijo por ahí a decir pelotudeces e irse a Disney?
O: Qué sé yo. Altamira no le gana a nadie, nunca va a llegar a nada.
Y: Por eso mismo lo voté. No quiero sentir ningún tipo de culpa.
O (se ríe): Brindemos por el compañero Altamira.
Brindan.
Y: Y por sus operaciones de bótox.
O: Ay, sí terrible, ese viejo se deformó la cara de tanta avispa que se hizo. Bueno... no hagas lo mismo vos (Se ríe tras el chiste)
Y (ligeramente ofendido): ¿Por qué no te vas a cagar un poco, geronte? Acá el viejo sos vos.
O (Irónico): Ay, gordo...
Y (sigue el juego): Me asfixiás, gordo, me asfixiás.
O: Y, vos con lo flaco que sos, cualquiera te asfixia (Involuntariamente se mira su cuerpo con kilos de más, temeroso de que Y efectivamente piense que lo puede asfixiar).
Y: Callate que mi primer ex era un vikingo de 1,90 que pesaba 115 kilos. Yo en esa época pesaba 56... eso sí que era desproporción.
O (casi se desploma del alivio al escuchar lo anterior): ¿Y no te jodía?
Y: A todo se acostumbra uno... igual, nada, un enfermo mental, un psicópata. Esa gente que uno se pregunta para qué nació.
O (irónico): Veo que lo re querés.
Y: Que se muera, sorete, enfermo. Además, fue hace como cuatro años. Bocha, ya.
O: No, mis tres ex, así, que posta posta, tenían cuerpos... por así decirlo, normales, ¿no?
Y (Con aire filosófico): ¿Qué es la normalidad?
O: La "lidad" de Norma.
Y (ríe): Sos un tarado.
O: El "do" de Tara.
Y (sigue riendo): Basta, pelotudo.
O: El "tudo" del pelo.
Y (desternilándose, casi pidiendo clemencia): ¡Basta!
O: El "ta" del "Bas".
Y estalla y se atraganta con su trago. No puede evitar toserse alcohol sobre la remera gris, mientras se pone rojo y se le saltan las lágrimas. Sigue riendo por un minuto, toma aire profundo, se vuelve a reír, vuelve a tomar aire, se refriega los ojos secándose las lágrimas.
Y: Mirá, mirá lo que me hiciste hacer. Qué asco, por Dios. Me escupí alcohol sobre la remera, estoy todo manchado. ¡Sos un tarado!
O (ríe, sintiéndose seguro): Tomá, acá tenés una servilleta.
Y (toma la servilleta, se pone a limpiarse frenético): Acá, acá... acá también. (Ríe de nuevo).
O: Acá también tenés. Y acá un poco. Y...acá.
Toma la mano de Y, fingiendo ayudarlo con la servilleta. Comienza a refregarle la servilleta por el pecho a Y. Y lo advierte y se tensa, aunque se deja hacer.
O: Acá también (Acaricia con su mano la barba de Y).
Y: (fingiendo estar ausente): Tengo que secarme.
O: Yo te seco. ¿Te dije que sos muy lindo?
Y (mira fijo a O. Sus labios se transforman en una sonrisa de irresistible e infinita dulzura. Abraza con fuerza a O, reteniéndolo consigo): Vos también.
Se sonríen, se miran dulcemente, y sus bocas se encuentran. Se besan apasionadamente. En el bar, comienza a sonar el tema preferido de O.
Los dos personajes, Yo y Otro, se encuentran en la barra, uno al lado del otro. No se conocen, han venido cada cual con sus propios grupos, pero decidieron separarse momentáneamente para ir a comprar alcohol.
Y: Yo
O: Otro
O: ¿Ya pediste?
Y: Todavía no, estoy esperando que me atiendan.
O: ¿Será bueno el Sex on the Beach?
Y (esconde cierto fastidio innato detrás de una inexpresiva cara): Ni idea, habrá que probar supongo.
O: ¿Cómo te llamás?
Y: Lucio. ¿Vos?
O: Gustavo. (Risueño) Mucho gusto.
Y: Mucho gusto. Gustavo. (Se ríe de su propio chiste)
O: Ay, qué gracioso.
Y: ¿Supongo que estás acostumbrado, no?
O: Lamentablemente,
Y: Cuando yo era chico, siempre me jodían y me decían "sucio". A todos nos pasa. Por suerte no tengo segundo nombre. ¿Vos?
O: Sí, pero no se dice.
Y: Nada, ahora lo decís.
O: No.
Y: Sí. Si no...
O: ¿Si no qué?
Y (se da cuenta de que mostró demasiado interés. Piensa desesperadamente algo para salir del paso): Nada, qué va a pasar...
O: Gabriel es mi segundo nombre.
Y: No es feo. Me gusta más Gustavo, pero no es para andar ocultándolo.
O: A mí no me gusta.
El barman los atiende. Y pide un licor de melón con speed, O se anima al Sex on the Beach. Silencio mientras esperan los tragos. Les sirven.
O: ¿Por dónde vivís, Lucio?
Y: Por Congreso. Barrio peronista si los hay.
O (Se entusiasma frente al desafío que esa respuesta supone. No puede evitar una sonrisa que ya es provocativa, mientras piensa una respuesta acorde. El juego ha sido planteado. Se decide. Canta): "Los muchachos peronistas..."
Y: "...Todos juntos triunfaremos..."
O: "... Y todos juntos daremos..."
Y (duda un segundo, y recuerda): "Un grito de corazón..."
Cantan juntos: "Perón, Perón, qué grande sos, mi general, cuánto valés...".
Se ríen de buena gana.
O: ¿Y te gusta Congreso, Lucio?
Y: Sí, la verdad que sí. Pensé que iba a ser un quilombo, pero es bastante tranqui, y está cerca de todo, y la gente es copada. Me gusta.
O (Basándose en un detalle de la respuesta anterior): ¿Vivís solo?
Y: Sí, me mudé el año pasado. Antes vivía con mi vieja, en Chacarita. No extraño mucho ese barrio, la verdad. (Su mirada cambia a triste y ausente, sin motivo justificado).
O: Claro...
Y: ¿Vos por dónde vivís?
O: Boedo.
Y. Ay, qué bohemio. Nah, fuera de joda... es lindo, a mí me re gusta Boedo.
O: A mí también. Tiene la mezcla justa de varias cosas que me gustan.
Y: ¿Por ejemplo?
O: Es tranquilo, la arquitectura me encanta, también está cerca de todo... hay como una linda energía por ahí.
Y: ¿Vivís solo...?
O: Sí, también. Me fui de casa hace cuatro años, antes viví con dos amigos en Parque Patricios, y desde hace dos años, vivo acá en Boedo.
Y: Mirá qué bien. (Duda en hacer la siguiente pregunta, pero se decide): ¿Cuántos años tenés?
O: 30. ¿Vos?
Y (Con mal disimulada alegría): 25. Cumplí en enero.
O: Nah, sos un hijo de puta. No tenés derecho.
Y: ¿Acaso parezco menos?
O: No, al contrario, yo te daba 27. Pero me estás gozando, pendejo. Eso sos, un pendejo malcriado.
Y: Por si te interesa saberlo, soy hijo único. (Finge mirar a otra persona. Se sabe en su momento de gloria).
O (Embalado en el tema de su propia edad y queriendo vengar la afrenta, no repara en la sutil maniobra de Y): Hijo único, mirá vos. ¿No te aburrías de chico?
Y (Cae inesperadamente en el fango del fastidio. Se defiende con agresividad): Eso es como si yo te preguntara si estudiás o trabajás. No, no me aburría. O sí, qué sé yo. ¿A quién le importa?
O: A mí me importa (Pone cara de que lo anterior es un chiste) ¿Y estudiás o trabajás?
Y: Las dos. Estudio Comunicación, con gran asco de mi parte. No veo la hora de terminarla, pero no me quiero enroscar hablando de eso ahora... Y trabajo en Exactas.
O: Ah, mirá. ¿Qué hacés en Exactas?
Y: Nada. Parasito. Soy administrativo de Geología (pone los ojos en blanco). ¿Viste Gasalla? Bueno, la empleada pública.
O: ¿Y qué hacen en Geología?
Y (con fastidio): Qué sé yo que hacen en Geología. Chupan piedras, no sé. Locos de mierda. ¿Vos qué hacés de tu vida?
O (resignado a no obtener más información) Soy fotógrafo.
Y (se le ilumina la cara): Mirá vos qué interesante. Ehm... (pone aire de entendido. Esta no es su zona de comodidad, pero le interesa este juego) ¿Y hacés... fotografía artística... publicidad...?
O: De lo que salga. Más que nada publicidad. Pero bueno, me gusta lo artístico también, claro.
Y: Mirá vos. (Decide sincerarse) Yo de fotografía no sé mucho... pero me interesa.. qué sé yo... creo que me cabe mucho ser modelo (Ríe tímidamente).
O: Claro.
Y: Una vez posé como modelo para una campaña de fotos. De la Marcha de las Putas. Re amateur, ¿no? Pero estuvo buena la experiencia.
O: ¿Pero querrías ser modelo profesional?
Y: Nah, ¿de dónde? Ni loco. Amateur, para joder y divertirme. Soy medio camerawhore.
O (Sonríe comprensivo): Cada loco con su tema. A mí...
Y (ve venir un largo speech sobre la fotografía, decide que no quiere escucharlo, e interrumpe): ¿Tenés hermanos?
O (Sorprendido por el cambio brusco de tema): Sí, dos. Un hermano y una hermana. Más grandes.
Y: ¿Te llevás bien?
O: Ningún problema. Ella está casada, y está embarazada de tres meses.
Y: Ay, mirá qué lindo. (Ligeramente provocador, se acerca sutilmente a O con la excusa de hablarle en voz baja): Tío Gustavo.
O: Sí. Estoy re contento, lo re buscaron.
Y: ¿Te traigo el babero?
O: Sí, voy a ser re baboso como tío. Re hinchapelotas.
Y: Cuando se enoje, se va a ir de la casa de los viejos, va a ir a tu casa, le vas a hablar de sexo, drogas y roncarol...
O: A pleno. Yo lo voy a re malcriar al guacho ese.
Y (Ligeramente excitado por el modismo "guacho", que no corresponde al registro de esta conversación): ¿Vos decís que sale un faso tío-sobrino?
O: ¿Por qué no? Si es natural... ¿vos no te fumarías un faso con tu sobrino?
Y: De tenerlo, supongo que sí. Bah, me agarrarían prejuicios y preconceptos varios, pero sí, creo que al final sí.
O: Son al pedo los prejuicios, pura ignorancia. No hace mal a nadie. Pasa que les gusta reprimirte, y tenerte ahí, en el riel.
Y (jocoso, con todo declamatorio): Este capitalismo, cuya pesada lápida ha caído...
O (se ríe, y sigue el chiste): Nos oprimen compañeros, nos oprimen, mientras trabajamos diez, doce horas...
Y (desquiciado): Quince, dieciocho horas, día y noche, sin parar...
Ríen juntos. Se quedan en silencio, mirándose entre sí y a los tragos, casi intactos. Ambos se dan cuenta que este último detalle no es trivial.
O: ¿Vos fumás?
Y (de memoria): ¿Qué cosa?
O: Ehm... bueno, faso, pero si fumás algo más...
Y: No, tabaco no. Faso sí, a veces. No mucho. Socialmente, ¿no? A veces me da gana de fumarme uno solo, pero... qué sé yo. Paja. Como no sé a quién comprarle.
O: Yo compro, a veces. Un chabón re piola. Sano, barato, natural.
Y: Comprame entonces, así me puedo fumar uno solo. Ah, re egoísta el chabón (se ríe tiernamente como un niño).
O (Ríe más calculadoramente): Te compro si lo fumamos juntos.
Y: Ay, qué posesivo. (Se calla de pronto. Siente que se excedió con el término. Decide seguir por el lado del absurdo para zafar) Individualista, capitalista, burgués... chancho burgués (Ríe y se corta de nuevo. O tiene unos kilos de más, tal vez "chancho" no sea la palabra justa. Se maldice).
O (ajeno a las tribulaciones de Y, con indudable doble intención): Muy chanchito, sí.
Y (aliviado por el giro de la conversación): ¿Brindamos?
O: ¿Por qué brindamos?
Y: Por... Néstor y Cristina. Él y Ella. (Busca la aprobación de O, aprobación que de pronto es cada vez más importante para él).
O: Salud, compañero. Por el modelo.
Brindan y toman lentamente, mirándose mutuamente con el rabillo del ojo.
Y (imitando la campaña de Binner): "El modelo kirchnerista: bueno para pocos, malo para muchos".
O: Che che che, respeto con el viejo, eh. Pendejo de mierda, te voy a dar.
Y (provocativo): ¿Qué, lo votaste?
O: Sí, obvio.
Y (pone los ojos en blanco): Bue. Peor es nada.
O: ¿Qué, vos la votaste a ella?
Y: Ay sí, me meo por sus carteras de Louis Vuitton, no sabés. Ni en pedo. Lo voté a Altamira.
O: Juajuajua, qué gracioso. Un milagro para Altamira.
Y: A vos te hace falta un milagro. Te reís de Altamira, no te falta tanto para llegar a ser cómo el.
O: Ay, cuidado, el nene de jardín de infantes. Vení que te doy la mamadera.
Y: Epa... (dirige una firme mirada de advertencia, dejando ver que igual le gusta el comentario).
O (se sonroja, pero sabe que dio en la tecla. Lo otro es cuestión de tiempo): ¿Y por qué lo votaste al viejardo ese?
Y (se ríe por la palabra "viejardo"): ¿Y a quién querías que votara? ¿A la dagor? ¿Para que saliera con el crucifijo por ahí a decir pelotudeces e irse a Disney?
O: Qué sé yo. Altamira no le gana a nadie, nunca va a llegar a nada.
Y: Por eso mismo lo voté. No quiero sentir ningún tipo de culpa.
O (se ríe): Brindemos por el compañero Altamira.
Brindan.
Y: Y por sus operaciones de bótox.
O: Ay, sí terrible, ese viejo se deformó la cara de tanta avispa que se hizo. Bueno... no hagas lo mismo vos (Se ríe tras el chiste)
Y (ligeramente ofendido): ¿Por qué no te vas a cagar un poco, geronte? Acá el viejo sos vos.
O (Irónico): Ay, gordo...
Y (sigue el juego): Me asfixiás, gordo, me asfixiás.
O: Y, vos con lo flaco que sos, cualquiera te asfixia (Involuntariamente se mira su cuerpo con kilos de más, temeroso de que Y efectivamente piense que lo puede asfixiar).
Y: Callate que mi primer ex era un vikingo de 1,90 que pesaba 115 kilos. Yo en esa época pesaba 56... eso sí que era desproporción.
O (casi se desploma del alivio al escuchar lo anterior): ¿Y no te jodía?
Y: A todo se acostumbra uno... igual, nada, un enfermo mental, un psicópata. Esa gente que uno se pregunta para qué nació.
O (irónico): Veo que lo re querés.
Y: Que se muera, sorete, enfermo. Además, fue hace como cuatro años. Bocha, ya.
O: No, mis tres ex, así, que posta posta, tenían cuerpos... por así decirlo, normales, ¿no?
Y (Con aire filosófico): ¿Qué es la normalidad?
O: La "lidad" de Norma.
Y (ríe): Sos un tarado.
O: El "do" de Tara.
Y (sigue riendo): Basta, pelotudo.
O: El "tudo" del pelo.
Y (desternilándose, casi pidiendo clemencia): ¡Basta!
O: El "ta" del "Bas".
Y estalla y se atraganta con su trago. No puede evitar toserse alcohol sobre la remera gris, mientras se pone rojo y se le saltan las lágrimas. Sigue riendo por un minuto, toma aire profundo, se vuelve a reír, vuelve a tomar aire, se refriega los ojos secándose las lágrimas.
Y: Mirá, mirá lo que me hiciste hacer. Qué asco, por Dios. Me escupí alcohol sobre la remera, estoy todo manchado. ¡Sos un tarado!
O (ríe, sintiéndose seguro): Tomá, acá tenés una servilleta.
Y (toma la servilleta, se pone a limpiarse frenético): Acá, acá... acá también. (Ríe de nuevo).
O: Acá también tenés. Y acá un poco. Y...acá.
Toma la mano de Y, fingiendo ayudarlo con la servilleta. Comienza a refregarle la servilleta por el pecho a Y. Y lo advierte y se tensa, aunque se deja hacer.
O: Acá también (Acaricia con su mano la barba de Y).
Y: (fingiendo estar ausente): Tengo que secarme.
O: Yo te seco. ¿Te dije que sos muy lindo?
Y (mira fijo a O. Sus labios se transforman en una sonrisa de irresistible e infinita dulzura. Abraza con fuerza a O, reteniéndolo consigo): Vos también.
Se sonríen, se miran dulcemente, y sus bocas se encuentran. Se besan apasionadamente. En el bar, comienza a sonar el tema preferido de O.
Telón final.
domingo, 4 de noviembre de 2012
Fríos gustares
Me preguntaron la otra vez si no me gustabas.
Respondí que no.
Me hubiera gustado responder que un poco, tal vez, quizás, capaz, quién sabe, sí.
Extraña revolución la que se hace en los jardines del palacio real.
Extraño ida y vuelta donde no nos encontramos salvo fugazmente para desencontrarnos, y desear volver a encontrarnos.
Extraños fríos diálogos llenos de corazones.
Cierta vez, y cuando un vendaval de lluvia fría se abalanzaba sobre mí casi sin piedad, me dirigiste una mirada poco menos que lujuriosa. Y te odié, y me rebelé, y huí como venía huyendo de otras cuatro miradas lascivas. Y sin embargo, la tuya persistió al vendaval; y cuando el sol salió de nuevo, fue solo para descubrir que quería más de esa mirada. Y no me la diriges, porque yo no te la dirijo, porque no me la diriges, y así hasta el infinito.
Me reclamas soledades que yo quiero tener, pero no para darte; y cuando te las quiero dar, no las quieres recibir. Vivimos bailando acompasadamente una coreografía donde siempre estamos por encontrarnos, y nunca nos encontramos.
Y miro a ver si me miras, y si me miras, dejo de mirar. Te oigo oírme. Percibo que esperamos juntos aquel momento donde ya no haya más nada que esperar; y juntos lo vemos pasar de largo, y la cuenta comienza a correr de nuevo.
Nunca me gustó tu nombre, ni tus círculos, ni tu forma de ser; y sin embargo, todo eso combinado en vos, amenaza peligrosamente con gustarme, con desequilibrarme, con deshelarme, con tirar por abajo las sólidas defensas que construyo, con ahínco verdaderamente sádico, contra quienes quieren saquearme, y peor aún, solo pueden saquearme. Y llegas con esa combinación de reprobabilidades, que sumadas y juntas, dan el único resultado positivo que me interesa.
Extraña cuenta aritmética que rompe aún más viejos supuestos(saurios) que ya no explican el mundo, no lo comprenden, no lo operan, no lo transforman, no lo crean.
Y tal vez eso me guste; no entenderte, y saber que no me entiendes tampoco. Como dos seres mutuamente hechizados para mirarse sin nunca comprender, vamos vos y yo bailando esta danza del absurdo que, por absurda, me empieza a gustar y no quiero que la música se termine, antes bien, prefiero danzar y danzar, danzar y danzar, hasta encontrar en vos ese abrazo que sea una ducha caliente, y donde las miradas lascivas ya no acosen, sino que sean tiernas confirmaciones de lo que ya se sabe: que inexplicablemente, nos gustamos y queremos seguir bailando juntos.
Respondí que no.
Me hubiera gustado responder que un poco, tal vez, quizás, capaz, quién sabe, sí.
Extraña revolución la que se hace en los jardines del palacio real.
Extraño ida y vuelta donde no nos encontramos salvo fugazmente para desencontrarnos, y desear volver a encontrarnos.
Extraños fríos diálogos llenos de corazones.
Cierta vez, y cuando un vendaval de lluvia fría se abalanzaba sobre mí casi sin piedad, me dirigiste una mirada poco menos que lujuriosa. Y te odié, y me rebelé, y huí como venía huyendo de otras cuatro miradas lascivas. Y sin embargo, la tuya persistió al vendaval; y cuando el sol salió de nuevo, fue solo para descubrir que quería más de esa mirada. Y no me la diriges, porque yo no te la dirijo, porque no me la diriges, y así hasta el infinito.
Me reclamas soledades que yo quiero tener, pero no para darte; y cuando te las quiero dar, no las quieres recibir. Vivimos bailando acompasadamente una coreografía donde siempre estamos por encontrarnos, y nunca nos encontramos.
Y miro a ver si me miras, y si me miras, dejo de mirar. Te oigo oírme. Percibo que esperamos juntos aquel momento donde ya no haya más nada que esperar; y juntos lo vemos pasar de largo, y la cuenta comienza a correr de nuevo.
Nunca me gustó tu nombre, ni tus círculos, ni tu forma de ser; y sin embargo, todo eso combinado en vos, amenaza peligrosamente con gustarme, con desequilibrarme, con deshelarme, con tirar por abajo las sólidas defensas que construyo, con ahínco verdaderamente sádico, contra quienes quieren saquearme, y peor aún, solo pueden saquearme. Y llegas con esa combinación de reprobabilidades, que sumadas y juntas, dan el único resultado positivo que me interesa.
Extraña cuenta aritmética que rompe aún más viejos supuestos(saurios) que ya no explican el mundo, no lo comprenden, no lo operan, no lo transforman, no lo crean.
Y tal vez eso me guste; no entenderte, y saber que no me entiendes tampoco. Como dos seres mutuamente hechizados para mirarse sin nunca comprender, vamos vos y yo bailando esta danza del absurdo que, por absurda, me empieza a gustar y no quiero que la música se termine, antes bien, prefiero danzar y danzar, danzar y danzar, hasta encontrar en vos ese abrazo que sea una ducha caliente, y donde las miradas lascivas ya no acosen, sino que sean tiernas confirmaciones de lo que ya se sabe: que inexplicablemente, nos gustamos y queremos seguir bailando juntos.
sábado, 15 de septiembre de 2012
Bacchanalia
Llamas rojas, vestidos verdes, faldas violetas, ojos azules, pieles blancas, noches frías, faroles amarillos que quieren ser cálidos, humos negros que complementan el ahogo, noches aún más negras que desahogan el ahogo del humo negro que quiere ahogar, como se rehoga una cebolla en manteca hasta que más aceite la ahoga aún mas...
1 y 3.
Blanco y amarillo.
Rusia y China.
Arroz y puré.
Harina y manteca.
Femenino/masculina, femenina/masculino.
Un viernes a la tarde que se ahoga en sopores soleados, una intensa relajación se desploma sobre el cuerpo, que llegue la noche ya...
Farolitos de playa que se encienden en la incipiente noche, balalaikas que invitan a la danza, restaurantes costosos (¿qué restaura el restaurant?), arte y glamour impregnados en la piel, cual Heno de Pravia...
Un sábado que empieza danzarín, estilizado, con mayoliva, danza clásica cisnéfila.
El derrape, el derrumbe, la caída al foso, la salida del camino. La estancia en la playa, la playa en la estancia, la cigarra que suena, mi guitarra y vos, basta de rosca mental, las cosas son simples, seamos libres lo demás no importa nada.
Corrientes y sus farolas, bares, pizzerías, restaurantes, Nac and Pops, confiterías, teatros, cines, cultura, cultura, factura. Gente que viene y que va, debates, disquisiciones entre queso de Guerrín sobre Guernica, posibilidades, alteridades, improbabilidades, la grasa de la mozzarella abriga del frío polar.
Siempre hay un momento de septiembre que es gris. Siempre hay un momento de octubre donde se ve la Luna. Siempre hay un momento de noviembre donde llueve. Siempre en diciembre se baila algo.
El domingo te contagia alegría a electroshocks, saltá y sé feliz, mierda, los bajos fondos respiran y salen a la luz... quizás muchos lloren a la madrugada, pero eso no se ve. El lunes es racionalismo, a las 9 de la mañana hay una cita con Descartes.
Vino y chocolate.
Desborde imaginativo. Lujurias privadas y mínimas, conversaciones sexuales aburridas, el sol del Oeste no es para que te chamuyen imbecilidades. El del Este, tampoco.
Personajes que no interpretan nada. Públicos obtusos que les creen. Desencuentro de la imagen y el imaginario, de la realidad y la conversa.
La gente quiere..., y me chupa un huevo, que sigan queriendo, no soy de "la gente", a duras penas (si es que), de mí mismo.
Oligarquía de sentimientos, fuentes de juventud agotándose, un espejo que se rompe a medida que se hace más bello y refleja menos la fealdad del mundo.
Licencia sin goce. Goce con y sin licencia. ¿Licenciado en qué, y sobre todo, para qué? Licencia poética, hábil subterfugio para decir pelotudeces, mentiras e inexactitudes y que te aplaudan por ello, cual pase de varita mágica. Hegemonía gramsciana vertida sobre la poesía.
La educación y el Estado, la rosca política y la formación de conciencia. Flan con dulce de leche.
El que se quemó con leche y llora, ve una vaca.
¿Un año? No vas a poder, mejor no lo intentes. Que no lo intentes te digo. Ah, intentaste y te salió mal... jodete.
Pasá la gorrita si querés, pero con ese discurso mendicante nadie te va a tirar un sope.
PROHIBIDA LA LÁSTIMA, diría un cartel en alguna entrada. Llantos no; alegrías fingidas, tampoco. Hipocresía, menos. Falsa conciencia, menos aún.
Hay un mundo mejor, y no siempre es carísimo, el tema es no gastar en mundos de mierda. Lo bueno, lo que querés, aparece, pero uno generalmente está ocupado en lo que no quiere. Y no sé si la culpa de ello reside exclusivamente en este sistema.
Tantas ganas de ponerse a bailar, hacer piruetas y cabriolas sobre los expedientes, los textos y las notas, interpretarle un personaje a la ventana, cantarle a la escalera, improvisarse una polka en el pasillo... ah, pero no, ahí viene la realidad en forma de órdenes, imperativos, y censuras. No importa, en el finde, capaz, tal vez, un ratito. Eso sí, no van a estar los expedientes para que te vengues de ellos.
No me llames nunca más, no me escribas, no me pienses, no te comuniques. Eso sí, antes abrazame. Buena vida y mejor muerte.
Las últimas lluvias del invierno son aún más fuertes, los tinglados parecen colapsar, pero detrás de toda esa furia se ve el solcito, la brisa, el pasto, las flores, y todo eso que llamamos primavera. Paz, imbéciles, paz. Yo que vos no me vestiría más de negro.
"Welcome to my world", dice un cartel destartalado de madera podrida. "Bienvenidos a Maimará", dicen letras blancas de Hollywood sobre el cementerio de la llamada Maimará.
Yo diría simplemente "venidos", y que el bien o el mal, lo ponga cada cual.
1 y 3.
Blanco y amarillo.
Rusia y China.
Arroz y puré.
Harina y manteca.
Femenino/masculina, femenina/masculino.
Un viernes a la tarde que se ahoga en sopores soleados, una intensa relajación se desploma sobre el cuerpo, que llegue la noche ya...
Farolitos de playa que se encienden en la incipiente noche, balalaikas que invitan a la danza, restaurantes costosos (¿qué restaura el restaurant?), arte y glamour impregnados en la piel, cual Heno de Pravia...
Un sábado que empieza danzarín, estilizado, con mayoliva, danza clásica cisnéfila.
El derrape, el derrumbe, la caída al foso, la salida del camino. La estancia en la playa, la playa en la estancia, la cigarra que suena, mi guitarra y vos, basta de rosca mental, las cosas son simples, seamos libres lo demás no importa nada.
Corrientes y sus farolas, bares, pizzerías, restaurantes, Nac and Pops, confiterías, teatros, cines, cultura, cultura, factura. Gente que viene y que va, debates, disquisiciones entre queso de Guerrín sobre Guernica, posibilidades, alteridades, improbabilidades, la grasa de la mozzarella abriga del frío polar.
Siempre hay un momento de septiembre que es gris. Siempre hay un momento de octubre donde se ve la Luna. Siempre hay un momento de noviembre donde llueve. Siempre en diciembre se baila algo.
El domingo te contagia alegría a electroshocks, saltá y sé feliz, mierda, los bajos fondos respiran y salen a la luz... quizás muchos lloren a la madrugada, pero eso no se ve. El lunes es racionalismo, a las 9 de la mañana hay una cita con Descartes.
Vino y chocolate.
Desborde imaginativo. Lujurias privadas y mínimas, conversaciones sexuales aburridas, el sol del Oeste no es para que te chamuyen imbecilidades. El del Este, tampoco.
Personajes que no interpretan nada. Públicos obtusos que les creen. Desencuentro de la imagen y el imaginario, de la realidad y la conversa.
La gente quiere..., y me chupa un huevo, que sigan queriendo, no soy de "la gente", a duras penas (si es que), de mí mismo.
Oligarquía de sentimientos, fuentes de juventud agotándose, un espejo que se rompe a medida que se hace más bello y refleja menos la fealdad del mundo.
Licencia sin goce. Goce con y sin licencia. ¿Licenciado en qué, y sobre todo, para qué? Licencia poética, hábil subterfugio para decir pelotudeces, mentiras e inexactitudes y que te aplaudan por ello, cual pase de varita mágica. Hegemonía gramsciana vertida sobre la poesía.
La educación y el Estado, la rosca política y la formación de conciencia. Flan con dulce de leche.
El que se quemó con leche y llora, ve una vaca.
¿Un año? No vas a poder, mejor no lo intentes. Que no lo intentes te digo. Ah, intentaste y te salió mal... jodete.
Pasá la gorrita si querés, pero con ese discurso mendicante nadie te va a tirar un sope.
PROHIBIDA LA LÁSTIMA, diría un cartel en alguna entrada. Llantos no; alegrías fingidas, tampoco. Hipocresía, menos. Falsa conciencia, menos aún.
Hay un mundo mejor, y no siempre es carísimo, el tema es no gastar en mundos de mierda. Lo bueno, lo que querés, aparece, pero uno generalmente está ocupado en lo que no quiere. Y no sé si la culpa de ello reside exclusivamente en este sistema.
Tantas ganas de ponerse a bailar, hacer piruetas y cabriolas sobre los expedientes, los textos y las notas, interpretarle un personaje a la ventana, cantarle a la escalera, improvisarse una polka en el pasillo... ah, pero no, ahí viene la realidad en forma de órdenes, imperativos, y censuras. No importa, en el finde, capaz, tal vez, un ratito. Eso sí, no van a estar los expedientes para que te vengues de ellos.
No me llames nunca más, no me escribas, no me pienses, no te comuniques. Eso sí, antes abrazame. Buena vida y mejor muerte.
Las últimas lluvias del invierno son aún más fuertes, los tinglados parecen colapsar, pero detrás de toda esa furia se ve el solcito, la brisa, el pasto, las flores, y todo eso que llamamos primavera. Paz, imbéciles, paz. Yo que vos no me vestiría más de negro.
"Welcome to my world", dice un cartel destartalado de madera podrida. "Bienvenidos a Maimará", dicen letras blancas de Hollywood sobre el cementerio de la llamada Maimará.
Yo diría simplemente "venidos", y que el bien o el mal, lo ponga cada cual.
lunes, 18 de junio de 2012
Fenomenología del chisme
Abordaré un tema siempre controvertido, polémico, indeseable, criticado, denostado, marginado, discriminado: el chisme. Ancestral como la misma Humanidad, colado permanentemente donde y cuando sea, siempre intentado de erradicar, el viejo y clásico chisme persiste siempre en los pasillos, en las cocinas, en los balcones, en los encuentros, en los tés y los cafés, en los ascensores...
¿A qué se debe esta tenaz persistencia de este pícaro que insiste en tergiversar todo, en contrariar y en alegrar a tantos y tantas? ¿Y por qué se lo persigue tanto? ¿Dónde y en torno a qué se juega esta lucha?
Mi hipótesis es que el chisme constituye un modo otro de informar, y de circulación de la información. Buena parte, por no decir la mayoría, de las relaciones humanas cotidianas se basa en intercambiar chismes. Y eso, aunque parezca y sea tratado como un hecho banal, es parte fundamental de la construcción de inteligibilidad, es decir, de saber qué corno pasa en un lugar con la gente que hay allí. Resulta imposible entender ciertas relaciones de poder sin saber que Fulanito se come a Menganita; que Zutanita se lleva mal con el padre; que Lopecito votó al kirchnerismo la última vez, y que Perecito le debe plata a Perenganito. Esos saberes, en apariencia inocuos, explican que las solicitudes de Menganita reciban rápido tratamiento, que Zutanita maltrate a los hombres, que Lopecito reciba (o no) más beneficios de lo que le corresponden, y que Perenganito nunca critique a Perecito.
El chisme, entonces, permite actualizar el conocimiento que se tiene de un lugar y de su gente y sus circunstancias. Un novato deja de serlo cuando es admitido en los chismes, y logra acceder, progresivamente, a la larga lista de informaciones vedada y oculta al público, que fluye subterráneamente en los tiempos muertos. Por supuesto que el chisme es un arma de doble filo: ser admitido en el chismerío implica, inexorablemente, que sobre uno también comiencen a circular chismes, reales unos, inverosímiles otros.
De manera que el chisme consiste en una forma de informar que va a lo cotidiano, lo real, lo humano, lo personal, lo subjetivo. Y aquí comienza el problema: existe, también desde la más negra noche de los tiempos, otra forma de informar y crear conciencia y saber: la institucional, u "oficial". El discurso oficial, público, privado o cooperativo, lo mismo da, intenta permanentemente crear unidad, identidad, borrar el conflicto, y de paso, las subjetividades. Las personas se diluyen en un "nosotros" mayestático, o en un "se" impersonal, que sólo busca generar consenso en torno a relaciones de poder muy bien disimuladas. Y he aquí el clásico ejemplo de la gacetilla de prensa, o el organigrama, o el mapa; tal es presidente, tal vicepresidente, tal secretaria, tales vocales oficialistas, tales vocales opositores. Punto. No más, ¿para qué? Esta estructura es la que recibe el novato, y el ajeno; se le marca un recorrido interpretativo por el cual debe actuar y comprender lo que cada cual le dice. El esquema parece funcionar adecuadamente, hasta que llega el primer chisme desmitificando; y ahí todo empieza a derrumbarse, cuestionarse, enrarecerse, perder sentido unificador y generar sentidos conflictivos.
Puntualicemos esto último: si el discurso oficial genera unidad, y fija relaciones de la manera más impersonal posible, el chisme se centra, justamente, en el disenso y la subjetividad. Un suceso no es chisme si no implica conflicto de alguna manera para alguien o algo; y es justamente, el conflicto entre el papel que la institución da, y el cual debería respetarse cual libreto de teatro, y aquella subjetividad que hace que el papel sea violado todas las veces en que se pueda. El chisme, entonces, es un relato, un discurso, de la resistencia de los sujetos a ocupar un lugar prístino e inmaculado, autorizado por vaya a saberse qué poder. El chisme es venganza, es broma, es burla, es hurto, es sustracción, es picardía que desenmascara, cual Carnaval, a los actores que todos intentamos ser para triunfar en esta sociedad.
No estoy diciendo con esto que el chisme sea el lugar de la pura rebeldía inmaculada, mientras que el discurso oficial sea siempre y solamente el lugar de la abstracción alienante. Como toda táctica y método, el chisme puede ser soldado de dos frentes distintos: el chisme puede volverse funcional, en ámbitos bien opresivos, a la misma opresión, y servir para penalizar y perseguir las resistencias. Como tristes ejemplos, encontramos al soplón de las dictaduras y tiranías, o bien de los trabajos, que, valiéndose justamente del chisme en tanto relato trivial de trivialidades, da la voz de alerta para hundir a alguien que intentaba resistir. De lo cual, el chisme dependerá, como todo, del contexto en el que circule, y de cómo sea apropiado por unos u otros.
Personalmente, me permito desconfiar de aquellas personas que se molestan por el chusmerío que existe en sus lugares de actuación. Por empezar, no casualmente los empleadores, las autoridades, los directivos, etc. (el poder, en suma), intentan siempre generar reuniones "clarificadoras", "cursos desmitificadores", "gacetillas informativas", "acabar con el radiopasillo". Intentan coartar la libre circulación de información y saberes entre los subordinados, e imponer la suya propia. El chisme es espontáneo, e inesperado; uno nunca sabe que lo puede recibir, hasta que lo recibe. La información oficial, en cambio, es bien pautada y previsible: "a partir de tal momento...", "reunión a tal hora con tal y tal", "hablaremos sobre...".
Otro motivo de mi desconfianza a los que se quejan del chisme es, simplemente, la pura necesidad informativa; dado que el chisme cubre buena parte de nuestras informaciones sobre los lugares donde estamos; ¿cómo catzo creen que se van a enterar? ¿Esperan que haya un folleto oficial, un programa de radio, una entrevista con el jefe, donde se les diga que hay que tratar mejor a Fulana que a Zutana porque es amiga de la secundaria de Mengana? ¿Realmente creen que la gente va a trabajar, estudiar o militar, ocho, diez o doce horas seguidas, cinco, seis o siete días a la semana, para no producir ningún intercambio personal? ¿Que las personas solo trabajan en su puesto de trabajo, y que se limitan a hablar de trabajo? ¿Que vivimos en el mundo de Descartes? ¿O será que les molesta en realidad, que circulen sus chismes, pero no les molesta tanto enterarse de los de otros? Nunca escuché a ninguno de estos renegados quejarse de haberse enterado algo que no querían. Curiosa casualidad.
Conclusión: el chisme es una forma distinta de circular información, que puntualiza sobre lo subjetivo y lo cotidiano, tiende a generar identificación más que distancia entre quien lo dice y quien lo escucha, y puede ser una resistencia contra el papel normalizador que intentan imponer las instituciones, borrando justamente los nítidos límites que estas intentan imponer a cada cual. Como modo informativo de la resistencia, es imposible erradicarlo, ya que las resistencias siempre están, y siempre necesitan de información (o contrainformación); dado que lo institucional no llena lo subjetivo, el chisme cumple ese papel, dotando a cada espacio de una vitalidad que es la que genera el conflicto, siempre presente en todas partes.
Seguiría, pero oigo a la encargada del edificio sacar la basura, y son la 1:30 de la mañana de un lunes; un horario ciertamente extraño para ponerse a trabajar y recorrer un edificio. Voy a acercar el oído hasta la puerta a ver si averiguo algo, y después les cuento. Hasta entonces, queridos/as chismosos/as.
¿A qué se debe esta tenaz persistencia de este pícaro que insiste en tergiversar todo, en contrariar y en alegrar a tantos y tantas? ¿Y por qué se lo persigue tanto? ¿Dónde y en torno a qué se juega esta lucha?
Mi hipótesis es que el chisme constituye un modo otro de informar, y de circulación de la información. Buena parte, por no decir la mayoría, de las relaciones humanas cotidianas se basa en intercambiar chismes. Y eso, aunque parezca y sea tratado como un hecho banal, es parte fundamental de la construcción de inteligibilidad, es decir, de saber qué corno pasa en un lugar con la gente que hay allí. Resulta imposible entender ciertas relaciones de poder sin saber que Fulanito se come a Menganita; que Zutanita se lleva mal con el padre; que Lopecito votó al kirchnerismo la última vez, y que Perecito le debe plata a Perenganito. Esos saberes, en apariencia inocuos, explican que las solicitudes de Menganita reciban rápido tratamiento, que Zutanita maltrate a los hombres, que Lopecito reciba (o no) más beneficios de lo que le corresponden, y que Perenganito nunca critique a Perecito.
El chisme, entonces, permite actualizar el conocimiento que se tiene de un lugar y de su gente y sus circunstancias. Un novato deja de serlo cuando es admitido en los chismes, y logra acceder, progresivamente, a la larga lista de informaciones vedada y oculta al público, que fluye subterráneamente en los tiempos muertos. Por supuesto que el chisme es un arma de doble filo: ser admitido en el chismerío implica, inexorablemente, que sobre uno también comiencen a circular chismes, reales unos, inverosímiles otros.
De manera que el chisme consiste en una forma de informar que va a lo cotidiano, lo real, lo humano, lo personal, lo subjetivo. Y aquí comienza el problema: existe, también desde la más negra noche de los tiempos, otra forma de informar y crear conciencia y saber: la institucional, u "oficial". El discurso oficial, público, privado o cooperativo, lo mismo da, intenta permanentemente crear unidad, identidad, borrar el conflicto, y de paso, las subjetividades. Las personas se diluyen en un "nosotros" mayestático, o en un "se" impersonal, que sólo busca generar consenso en torno a relaciones de poder muy bien disimuladas. Y he aquí el clásico ejemplo de la gacetilla de prensa, o el organigrama, o el mapa; tal es presidente, tal vicepresidente, tal secretaria, tales vocales oficialistas, tales vocales opositores. Punto. No más, ¿para qué? Esta estructura es la que recibe el novato, y el ajeno; se le marca un recorrido interpretativo por el cual debe actuar y comprender lo que cada cual le dice. El esquema parece funcionar adecuadamente, hasta que llega el primer chisme desmitificando; y ahí todo empieza a derrumbarse, cuestionarse, enrarecerse, perder sentido unificador y generar sentidos conflictivos.
Puntualicemos esto último: si el discurso oficial genera unidad, y fija relaciones de la manera más impersonal posible, el chisme se centra, justamente, en el disenso y la subjetividad. Un suceso no es chisme si no implica conflicto de alguna manera para alguien o algo; y es justamente, el conflicto entre el papel que la institución da, y el cual debería respetarse cual libreto de teatro, y aquella subjetividad que hace que el papel sea violado todas las veces en que se pueda. El chisme, entonces, es un relato, un discurso, de la resistencia de los sujetos a ocupar un lugar prístino e inmaculado, autorizado por vaya a saberse qué poder. El chisme es venganza, es broma, es burla, es hurto, es sustracción, es picardía que desenmascara, cual Carnaval, a los actores que todos intentamos ser para triunfar en esta sociedad.
No estoy diciendo con esto que el chisme sea el lugar de la pura rebeldía inmaculada, mientras que el discurso oficial sea siempre y solamente el lugar de la abstracción alienante. Como toda táctica y método, el chisme puede ser soldado de dos frentes distintos: el chisme puede volverse funcional, en ámbitos bien opresivos, a la misma opresión, y servir para penalizar y perseguir las resistencias. Como tristes ejemplos, encontramos al soplón de las dictaduras y tiranías, o bien de los trabajos, que, valiéndose justamente del chisme en tanto relato trivial de trivialidades, da la voz de alerta para hundir a alguien que intentaba resistir. De lo cual, el chisme dependerá, como todo, del contexto en el que circule, y de cómo sea apropiado por unos u otros.
Personalmente, me permito desconfiar de aquellas personas que se molestan por el chusmerío que existe en sus lugares de actuación. Por empezar, no casualmente los empleadores, las autoridades, los directivos, etc. (el poder, en suma), intentan siempre generar reuniones "clarificadoras", "cursos desmitificadores", "gacetillas informativas", "acabar con el radiopasillo". Intentan coartar la libre circulación de información y saberes entre los subordinados, e imponer la suya propia. El chisme es espontáneo, e inesperado; uno nunca sabe que lo puede recibir, hasta que lo recibe. La información oficial, en cambio, es bien pautada y previsible: "a partir de tal momento...", "reunión a tal hora con tal y tal", "hablaremos sobre...".
Otro motivo de mi desconfianza a los que se quejan del chisme es, simplemente, la pura necesidad informativa; dado que el chisme cubre buena parte de nuestras informaciones sobre los lugares donde estamos; ¿cómo catzo creen que se van a enterar? ¿Esperan que haya un folleto oficial, un programa de radio, una entrevista con el jefe, donde se les diga que hay que tratar mejor a Fulana que a Zutana porque es amiga de la secundaria de Mengana? ¿Realmente creen que la gente va a trabajar, estudiar o militar, ocho, diez o doce horas seguidas, cinco, seis o siete días a la semana, para no producir ningún intercambio personal? ¿Que las personas solo trabajan en su puesto de trabajo, y que se limitan a hablar de trabajo? ¿Que vivimos en el mundo de Descartes? ¿O será que les molesta en realidad, que circulen sus chismes, pero no les molesta tanto enterarse de los de otros? Nunca escuché a ninguno de estos renegados quejarse de haberse enterado algo que no querían. Curiosa casualidad.
Conclusión: el chisme es una forma distinta de circular información, que puntualiza sobre lo subjetivo y lo cotidiano, tiende a generar identificación más que distancia entre quien lo dice y quien lo escucha, y puede ser una resistencia contra el papel normalizador que intentan imponer las instituciones, borrando justamente los nítidos límites que estas intentan imponer a cada cual. Como modo informativo de la resistencia, es imposible erradicarlo, ya que las resistencias siempre están, y siempre necesitan de información (o contrainformación); dado que lo institucional no llena lo subjetivo, el chisme cumple ese papel, dotando a cada espacio de una vitalidad que es la que genera el conflicto, siempre presente en todas partes.
Seguiría, pero oigo a la encargada del edificio sacar la basura, y son la 1:30 de la mañana de un lunes; un horario ciertamente extraño para ponerse a trabajar y recorrer un edificio. Voy a acercar el oído hasta la puerta a ver si averiguo algo, y después les cuento. Hasta entonces, queridos/as chismosos/as.
domingo, 29 de abril de 2012
La pirueta en el vacío
La belleza del cadáver.
Verónica decide morir.
La muerte baila sola.
Un jardín que se va helando.
Una ventana que se abre por última vez.
Un haiku japonés.
Una fuente de azul.
Un ave en Ñorquín.
Fuente de mondongo.
Una impresora que se apaga.
Papelitos que flotan en el viento frío.
Lágrimas que nadie ve.
Un río que no te extraña.
Una lluvia suave, plena de poesía.
Fragmentos literarios.
Vidrios que encierran viento.
Hace un año estábamos juntos.
Duraznos helados por la escarcha.
El sol de la mañana entre la nieve.
Finlandia, Rusia, frío, nieve, blanco.
"Cuando te encuentre".
Un mar que promete paz.
Una ducha caliente.
Una luz suave.
Alondras que cantan en la tumba.
Sacos negros.
Recuerdos oníricos.
Calles desiertas.
La rotisería cierra a las tres de la tarde, y no les gusta atender a personas solas.
Perros que ladran a la montaña.
Nenas poco abrigadas.
La luna ilumina el pasto.
La casa nueva no es cálida.
Hay que ir descalzo por mandato familiar.
Piedras yacen en el pasto ralo.
Mantas y frazadas al por mayor.
La estufa y la música calientan.
Ríos convertidos en pistas de patinaje.
Pueblo que clama por comida.
Cartas que nadie recibe.
La última cerradura.
Perros que no salen más a pasear.
La última barrida.
La última despedida.
Chau barrio.
Chau infancia.
Chau paraíso.
Chau recuerdos.
¿Hola? Sí, pero, ¿a quién? ¿A qué? El tiempo, si es que tal cosa existe, dirá. Todo es para mejor, aunque no se sepa cómo ni por qué. El viaje recién empieza.
Verónica decide morir.
La muerte baila sola.
Un jardín que se va helando.
Una ventana que se abre por última vez.
Un haiku japonés.
Una fuente de azul.
Un ave en Ñorquín.
Fuente de mondongo.
Una impresora que se apaga.
Papelitos que flotan en el viento frío.
Lágrimas que nadie ve.
Un río que no te extraña.
Una lluvia suave, plena de poesía.
Fragmentos literarios.
Vidrios que encierran viento.
Hace un año estábamos juntos.
Duraznos helados por la escarcha.
El sol de la mañana entre la nieve.
Finlandia, Rusia, frío, nieve, blanco.
"Cuando te encuentre".
Un mar que promete paz.
Una ducha caliente.
Una luz suave.
Alondras que cantan en la tumba.
Sacos negros.
Recuerdos oníricos.
Calles desiertas.
La rotisería cierra a las tres de la tarde, y no les gusta atender a personas solas.
Perros que ladran a la montaña.
Nenas poco abrigadas.
La luna ilumina el pasto.
La casa nueva no es cálida.
Hay que ir descalzo por mandato familiar.
Piedras yacen en el pasto ralo.
Mantas y frazadas al por mayor.
La estufa y la música calientan.
Ríos convertidos en pistas de patinaje.
Pueblo que clama por comida.
Cartas que nadie recibe.
La última cerradura.
Perros que no salen más a pasear.
La última barrida.
La última despedida.
Chau barrio.
Chau infancia.
Chau paraíso.
Chau recuerdos.
¿Hola? Sí, pero, ¿a quién? ¿A qué? El tiempo, si es que tal cosa existe, dirá. Todo es para mejor, aunque no se sepa cómo ni por qué. El viaje recién empieza.
domingo, 25 de marzo de 2012
Costa Árida, Costa de Flores
Pocos se atreven a llegar a la playa a través de la Costa Árida. Menos aún son los que efectivamente pueden. Un viento permanentemente frío y salado, que remueve areniscas, piedras y turbas de sal marina embravece el mar y lo encabrita. Furiosas, las olas chocan y rompen en la pedregosa arena. Formaciones de rocas irregularmente dispuestas a lo largo de la línea de costa hacen poco menos que imposible encallar; y miles de algas se arremolinan formando manchas oscuras en el mar gélido. Pesadas y grises nubes descargan torrentes de agua helada, mientras el cielo se vuelve progresivamente oscuro y el frío aumenta. El viento casi nunca deja de soplar, arremolinando agua, algas y piedras en torno a los escasos árboles que subsisten en la inclemencia. Riachos que atraviesan el bosque cercano, y vienen de las montañas eternamente blancas, generan verdaderos remolinos de agua y piedras en su desembocadura. Por momentos, el ruido es atronador, el viento chilla como un desmañado y todo sucumbe a su fuerza.
Algunos días, pocos, sobre todo en verano, la naturaleza se calma. Sale el sol, empieza a hacer calor, es posible ver el atardecer sobre los árboles. El mar se vuelve azul, las algas reposan en la arena, la sal se vuelve un recuerdo, los ríos desembocan en calma en el mar pacificado. El viento deviene una sutil brisa marina, la arena se vuelve amarilla y dorada, el cielo se despeja. Algunos paseantes se animan a alojarse en la playa, llevan reposeras, mates, comida, hay quien se anima a meterse en el mar que deviene tibio. Disfrutan y son felices, conscientes de la necesaria brevedad de este momento. Saben que imprevistamente, el viento puede volver a soplar, el cielo puede volver a rugir con truenos, el mar embravecerse, las rocas a saltar, la arena y la sal a volar, las algas a encallarse, y la lluvia volver a caer interminablemente. Comienza así una larga retirada, indefinida en su duración, hasta que la naturaleza vuelva a calmarse y ser hospitalaria.
Los navegantes saben que, una vez que han podido desembocar en Costa Árida, el camino ya está prácticamente hecho. Deben atravesar aún la dura playa; internarse en el frío bosque, donde los árboles sirven de refugio. Cruzar por estrechos pasos, riscos y desfiladeros las altas montañas, eternamente lejanas, constantemente frías. Divisar los lagos impenetrables, deificados, lontanos, siempre cristalinos, siempre burlándose de las miserias humanas. Bajar por las suaves laderas, llegar a las ciudades, atravesar sus inextricables callejuelas, soportar sus intrincados vericuetos, enterrarse en sus miserias e inmundicias. Tomar senderos tranquilos, caminar por los suaves pastos, morder los campos a traviesa, pisar el orégano, rodar por la suave tierra húmeda, inhalar verde, escuchar las campanadas de alguna iglesia lejana, comer tortillas de maíz hechas por manos de madres, bailar polkas por el camino. Cruzar el río cálido, dormir en sus anchas playas, ser arrullados por la cigarra, nadar lascivamente en el agua barrosa. Cruzar el bosquecito de cipreses, la roca vieja y calcárea.
Y ahí, saben los navegantes, llegan a la Costa de Flores. Una playa siempre sembrada con flores, templada a perpetuidad, donde los pájaros musitan en los frondosos árboles. Pérgolas con flores recorren la línea del mar, un mar tranquilo, azul y con espuma blanca, donde una leve brisa alcanza para despeinar el pelo a alguna mujer o para mecer suavemente alguna rama florida. Numerosas casitas se agolpan en los montes cercanos, con amplios balcones y miradores hacia la inconmensurable apertura del horizonte. Llega la noche, y sus luces se encienden. Como luciérnagas en el bosque, las casas iluminan a sus habitantes. Se ve el ir y venir de cuerpos que suben y bajan, vienen y van, se mojan y se secan, se cocinan y se comen, se aman y se pelean. Grupos de jóvenes llegan a la mansa playa con sus guitarras. Cantan baladas toda la noche, suavemente iluminados por las casas, perfumados por las flores. La vida rezuma por todas partes, en cada ruido, en cada chispa, en cada rostro. Protectora, la noche envuelve a todos con su manto, mientras el mar los arrulla. Una tranquila completud, una belleza y armonía sin par envuelve a los navegantes, que se saben llegados a destino, y olvidan sus penas. Pronto habrá que partir, pero no importa. La Costa de Flores es puro presente.
Claro que lo difícil sigue siendo arribar a la Costa Árida, donde el viento sigue soplando fuerte, no importándole otra cosa que su propio ritmo. Tal vez sea necesario llevarle algunas flores de la otra costa, arrojarlas al mar, sacrificarlas a la arena y la sal, germinarlas con las algas, decirle a las rocas que se puede ser protector sin ser agresivo. Tal vez sea necesario que los marineros respeten el particular ritmo de la Costa Árida, y clamen y hagan la danza del calor y de la luz para volverla su amiga y poder arribar a ella. Tal vez no haya que forzar las rocas y luchar contra el viento, sino simplemente saber dónde pisar y dejarse volar. Tal vez la Costa Árida pueda ser amiga de los navegantes que a ella llegan. Tal vez.
Algunos días, pocos, sobre todo en verano, la naturaleza se calma. Sale el sol, empieza a hacer calor, es posible ver el atardecer sobre los árboles. El mar se vuelve azul, las algas reposan en la arena, la sal se vuelve un recuerdo, los ríos desembocan en calma en el mar pacificado. El viento deviene una sutil brisa marina, la arena se vuelve amarilla y dorada, el cielo se despeja. Algunos paseantes se animan a alojarse en la playa, llevan reposeras, mates, comida, hay quien se anima a meterse en el mar que deviene tibio. Disfrutan y son felices, conscientes de la necesaria brevedad de este momento. Saben que imprevistamente, el viento puede volver a soplar, el cielo puede volver a rugir con truenos, el mar embravecerse, las rocas a saltar, la arena y la sal a volar, las algas a encallarse, y la lluvia volver a caer interminablemente. Comienza así una larga retirada, indefinida en su duración, hasta que la naturaleza vuelva a calmarse y ser hospitalaria.
Los navegantes saben que, una vez que han podido desembocar en Costa Árida, el camino ya está prácticamente hecho. Deben atravesar aún la dura playa; internarse en el frío bosque, donde los árboles sirven de refugio. Cruzar por estrechos pasos, riscos y desfiladeros las altas montañas, eternamente lejanas, constantemente frías. Divisar los lagos impenetrables, deificados, lontanos, siempre cristalinos, siempre burlándose de las miserias humanas. Bajar por las suaves laderas, llegar a las ciudades, atravesar sus inextricables callejuelas, soportar sus intrincados vericuetos, enterrarse en sus miserias e inmundicias. Tomar senderos tranquilos, caminar por los suaves pastos, morder los campos a traviesa, pisar el orégano, rodar por la suave tierra húmeda, inhalar verde, escuchar las campanadas de alguna iglesia lejana, comer tortillas de maíz hechas por manos de madres, bailar polkas por el camino. Cruzar el río cálido, dormir en sus anchas playas, ser arrullados por la cigarra, nadar lascivamente en el agua barrosa. Cruzar el bosquecito de cipreses, la roca vieja y calcárea.
Y ahí, saben los navegantes, llegan a la Costa de Flores. Una playa siempre sembrada con flores, templada a perpetuidad, donde los pájaros musitan en los frondosos árboles. Pérgolas con flores recorren la línea del mar, un mar tranquilo, azul y con espuma blanca, donde una leve brisa alcanza para despeinar el pelo a alguna mujer o para mecer suavemente alguna rama florida. Numerosas casitas se agolpan en los montes cercanos, con amplios balcones y miradores hacia la inconmensurable apertura del horizonte. Llega la noche, y sus luces se encienden. Como luciérnagas en el bosque, las casas iluminan a sus habitantes. Se ve el ir y venir de cuerpos que suben y bajan, vienen y van, se mojan y se secan, se cocinan y se comen, se aman y se pelean. Grupos de jóvenes llegan a la mansa playa con sus guitarras. Cantan baladas toda la noche, suavemente iluminados por las casas, perfumados por las flores. La vida rezuma por todas partes, en cada ruido, en cada chispa, en cada rostro. Protectora, la noche envuelve a todos con su manto, mientras el mar los arrulla. Una tranquila completud, una belleza y armonía sin par envuelve a los navegantes, que se saben llegados a destino, y olvidan sus penas. Pronto habrá que partir, pero no importa. La Costa de Flores es puro presente.
Claro que lo difícil sigue siendo arribar a la Costa Árida, donde el viento sigue soplando fuerte, no importándole otra cosa que su propio ritmo. Tal vez sea necesario llevarle algunas flores de la otra costa, arrojarlas al mar, sacrificarlas a la arena y la sal, germinarlas con las algas, decirle a las rocas que se puede ser protector sin ser agresivo. Tal vez sea necesario que los marineros respeten el particular ritmo de la Costa Árida, y clamen y hagan la danza del calor y de la luz para volverla su amiga y poder arribar a ella. Tal vez no haya que forzar las rocas y luchar contra el viento, sino simplemente saber dónde pisar y dejarse volar. Tal vez la Costa Árida pueda ser amiga de los navegantes que a ella llegan. Tal vez.
lunes, 27 de febrero de 2012
Baudelaire volvé, te perdonamos, o Elefante en un bazar
Hace unos 150 años, el poeta Baudelaire era el escándalo de su sociedad burguesa y acomodaticia. Putañero, de pésimo carácter, provocador (siendo un poeta maldito se atrevió a postularse como Presidente de una asociación de literatos, obligando a la misma a condenarlo expresamente), amante de los bajos fondos, los prostíbulos, los cadáveres, la muerte. Terminó enjuiciado y pobre; la censura se extendió también a su editor, quien debió fundirse por haberse atrevido a publicar las obras de ese degenerado.
Unos años antes, Marx criticaba a los diputados de izquierda de la Asamblea surgida al calor de la revolución alemana de 1848, por ser tibios, o fríos, en sus discursos contra el carácter marcadamente antipopular que iba adquiriendo dicha Asamblea. "Dado el carácter antirrevolucionario de la Asamblea, los diputados de izquierda no deberían invitar a la Asamblea a emitir un comunicado favorable a la revolución, sino más bien, obligarla a que se exprese abiertamente en contra". "Los diputados de izquierda evitan ir al grano; temen herir, escandalizar, levantar susceptibilidades...".
Ahora estamos en el 2012. Existen Facebook, para los bienintencionados, y Twitter, para los malintencionados. Lugar de la pura bondad uno, donde se suben fotos del asado del último sábado con Pipi, Melu, Cacho y Chiqui. Lugar de la pura maldad el otro, donde se puede bromear con cualquier cosa, salir impune y hasta ganarse RT, RT. Pero no es lo central esto. Bondad y maldad son solo dos caras de la misma moneda; lo que destila en esas redes sociales (y en otras) son importantes retazos de la subjetividad de cada cual. Gustos, antigustos, militancias, amistades, amores, inquinas, artes. Y sobre todo: miedos y deseos. Expresados consciente o inconscientemente, las redes sociales devienen en una gran vidriera freudiana donde todos somos analistas y analizandos a la vez.
"Gabu, estás re liberado, qué bueno verte así". La típica amiga treintañera que le dice al típico treintañero puto (no quiero decir gay, hoy no quiero quedar bien con nadie, ni siquiera con mis propios principios), fascinada (y horrorizada a la vez) por haber visto una foto del individuo simplemente caminando por la Marcha del Orgullo Gay. Caminando. Sin hacer más nada que eso. Si eso es la liberación, lo que debe ser una foto del individuo cogiendo. La anarquía. El horror. Anoqueatró, dicen los chilenos ("ah no, qué atroz" de este lado de los Andes). Gabu, quien salvo ser puto se amolda perfectamente a las exigencias y modelaciones de este sistema, agradece el cumplido. Es exitoso y libre a la vez. Su pequeña revolución le salió bien. Precisamente por no ser tal, pero él no lo sabe. Él esta liberado, ¿entienden? ¿De qué? ¿Quién lo oprimía? ¿Cómo se liberó? ¿Puede su libertad ayudar a la de otros? Demasiadas preguntas para Gabu, quien presiente que contestarlas le demandará un esfuerzo intelectual muy superior, y sobre todo, desmitificador. Meterse a combatir opresiones e imaginarios sociales.... no, qué aburrido. Nene, dejá de hacer preguntas, y mejor chupásela, eso, dale que lo hacés muy bien. Así su amiga (que evidentemente hace mucho que no lo ve... sino sabría que hace 20 años que se liberó) puede reírse nerviosa, sentir gozo y envidia a la vez, y postear alguna boludez por el estilo que vuelva a reiniciar el círculo.
"Necesito bibliografía para rendir un examen". Un pedido inadecuado para hacer por Facebook, pero bueno, alguien capaz pica el anzuelo. Pican varios. Se suscitan discusiones sobre los temas, sobre las obras, hay acuerdos, desacuerdos parciales, se habilitan otros intercambios. Excepto, claro, con el videoclip que solícitamente alguien aporta como bibliografía. Videoclip. Bibliografía. Videoclip. Bibliografía. Que hay que salirse del paradigma escritural, es claro, no hace falta más sostener el imaginario de rollos de papiro inconmensurables. Pero un videoclip. De una canción de pop. Sí, es cierto, guarda relación con el tema, desde un punto de vista formal y estético. Incluso que hasta político. ¿Pero qué hago con el videoclip, salvo darle me gusta, o compartirlo? ¿Pongo el link en el trabajo, para que el examinador acceda a él y disfrute de cuatro minutos de lo que se supone que es buena música? ¿Lo uso en una presentación oral, corto el hilo discursivo, y digo: "y esto lo ejemplifica", y me pongo a bailar y a hacer una coreo en la sala de examen? ¿Puteo mentalmente al que me lo manda? ¿Le agradezco? ¿Dejo la carrera? ¿Lo hablo en mi terapia?
"Keep moving, keep moving". Lo que parece una orden militar (gringa, además) resulta ser el consolador "avanti morocha" cipayesco, que una existencia que hasta ahora no encontró su felicidad se propina a sí misma para animarse a seguir intentándolo. ¿Cadena de Coriat? ¿El movimiento irrefrenable como metáfora del capitalismo salvaje? ¿Movimiento indefinido, desbocado? ¿Aceleración como sinónimo del capitalismo más irracional? ¿Baile hueco de Tinelli? ¿Figuras desprovistas de sentido? Está todo bien con keeping moving el cuerpo, pero si la cabeza no lo acompaña, vas a terminar decapitado. Porque como dijo un boxeador (mejor dicho, su personaje traducido a serie de TV; yo también soy un espurio en las fuentes que cito) "el cerebro es un músculo, y también hay que entrenarlo". "El corazón también", me podría responder algún bienintencionado de esos que alimentan palomas en la plaza o aporta $2 de su combo a la casa de Ronald MacDonald, que de paso lava capitales y conciencias. Sí, el corazón también. Yo lo ejercito siendo auténtico. Otra opción, claro, es poner "Gabu estás re liberado". Opciones. Nada más que eso.
"No te asustes si un día te borro de acá, lo que pasa es que tu viejo me dejó, está feliz con otra, y eso me pone mal, y te veo a vos y un poco me recuerda a él. Pero la mejor con vos". Después de leer algo así como esta declaración de privacidad, lo primero que experimenté fue un terrible cansancio. Por ende, la necesidad de irme a la cama, taparme muy bien, ver la lluvia caer por la ventana, y tener alguien (sí, pareja con amor y sexo, no me refería a un perro Beagle ni al Espíritu hegeliano) que me arropara, me abrazara, me acariciara la cabeza (la de arriba) y, si no fuera mucho pedir, me trajese un chocolate caliente. Pero analicemos el enunciado: "No te asustes si un día te borro de acá, lo que pasa es que tu viejo me dejó, está feliz con otra, y eso me pone mal, y te veo a vos y un poco me recuerda a él. Pero la mejor con vos". En primer lugar, no me asusta que me borres. Más allá de que nunca te hablo, simplemente me limito a responderte cuando me preguntás. Lo que me asusta es que hayas caído tan bajo para hacer semejante declaración. "Esto no es una propuesta, es una provocación", clama cierta izquierda, y no le falta razón. Lo mismo acá. ¿Qué se supone que haga? ¿Rogarte que no me borres? ¿Pedirte que no me compares con mi viejo? ¿Consolarte porque te dejó? ¿Criticarlo? ¿Negarte que está feliz? ¿Contarte chismerío de la nueva pareja? ¿Borrarte yo antes? ¿Presentarte a un amigo como pareja? ¿Interceder ante mi viejo en tu favor? ¿Sellar una alianza táctico-ofensiva con vos? ¿Darte la dirección de un lugar donde se compran vidas? (Esta última es buena, pero no tengo ninguna dirección.... si alguien sabe, plis... no, videoclips no, gracias. Solo una dirección). ¿Se puede ser tan auténticamente inauténtico? "Pero es lo que siente", diría un bienintencionado (Ronald, tenés más donaciones). OK, se siente dolida, es lógico después de todo. Celebro eso. ¿Pero realmente siente que yo le hago acordar a él? Y en ese caso, ¿está todo mal con él, pero conmigo está todo bien, aunque somos iguales ya que le hago acordar? Lógica, ¿estás? Necesitamos que vengas a resolver una cuestión. "Pero bueno, es sincera" (Ronald, estás a full). Híper sincera. Menos consigo misma, híper sincera. "Es fiel a sí misma" (Ronaaaaaaaaaaaaaaaald). No, creeme que no. Si lo fuera, no caería tan bajo diciendo eso y denigrándose así. ¿La borro? Hmmm.... por ahora no, al menos no me hace acordar a nadie.
"¿Te llevás bien con tu mamá? ¿A qué parte de Argentina te fuiste de vacaciones? ¿Es lindo el lugar? ¿Estás parando en un hostal? ¿Fuiste solo o con amigos? ¿Es caro vivir en Buenos Aires?" Wow wow wow, wait, wait. Demasiadas preguntas para un ex amor de verano de hace dos años, que vive a 5000 km de distancia. ¿No te parece? A ver si nos entendemos, darling. Estoy DE VACACIONES. Trabajo de responder preguntas; en vacaciones, me gustaría no. ¿A qué viene además el cotorreo? ¿Conocés algo en Argentina además de Buenos Aires? (Y dentro de ella, Palermo, Recoleta y el centro) ¿Te suena San Martín de los Andes? No, ¿no? ¿Te cambia mucho la vida si duermo en carpa o hostel? ¿Tenés algún tipo de prejuicio con la gente que viaja sola? (De hecho, te conocí viajando solo). ¿Tenés celos de mis amigos, o de alguien más que pueda conocer? El interrogatorio ahora deviene un monólogo sobre su propia vida. "Cambié de trabajo/me mudé/vino mi madre a visitarme unos días (obvio, si vive de rentas)/estoy muy emocionado por mi amiga que se casa en Italia". Al menos que te invite, sería más emocionante, ¿no? Me consta que dinero no les hace falta, podría tranquilamente invitar a la fiesta a un par, y uds. garparse el viaje con vuestros salarios y rentas familiares tan buenos. Digo, como presumías que eras de clase alta... ¿Cuánto costará un vuelo Quito-Roma, terciando en Madrid? No puede ser mucho más caro que el viaje a EEUU que de tanto en tanto hacés, ¿no? Perdón, claro, estábamos hablando de la emoción. Snif snif. Qué ternura. Casarse en la misma ciudad donde es Papa un nazi. Que por supuesto es homofóbico. Te odia, ¿sabías? Quiere tu muerte. Piensa que el HIV es castigo es justo. Habla de abstinencia sexual (uy, ahora me doy cuenta que con tu manía de las relaciones a distancia le hacés caso). ¿Emoción? ¿Casamiento por Iglesia, a 10000 km de tu lugar de residencia? ¿Contármelo a mí, que estoy a orillas de un lago? ¿Indirecta? ¿Vacío existencial? ¿Llenar el tiempo? ¿Consumir datos a través del celu? ¿Viste algún signo de pregunta de mi parte? ¿Te pregunté algo? ¿Me interesa? ¿Te lo demuestro?
"Amo Glee, me siento identificado". Sí, con el adolescente gay, se sobreentiende. Sufrido personaje, supongo (no vi ni pienso ver Glee). ¿Quién no? No es fàcil ser gay en la adolescencia (volví a decir "gay", se ve que me estoy calmando). De ahí a "identificarme" (a los 25 años) con alguien que habla en otro idioma, vive en otra cultura (duro decirle "cultura" eh... Ronald está un poco indigesto), tiene otras prácticas, y sobre todo, canta, coopta músicas foráneas, nos las empaqueta al tiempo que nos vende cultura yanqui e imperialista, y de paso nos enseña inglés (come on, darling, ningún yanqui habla ese inglés tan prístino y audible... los métodos de enseñanza cambian, pero los chotos ni siquiera nos lo avisan). Yo de adolescente no hacía eso. A menos que en algún remoto lugar de Jordania, ponele, algún personaje de los que yo componía en teatro haya hecho furor (y entonces me están cagando derechos de autor. Voy a ir a SADAIC, que defiende a los artistas. Hola, Ronald). Ah, Freud, mi buen Sigmundo, la identificación ya no es lo que era.
"Tengo una nariz horrible, ganchuda". Decímelo cuando estemos desnudos abrazándonos en la cama. Así te puedo ver mejor, como el lobo. Ay, tenés razón. Horrible, cierto. Mirá vos, y yo ni cuenta me daba. Claro, tan abstraído con tus ojos, con tu conversación, con mi necesidad de estar con alguien. Qué gil, ¿cómo pude no darme cuenta de tu HORRIBLE nariz? ¿Me lo decís como advertencia? Te hago caso, no estoy más con vos. ¿Por qué habría de querer a alguien que no se quiere a sí mismo? Además, si hay algo que no me cabe, son las narices ganchudas. Perdón, es mi lado frívolo. Si quieren puedo probar de identificarme con Glee, a ver si es más simpático. Ponele.
"No fumo, no me drogo, no tomo alcohol, no me hago drama ni me interesan los chanchullos de los demás, nunca soy pasivo". Evidentemente, he venido a tomar un trago con el Límite en persona. Y eso que matemáticamente era imposible alcanzarlo. No, no, no. ¿Me quejo de alguna boludez que escuché por ahí? No te hagas drama, no des bola. Nunca des bola. ¿Querés tomar un trago? No tomo alcohol, era la condición de mis viejos para poder salir. (28 años!!!!!). ¿Saliste con alguien, alguna relación larga, algo así? Salí hace poco dos meses con un pibe. (No te pregunté a quién te cogiste último, sino si tuviste parejas estables. A menos que lo que me contestaste sea lo único. Caso en el que me acuerdo que mañana laburo y debo despertarme temprano). La cosa, claramente, termina naufragando por exceso de limitaciones. Por suerte yo hago terapia y vos hacés reiki (¡!), así que podemos digerirlo y hacer de cuenta que nunca hablamos. "Nunca", una palabra que evidentemente te sienta perfecto.
"Al que le quepa el sayo, que se lo ponga".
Bazar: lugar de venta al por mayor de productos baratos, industriales, chucherías, artificiales, medio pelo, clásicos, vulgares, sin originalidad, masivos, indiferenciados. Un elefante en él: metáfora vital del absurdo, el hastío, el encierro, la soledad, el desborde de la autenticidad, e impulso destructor de la opresión de lo cotidiano y masificado. Baudelaire, Marx, elefante: los necesito, vengan. Al menos traiganme un chocolate caliente. No, Ronald, no quiero un frapuccino. Quiero a Baudelaire, Marx y el elefante.
Unos años antes, Marx criticaba a los diputados de izquierda de la Asamblea surgida al calor de la revolución alemana de 1848, por ser tibios, o fríos, en sus discursos contra el carácter marcadamente antipopular que iba adquiriendo dicha Asamblea. "Dado el carácter antirrevolucionario de la Asamblea, los diputados de izquierda no deberían invitar a la Asamblea a emitir un comunicado favorable a la revolución, sino más bien, obligarla a que se exprese abiertamente en contra". "Los diputados de izquierda evitan ir al grano; temen herir, escandalizar, levantar susceptibilidades...".
Ahora estamos en el 2012. Existen Facebook, para los bienintencionados, y Twitter, para los malintencionados. Lugar de la pura bondad uno, donde se suben fotos del asado del último sábado con Pipi, Melu, Cacho y Chiqui. Lugar de la pura maldad el otro, donde se puede bromear con cualquier cosa, salir impune y hasta ganarse RT, RT. Pero no es lo central esto. Bondad y maldad son solo dos caras de la misma moneda; lo que destila en esas redes sociales (y en otras) son importantes retazos de la subjetividad de cada cual. Gustos, antigustos, militancias, amistades, amores, inquinas, artes. Y sobre todo: miedos y deseos. Expresados consciente o inconscientemente, las redes sociales devienen en una gran vidriera freudiana donde todos somos analistas y analizandos a la vez.
"Gabu, estás re liberado, qué bueno verte así". La típica amiga treintañera que le dice al típico treintañero puto (no quiero decir gay, hoy no quiero quedar bien con nadie, ni siquiera con mis propios principios), fascinada (y horrorizada a la vez) por haber visto una foto del individuo simplemente caminando por la Marcha del Orgullo Gay. Caminando. Sin hacer más nada que eso. Si eso es la liberación, lo que debe ser una foto del individuo cogiendo. La anarquía. El horror. Anoqueatró, dicen los chilenos ("ah no, qué atroz" de este lado de los Andes). Gabu, quien salvo ser puto se amolda perfectamente a las exigencias y modelaciones de este sistema, agradece el cumplido. Es exitoso y libre a la vez. Su pequeña revolución le salió bien. Precisamente por no ser tal, pero él no lo sabe. Él esta liberado, ¿entienden? ¿De qué? ¿Quién lo oprimía? ¿Cómo se liberó? ¿Puede su libertad ayudar a la de otros? Demasiadas preguntas para Gabu, quien presiente que contestarlas le demandará un esfuerzo intelectual muy superior, y sobre todo, desmitificador. Meterse a combatir opresiones e imaginarios sociales.... no, qué aburrido. Nene, dejá de hacer preguntas, y mejor chupásela, eso, dale que lo hacés muy bien. Así su amiga (que evidentemente hace mucho que no lo ve... sino sabría que hace 20 años que se liberó) puede reírse nerviosa, sentir gozo y envidia a la vez, y postear alguna boludez por el estilo que vuelva a reiniciar el círculo.
"Necesito bibliografía para rendir un examen". Un pedido inadecuado para hacer por Facebook, pero bueno, alguien capaz pica el anzuelo. Pican varios. Se suscitan discusiones sobre los temas, sobre las obras, hay acuerdos, desacuerdos parciales, se habilitan otros intercambios. Excepto, claro, con el videoclip que solícitamente alguien aporta como bibliografía. Videoclip. Bibliografía. Videoclip. Bibliografía. Que hay que salirse del paradigma escritural, es claro, no hace falta más sostener el imaginario de rollos de papiro inconmensurables. Pero un videoclip. De una canción de pop. Sí, es cierto, guarda relación con el tema, desde un punto de vista formal y estético. Incluso que hasta político. ¿Pero qué hago con el videoclip, salvo darle me gusta, o compartirlo? ¿Pongo el link en el trabajo, para que el examinador acceda a él y disfrute de cuatro minutos de lo que se supone que es buena música? ¿Lo uso en una presentación oral, corto el hilo discursivo, y digo: "y esto lo ejemplifica", y me pongo a bailar y a hacer una coreo en la sala de examen? ¿Puteo mentalmente al que me lo manda? ¿Le agradezco? ¿Dejo la carrera? ¿Lo hablo en mi terapia?
"Keep moving, keep moving". Lo que parece una orden militar (gringa, además) resulta ser el consolador "avanti morocha" cipayesco, que una existencia que hasta ahora no encontró su felicidad se propina a sí misma para animarse a seguir intentándolo. ¿Cadena de Coriat? ¿El movimiento irrefrenable como metáfora del capitalismo salvaje? ¿Movimiento indefinido, desbocado? ¿Aceleración como sinónimo del capitalismo más irracional? ¿Baile hueco de Tinelli? ¿Figuras desprovistas de sentido? Está todo bien con keeping moving el cuerpo, pero si la cabeza no lo acompaña, vas a terminar decapitado. Porque como dijo un boxeador (mejor dicho, su personaje traducido a serie de TV; yo también soy un espurio en las fuentes que cito) "el cerebro es un músculo, y también hay que entrenarlo". "El corazón también", me podría responder algún bienintencionado de esos que alimentan palomas en la plaza o aporta $2 de su combo a la casa de Ronald MacDonald, que de paso lava capitales y conciencias. Sí, el corazón también. Yo lo ejercito siendo auténtico. Otra opción, claro, es poner "Gabu estás re liberado". Opciones. Nada más que eso.
"No te asustes si un día te borro de acá, lo que pasa es que tu viejo me dejó, está feliz con otra, y eso me pone mal, y te veo a vos y un poco me recuerda a él. Pero la mejor con vos". Después de leer algo así como esta declaración de privacidad, lo primero que experimenté fue un terrible cansancio. Por ende, la necesidad de irme a la cama, taparme muy bien, ver la lluvia caer por la ventana, y tener alguien (sí, pareja con amor y sexo, no me refería a un perro Beagle ni al Espíritu hegeliano) que me arropara, me abrazara, me acariciara la cabeza (la de arriba) y, si no fuera mucho pedir, me trajese un chocolate caliente. Pero analicemos el enunciado: "No te asustes si un día te borro de acá, lo que pasa es que tu viejo me dejó, está feliz con otra, y eso me pone mal, y te veo a vos y un poco me recuerda a él. Pero la mejor con vos". En primer lugar, no me asusta que me borres. Más allá de que nunca te hablo, simplemente me limito a responderte cuando me preguntás. Lo que me asusta es que hayas caído tan bajo para hacer semejante declaración. "Esto no es una propuesta, es una provocación", clama cierta izquierda, y no le falta razón. Lo mismo acá. ¿Qué se supone que haga? ¿Rogarte que no me borres? ¿Pedirte que no me compares con mi viejo? ¿Consolarte porque te dejó? ¿Criticarlo? ¿Negarte que está feliz? ¿Contarte chismerío de la nueva pareja? ¿Borrarte yo antes? ¿Presentarte a un amigo como pareja? ¿Interceder ante mi viejo en tu favor? ¿Sellar una alianza táctico-ofensiva con vos? ¿Darte la dirección de un lugar donde se compran vidas? (Esta última es buena, pero no tengo ninguna dirección.... si alguien sabe, plis... no, videoclips no, gracias. Solo una dirección). ¿Se puede ser tan auténticamente inauténtico? "Pero es lo que siente", diría un bienintencionado (Ronald, tenés más donaciones). OK, se siente dolida, es lógico después de todo. Celebro eso. ¿Pero realmente siente que yo le hago acordar a él? Y en ese caso, ¿está todo mal con él, pero conmigo está todo bien, aunque somos iguales ya que le hago acordar? Lógica, ¿estás? Necesitamos que vengas a resolver una cuestión. "Pero bueno, es sincera" (Ronald, estás a full). Híper sincera. Menos consigo misma, híper sincera. "Es fiel a sí misma" (Ronaaaaaaaaaaaaaaaald). No, creeme que no. Si lo fuera, no caería tan bajo diciendo eso y denigrándose así. ¿La borro? Hmmm.... por ahora no, al menos no me hace acordar a nadie.
"¿Te llevás bien con tu mamá? ¿A qué parte de Argentina te fuiste de vacaciones? ¿Es lindo el lugar? ¿Estás parando en un hostal? ¿Fuiste solo o con amigos? ¿Es caro vivir en Buenos Aires?" Wow wow wow, wait, wait. Demasiadas preguntas para un ex amor de verano de hace dos años, que vive a 5000 km de distancia. ¿No te parece? A ver si nos entendemos, darling. Estoy DE VACACIONES. Trabajo de responder preguntas; en vacaciones, me gustaría no. ¿A qué viene además el cotorreo? ¿Conocés algo en Argentina además de Buenos Aires? (Y dentro de ella, Palermo, Recoleta y el centro) ¿Te suena San Martín de los Andes? No, ¿no? ¿Te cambia mucho la vida si duermo en carpa o hostel? ¿Tenés algún tipo de prejuicio con la gente que viaja sola? (De hecho, te conocí viajando solo). ¿Tenés celos de mis amigos, o de alguien más que pueda conocer? El interrogatorio ahora deviene un monólogo sobre su propia vida. "Cambié de trabajo/me mudé/vino mi madre a visitarme unos días (obvio, si vive de rentas)/estoy muy emocionado por mi amiga que se casa en Italia". Al menos que te invite, sería más emocionante, ¿no? Me consta que dinero no les hace falta, podría tranquilamente invitar a la fiesta a un par, y uds. garparse el viaje con vuestros salarios y rentas familiares tan buenos. Digo, como presumías que eras de clase alta... ¿Cuánto costará un vuelo Quito-Roma, terciando en Madrid? No puede ser mucho más caro que el viaje a EEUU que de tanto en tanto hacés, ¿no? Perdón, claro, estábamos hablando de la emoción. Snif snif. Qué ternura. Casarse en la misma ciudad donde es Papa un nazi. Que por supuesto es homofóbico. Te odia, ¿sabías? Quiere tu muerte. Piensa que el HIV es castigo es justo. Habla de abstinencia sexual (uy, ahora me doy cuenta que con tu manía de las relaciones a distancia le hacés caso). ¿Emoción? ¿Casamiento por Iglesia, a 10000 km de tu lugar de residencia? ¿Contármelo a mí, que estoy a orillas de un lago? ¿Indirecta? ¿Vacío existencial? ¿Llenar el tiempo? ¿Consumir datos a través del celu? ¿Viste algún signo de pregunta de mi parte? ¿Te pregunté algo? ¿Me interesa? ¿Te lo demuestro?
"Amo Glee, me siento identificado". Sí, con el adolescente gay, se sobreentiende. Sufrido personaje, supongo (no vi ni pienso ver Glee). ¿Quién no? No es fàcil ser gay en la adolescencia (volví a decir "gay", se ve que me estoy calmando). De ahí a "identificarme" (a los 25 años) con alguien que habla en otro idioma, vive en otra cultura (duro decirle "cultura" eh... Ronald está un poco indigesto), tiene otras prácticas, y sobre todo, canta, coopta músicas foráneas, nos las empaqueta al tiempo que nos vende cultura yanqui e imperialista, y de paso nos enseña inglés (come on, darling, ningún yanqui habla ese inglés tan prístino y audible... los métodos de enseñanza cambian, pero los chotos ni siquiera nos lo avisan). Yo de adolescente no hacía eso. A menos que en algún remoto lugar de Jordania, ponele, algún personaje de los que yo componía en teatro haya hecho furor (y entonces me están cagando derechos de autor. Voy a ir a SADAIC, que defiende a los artistas. Hola, Ronald). Ah, Freud, mi buen Sigmundo, la identificación ya no es lo que era.
"Tengo una nariz horrible, ganchuda". Decímelo cuando estemos desnudos abrazándonos en la cama. Así te puedo ver mejor, como el lobo. Ay, tenés razón. Horrible, cierto. Mirá vos, y yo ni cuenta me daba. Claro, tan abstraído con tus ojos, con tu conversación, con mi necesidad de estar con alguien. Qué gil, ¿cómo pude no darme cuenta de tu HORRIBLE nariz? ¿Me lo decís como advertencia? Te hago caso, no estoy más con vos. ¿Por qué habría de querer a alguien que no se quiere a sí mismo? Además, si hay algo que no me cabe, son las narices ganchudas. Perdón, es mi lado frívolo. Si quieren puedo probar de identificarme con Glee, a ver si es más simpático. Ponele.
"No fumo, no me drogo, no tomo alcohol, no me hago drama ni me interesan los chanchullos de los demás, nunca soy pasivo". Evidentemente, he venido a tomar un trago con el Límite en persona. Y eso que matemáticamente era imposible alcanzarlo. No, no, no. ¿Me quejo de alguna boludez que escuché por ahí? No te hagas drama, no des bola. Nunca des bola. ¿Querés tomar un trago? No tomo alcohol, era la condición de mis viejos para poder salir. (28 años!!!!!). ¿Saliste con alguien, alguna relación larga, algo así? Salí hace poco dos meses con un pibe. (No te pregunté a quién te cogiste último, sino si tuviste parejas estables. A menos que lo que me contestaste sea lo único. Caso en el que me acuerdo que mañana laburo y debo despertarme temprano). La cosa, claramente, termina naufragando por exceso de limitaciones. Por suerte yo hago terapia y vos hacés reiki (¡!), así que podemos digerirlo y hacer de cuenta que nunca hablamos. "Nunca", una palabra que evidentemente te sienta perfecto.
"Al que le quepa el sayo, que se lo ponga".
Bazar: lugar de venta al por mayor de productos baratos, industriales, chucherías, artificiales, medio pelo, clásicos, vulgares, sin originalidad, masivos, indiferenciados. Un elefante en él: metáfora vital del absurdo, el hastío, el encierro, la soledad, el desborde de la autenticidad, e impulso destructor de la opresión de lo cotidiano y masificado. Baudelaire, Marx, elefante: los necesito, vengan. Al menos traiganme un chocolate caliente. No, Ronald, no quiero un frapuccino. Quiero a Baudelaire, Marx y el elefante.
jueves, 2 de febrero de 2012
El amor en tiempos de tubos de escape
Petrificados frente a lo que parece ser un piquete interminable, los dos colectivos permanecen juntos, sin poder separarse. Los colores rojo y verde, respectivamente, se combinan con el amarillo del sol y el gris del cemento. Suenan bocinazos, bombos, aplausos, silbidos, puteadas. El grupo de manifestantes ha cortado la avenida y el tránsito queda detenido por más de media hora. Los pasajeros se bajan y cruzan a pie. Cada cual en su unidad, Alberto y Jorge se desesperan pacientemente. No sólo han perdido ya su recreo entre cada vuelta, sino que además su trabajo mismo ha quedado desnaturalizado: sin pasajeros, a qué arrear un coche fantasma.... Como la situación se vuelve insostenible del tedio, y haciendo de cuenta que se trata de colectivos de la misma línea, abren sus puertas y se ponen a intercambiar impresiones.
-¿Te quedan muchas vueltas?
-Una después de esta, ¿vos?
-Dos.
-Claro, porque ustedes terminan antes, en Banfield. Nosotros vamos a Adrogué.
-Sí, el sábado a mediodía...
La conversación prosigue rápidamente, casi sin pausas. En cierto momento, Jorge percibe algo extraño: demasiado silencio. Mira instintivamente hacia adelante, y ve que la calzada ha quedado liberada. Los manifestantes, parcialmente cumplidos sus reclamos, se están retirando. La Policía hace gestos impacientes para descomprimir el atasco. Los bocinazos arrecian. Hay que arrancar.
-Chau, nos vemos- dice Alberto, maniobrando el volante.
-Sí, nos vemos- responde Jorge, con una extraña sensación de angustia. No es una mera formalidad ese saludo. Pone primera y arranca.
Hace un calor aplastante ese jueves por la tarde en Ciudad Universitaria. El enero ha convertido a los playones en un virtual desierto. Solo dos pasajeros, sin esperanza de que un coche salga rápido, esperan en la parada. Son las 16:17. El encargado de la línea roja, adiestrado ya naturalmente al horario, asoma la cabeza por el puesto. El micro debería haber salido 16:15. No importa, igual no hay nadie... Jorge está limpiando con una contagiosa sonrisa el coche en el que venía; pasa la escoba, abre las ventanas, revisa los asientos. Son las 16:21. El encargado vuelve a asomarse, esta vez con fastidio. No dice, nada; él y el otro conductor que espera miran a Jorge. Este, abstraído en su pasión limpiadora, sube al coche que ha de manejar, y se pone a repasarlo con la escoba.
-¿Pensás salir, vos?- espeta el encargado.
-Ah, sí, sí...- Jorge responde entre sorprendido y asustado. Enciende el motor, abre la puerta, hace señas a los pasajeros. El micro arranca, finalmente, a las 16:24. El encargado y el otro chofer se miran.
Ninguno de los dos pasajeros tiene prisa. Sin embargo, el más joven de ellos, nota que el colectivo se mueve a una velocidad inusualmente baja. Definitivamente, esta no es una velocidad para andar en autopista. La sospecha se confirma cuando ve pasar a varios camiones por la derecha. Si un camión te pasa, algo estás haciendo mal; esa regla, grabada a fuego en el inconsciente colectivo, confirma las sospechas del pasajero. Ve que un colectivo verde sigue al rojo. Va más rápido, pero el rojo logra interponerse y mantener la delantera. Así cruzarán los bosques de Palermo, en una danza absurda. Finalmente, en una avenida, el verde acelera y pasa al rojo. Jorge mira a la derecha, y se lleva una dura sorpresa. Pegado a la puerta, y tapándole la visual del otro conductor, un joven lo mira, se ríe y le hace un gesto obsceno con la mano. Gesto que también advierte el pasajero, quien no puede evitar una risa. El coche verde, tras haber perpetrado la grosería, acelera y se pierde de vista. Jorge se siente herido en su orgullo, acelera justo a la entrada de la ciudad, comienza a apurar a los pasajeros para que suban. Llega a pasar un semáforo en rojo. "Justo ahora se viene a apurar...", piensa el pasajero. Agarra su celular y postea algo al respecto.
Viernes a la noche en Lomas de Zamora. Jorge y Alberto han coincidido y terminado dos servicios cortos en la estación. La casualidad es bienvenida.
-¿Qué hacés ahora?- pregunta Alberto, siempre jovial. Claramente, es una invitación.
-Nada. Mi novia hoy sale con las amigas del laburo...
-¿Vamos a tomar algo acá a la vuelta?
La propuesta es aceptada. El bar, como todo lugar de paso, es un desfile de parroquianos, generalmente hombres. Circula la cerveza, la hamburguesa y el choripan. Cuatro amigos juegan al truco. Otros dos, a los dados. Un travesti entra y pregunta la hora, recibiendo una silbatina. Algunas parejas pasan veloces, ella se pide un agua y una empanada, él una hamburguesa, y rápido se van.
-¿Vivís solo?- pregunta Alberto. La pregunta pone a Jorge inesperadamente cabizbajo. Si tan solo él pudiera preguntar con esa facilidad... "las cosas me importan demasiado", piensa frecuentemente.
-Con mi novia. Salimos hace tres años, convivimos desde el año pasado...
-¿Y hace mucho que trabajás en la línea?
-Dos años. Antes era cadete...
-Claro, sos pichón.
-¿Vos hace mucho que trabajás en la...?- responde preguntando Jorge. Los diálogos con Alberto lo desorientan. Hay un charme, una naturalidad que sólo allí es posible... y tan peligrosa... y la diferencia de edad... ¿cuántos años tenía Alberto?... y...
-Siete en esta. Antes estaba en la...
-Claro, tenés experiencia. - Jorge cada vez está peor. Todo lo que dice se le antoja peligroso, insinuante, ridículo. ¿Qué le pasa? ¿No era la joven promesa de su línea? ¿Al que le advertían que manejara más lento? Ahora lo pasan los camiones en la autopista...
Las cervezas circulan en el bar. Son las dos de la mañana. A la sexta cerveza, Jorge y Alberto ya ni hablan. La cumbia sigue sonando a todo trapo, pero da igual.
-¿Vamos?- pregunta Alberto, sacando una billetera del bolsillo. Jorge siente un dejo adrenalínico en el cuerpo. Casi ve el abismo abrirse ante sus ojos. Intenta llamar a su novia Luciana, pero no puede. No encuentra el celular, ella además debe estar en el boliche... no va a escuchar. Nunca escucha el teléfono. Jorge de pronto necesita a Luciana desesperadamente, y a la vez, empieza a odiarla. También a Alberto. Todo empieza a dar vueltas. ¿Qué carajo está pasando?
Salen a la calle. Comienzan a caminar al lado de la reja del tren. Alberto pone fraternalmente una mano en el hombro de Jorge. Eso parece al menos. Pero no es. El dique se desmorona irremediablemente.
-Yo...
-Pero...
-¿Te parece?
-Guarda el tren.
-No pasa a esta hora el tren.
-Pará.
-¿Paro?
-No sé. No. Sí.
La ligustrina soporta los dos cuerpos contra ella. Sorprendida por el inesperado espectáculo, no opone resistencia. Un bocinazo los pone en alerta, pero nada que ver, simplemente una mina cruzaba en rojo.
-Hay que ir de acá.
-Sí. ¿A dónde?
-No, yo... un telo- la palabra es hiriente para ambos oídos.
-¿Y dónde...?- la pregunta es estúpida. En cualquier parte hay. Y sobre todo cerca de las estaciones. Pero en este caso...
-¿Dejan pasar dos tipos?- nuevamente, una comprobación dura. Vista desde afuera, la situación es bizarra y digna de una peli de Chaplin. Pero desde adentro... ¿qué les importaba a ellos hacía tres meses si los telos admitían dos tipos? Si eran putos... ¿dónde cogían los putos? ¿Dónde estaban antes?
-En Capital, sí- recuerda Alberto la estrafalaria noticia de cinco años antes. El recordatorio lo excita y lo asusta a la vez. Capital...
-Tomémonos el bondi...
-No, ¿cómo? ¿Y si nos ven?
-Claro, cierto... - la cuestión carece de sentido. Nadie en esa línea los conoce. Ni tiene por qué saber a dónde van, ni a hacer qué. Pero el bondi no es solo un trabajo, es casi un altar y un segundo hogar. Mil mitologías se arremolinan en las cabezas de Jorge y Alberto.
-Tomemos taxi...- esto prácticamente es insultante. Ceder la iniciativa del volante a un tachero es lo menos para un colectivero. Y si el tachero se entera.... y si Luciana en realidad está bailando por Lomas, y sale a fumarse un pucho.... y si... y si... y si...
-A Pompeya, caballero. Sáenz y Alcorta- Alberto intenta imponer autoridad hombruna. El tachero ni le responde, también tiene sus propios quilombos...
Son las cinco y media de la mañana. La habitación huele a hormonas. El aire hace como que funciona. No saben cuándo vence el turno. Igual, ha sido demasiado esta noche...
-¿Y ahora?- por fin, Jorge se anima a hacer una pregunta relevante.
-Y... qué sé yo. Esto...
-Esto es una cagada- se desespera Jorge. La inmadurez y la inexperiencia lo pueden.
-No, Jorge. No es una cagada. Mirame. No es una cagada- Alberto lo sujeta fuerte. Los años no pasan en vano. Tiene un temple más formado... aunque tampoco sabe qué hacer con esto.
-Pero vos...
-¿Nunca le metiste los cuernos a Luciana?- la pregunta es cordial, casi cómplice.
-Una vez, pero...
-Y esto es lo mismo...- dice Alberto, pero se corta. La mentira es evidente. No es lo mismo. Si corneás a tu novia, se lo contás a tu amigo. ¿Pero y si la corneás con tu amigo? Y esto tampoco es un simple polvo, sin compromiso.
Jorge y Alberto se miran desnudos en la cama, en silencio. Deciden pasarse sus celulares. Salen rápido, antes de que amanezca.
La piña resuena fuerte en el bosque. Heridas, algunas hojas salen volando.
-¡Que la dejes!- grita fuera de sí Alberto- ¡Dejala! ¡No la querés más!
-¡¡¡Puto de mierda!!!- grita Jorge- ¡Lacra! ¡Dejame de joder! Por tu culpa, casi me rajan...
-¿Y a mí no? ¡Maricón de mierda! ¡Ocho años en la empresa, y vos... si fuiste vos el que...!
-¡Vos fuiste! ¡Yo estaba con Luciana! ¡Vos, que la ibas de pirata, y te la manducab...!
Otra piña impacta en la cara de Jorge, que cae casi KO al pasto. Una travesti, a punto de terminar su jornada en esa noche de invierno, mira, y se caga de risa. Si está para filmar... saca un pucho y lo prende. Jorge y Alberto son una curiosa mezcla de lujuria (los pantalones de Alberto tienen el cierre bajo, y perdió el cinturón entre los yuyos), de pelea matrimonial y de violencia. Nada es idílico.
-¡Trolo!- grita Alberto, y da una patada a Jorge.
Se produce un silencio. Un remis se lleva a la travesti. Empieza a soplar el viento. Hace menos de diez grados.
-¿Estás bien?- pregunta Alberto. ¿Qué otra cosa podría haber preguntado?
-¿Tenés un pañuelo?- dice Jorge.
-No, pero...- Alberto se quiere matar, literalmente. Esto se fue a la mierda. -Hay una estación de servicio ahí- dice, casi suplicante.
¿Cómo se pide perdón al ser amado? ¿Y cómo se es perdonado? ¿Pueden dos líneas de colectivos echar a trabajadores por ser... gays? ¿Qué es el INADI? Por esas casualidades malhadadas, en ambas líneas se sabía ya lo suyo. Ningún directivo había dicho nada. Pero el impacto era claro. Saludos muy distantes, charlas que no se daban más en los semáforos, jugarretas con los pasajeros...
-Tendrán que acostumbrarse- dijo consoladoramente Alberto. Jorge tenía un ojo en compota. Mejor, licencia médica. Que las aguas se acalmen un poco. Es difícil enojarse con alguien lastimado... El sol termina de salir e ilumina el bar de la estación de servicio. Una paz, ya definitiva, los invade a los dos.
-Vamos a casa- dice Alberto. No hacía falta, ya estaba sobreentendido.
Luciana se tomó sorprendentemente bien la separación de Jorge. En lugar de pedir explicaciones, decidió pedir diez días más de convivencia hasta encontrar un lugar para vivir. ¿Explicaciones para qué? Esto ya no funcionaba. Y no estaba segura de querer saber lo que de alguna forma ya sabía. Jorge sintió un repentino cariño cuando la vio empacando. Era buena mina. Capaz, algún día se podría enterar, y seguir siendo una amiga... Luciana le devolvió la sonrisa. Este viernes volvía a salir con las chicas.
"Tres ambientes, 60 metros, $500 de expensas, con cable, dueño directo...". Jorge y Alberto se sonríen. El departamento soñado. Los padres de Alberto ponían la garantía. "Mientras seas feliz..." había dicho la madre. En las empresas, las cosas habían mejorado también. Volvían los servicios cortos, los horarios diurnos, alguna que otra charla en el semáforo, los mates en la cabecera. Un compañero de Alberto hasta ofreció el auto para la mudanza.
-Que venga Jorge, también...- invitó tímidamente otro compañero de Alberto a un asado. Se cagaron de risa. Jugaron al truco, hablaron de minas, alguna pegunta medio pudorosa e indiscreta sobre la intimidad de la pareja se coló. Generaba curiosidad, pero ya no era tabú. Hasta sacaron una foto de un pico. ¿Y si otros se descubrían? La posibilidad generó una risotada, pero dejó a varios pensando. Mientras no te pase un tren por encima... quién sabe. ¿Por qué no?
-¿Te quedan muchas vueltas?
-Una después de esta, ¿vos?
-Dos.
-Claro, porque ustedes terminan antes, en Banfield. Nosotros vamos a Adrogué.
-Sí, el sábado a mediodía...
La conversación prosigue rápidamente, casi sin pausas. En cierto momento, Jorge percibe algo extraño: demasiado silencio. Mira instintivamente hacia adelante, y ve que la calzada ha quedado liberada. Los manifestantes, parcialmente cumplidos sus reclamos, se están retirando. La Policía hace gestos impacientes para descomprimir el atasco. Los bocinazos arrecian. Hay que arrancar.
-Chau, nos vemos- dice Alberto, maniobrando el volante.
-Sí, nos vemos- responde Jorge, con una extraña sensación de angustia. No es una mera formalidad ese saludo. Pone primera y arranca.
Hace un calor aplastante ese jueves por la tarde en Ciudad Universitaria. El enero ha convertido a los playones en un virtual desierto. Solo dos pasajeros, sin esperanza de que un coche salga rápido, esperan en la parada. Son las 16:17. El encargado de la línea roja, adiestrado ya naturalmente al horario, asoma la cabeza por el puesto. El micro debería haber salido 16:15. No importa, igual no hay nadie... Jorge está limpiando con una contagiosa sonrisa el coche en el que venía; pasa la escoba, abre las ventanas, revisa los asientos. Son las 16:21. El encargado vuelve a asomarse, esta vez con fastidio. No dice, nada; él y el otro conductor que espera miran a Jorge. Este, abstraído en su pasión limpiadora, sube al coche que ha de manejar, y se pone a repasarlo con la escoba.
-¿Pensás salir, vos?- espeta el encargado.
-Ah, sí, sí...- Jorge responde entre sorprendido y asustado. Enciende el motor, abre la puerta, hace señas a los pasajeros. El micro arranca, finalmente, a las 16:24. El encargado y el otro chofer se miran.
Ninguno de los dos pasajeros tiene prisa. Sin embargo, el más joven de ellos, nota que el colectivo se mueve a una velocidad inusualmente baja. Definitivamente, esta no es una velocidad para andar en autopista. La sospecha se confirma cuando ve pasar a varios camiones por la derecha. Si un camión te pasa, algo estás haciendo mal; esa regla, grabada a fuego en el inconsciente colectivo, confirma las sospechas del pasajero. Ve que un colectivo verde sigue al rojo. Va más rápido, pero el rojo logra interponerse y mantener la delantera. Así cruzarán los bosques de Palermo, en una danza absurda. Finalmente, en una avenida, el verde acelera y pasa al rojo. Jorge mira a la derecha, y se lleva una dura sorpresa. Pegado a la puerta, y tapándole la visual del otro conductor, un joven lo mira, se ríe y le hace un gesto obsceno con la mano. Gesto que también advierte el pasajero, quien no puede evitar una risa. El coche verde, tras haber perpetrado la grosería, acelera y se pierde de vista. Jorge se siente herido en su orgullo, acelera justo a la entrada de la ciudad, comienza a apurar a los pasajeros para que suban. Llega a pasar un semáforo en rojo. "Justo ahora se viene a apurar...", piensa el pasajero. Agarra su celular y postea algo al respecto.
Viernes a la noche en Lomas de Zamora. Jorge y Alberto han coincidido y terminado dos servicios cortos en la estación. La casualidad es bienvenida.
-¿Qué hacés ahora?- pregunta Alberto, siempre jovial. Claramente, es una invitación.
-Nada. Mi novia hoy sale con las amigas del laburo...
-¿Vamos a tomar algo acá a la vuelta?
La propuesta es aceptada. El bar, como todo lugar de paso, es un desfile de parroquianos, generalmente hombres. Circula la cerveza, la hamburguesa y el choripan. Cuatro amigos juegan al truco. Otros dos, a los dados. Un travesti entra y pregunta la hora, recibiendo una silbatina. Algunas parejas pasan veloces, ella se pide un agua y una empanada, él una hamburguesa, y rápido se van.
-¿Vivís solo?- pregunta Alberto. La pregunta pone a Jorge inesperadamente cabizbajo. Si tan solo él pudiera preguntar con esa facilidad... "las cosas me importan demasiado", piensa frecuentemente.
-Con mi novia. Salimos hace tres años, convivimos desde el año pasado...
-¿Y hace mucho que trabajás en la línea?
-Dos años. Antes era cadete...
-Claro, sos pichón.
-¿Vos hace mucho que trabajás en la...?- responde preguntando Jorge. Los diálogos con Alberto lo desorientan. Hay un charme, una naturalidad que sólo allí es posible... y tan peligrosa... y la diferencia de edad... ¿cuántos años tenía Alberto?... y...
-Siete en esta. Antes estaba en la...
-Claro, tenés experiencia. - Jorge cada vez está peor. Todo lo que dice se le antoja peligroso, insinuante, ridículo. ¿Qué le pasa? ¿No era la joven promesa de su línea? ¿Al que le advertían que manejara más lento? Ahora lo pasan los camiones en la autopista...
Las cervezas circulan en el bar. Son las dos de la mañana. A la sexta cerveza, Jorge y Alberto ya ni hablan. La cumbia sigue sonando a todo trapo, pero da igual.
-¿Vamos?- pregunta Alberto, sacando una billetera del bolsillo. Jorge siente un dejo adrenalínico en el cuerpo. Casi ve el abismo abrirse ante sus ojos. Intenta llamar a su novia Luciana, pero no puede. No encuentra el celular, ella además debe estar en el boliche... no va a escuchar. Nunca escucha el teléfono. Jorge de pronto necesita a Luciana desesperadamente, y a la vez, empieza a odiarla. También a Alberto. Todo empieza a dar vueltas. ¿Qué carajo está pasando?
Salen a la calle. Comienzan a caminar al lado de la reja del tren. Alberto pone fraternalmente una mano en el hombro de Jorge. Eso parece al menos. Pero no es. El dique se desmorona irremediablemente.
-Yo...
-Pero...
-¿Te parece?
-Guarda el tren.
-No pasa a esta hora el tren.
-Pará.
-¿Paro?
-No sé. No. Sí.
La ligustrina soporta los dos cuerpos contra ella. Sorprendida por el inesperado espectáculo, no opone resistencia. Un bocinazo los pone en alerta, pero nada que ver, simplemente una mina cruzaba en rojo.
-Hay que ir de acá.
-Sí. ¿A dónde?
-No, yo... un telo- la palabra es hiriente para ambos oídos.
-¿Y dónde...?- la pregunta es estúpida. En cualquier parte hay. Y sobre todo cerca de las estaciones. Pero en este caso...
-¿Dejan pasar dos tipos?- nuevamente, una comprobación dura. Vista desde afuera, la situación es bizarra y digna de una peli de Chaplin. Pero desde adentro... ¿qué les importaba a ellos hacía tres meses si los telos admitían dos tipos? Si eran putos... ¿dónde cogían los putos? ¿Dónde estaban antes?
-En Capital, sí- recuerda Alberto la estrafalaria noticia de cinco años antes. El recordatorio lo excita y lo asusta a la vez. Capital...
-Tomémonos el bondi...
-No, ¿cómo? ¿Y si nos ven?
-Claro, cierto... - la cuestión carece de sentido. Nadie en esa línea los conoce. Ni tiene por qué saber a dónde van, ni a hacer qué. Pero el bondi no es solo un trabajo, es casi un altar y un segundo hogar. Mil mitologías se arremolinan en las cabezas de Jorge y Alberto.
-Tomemos taxi...- esto prácticamente es insultante. Ceder la iniciativa del volante a un tachero es lo menos para un colectivero. Y si el tachero se entera.... y si Luciana en realidad está bailando por Lomas, y sale a fumarse un pucho.... y si... y si... y si...
-A Pompeya, caballero. Sáenz y Alcorta- Alberto intenta imponer autoridad hombruna. El tachero ni le responde, también tiene sus propios quilombos...
Son las cinco y media de la mañana. La habitación huele a hormonas. El aire hace como que funciona. No saben cuándo vence el turno. Igual, ha sido demasiado esta noche...
-¿Y ahora?- por fin, Jorge se anima a hacer una pregunta relevante.
-Y... qué sé yo. Esto...
-Esto es una cagada- se desespera Jorge. La inmadurez y la inexperiencia lo pueden.
-No, Jorge. No es una cagada. Mirame. No es una cagada- Alberto lo sujeta fuerte. Los años no pasan en vano. Tiene un temple más formado... aunque tampoco sabe qué hacer con esto.
-Pero vos...
-¿Nunca le metiste los cuernos a Luciana?- la pregunta es cordial, casi cómplice.
-Una vez, pero...
-Y esto es lo mismo...- dice Alberto, pero se corta. La mentira es evidente. No es lo mismo. Si corneás a tu novia, se lo contás a tu amigo. ¿Pero y si la corneás con tu amigo? Y esto tampoco es un simple polvo, sin compromiso.
Jorge y Alberto se miran desnudos en la cama, en silencio. Deciden pasarse sus celulares. Salen rápido, antes de que amanezca.
La piña resuena fuerte en el bosque. Heridas, algunas hojas salen volando.
-¡Que la dejes!- grita fuera de sí Alberto- ¡Dejala! ¡No la querés más!
-¡¡¡Puto de mierda!!!- grita Jorge- ¡Lacra! ¡Dejame de joder! Por tu culpa, casi me rajan...
-¿Y a mí no? ¡Maricón de mierda! ¡Ocho años en la empresa, y vos... si fuiste vos el que...!
-¡Vos fuiste! ¡Yo estaba con Luciana! ¡Vos, que la ibas de pirata, y te la manducab...!
Otra piña impacta en la cara de Jorge, que cae casi KO al pasto. Una travesti, a punto de terminar su jornada en esa noche de invierno, mira, y se caga de risa. Si está para filmar... saca un pucho y lo prende. Jorge y Alberto son una curiosa mezcla de lujuria (los pantalones de Alberto tienen el cierre bajo, y perdió el cinturón entre los yuyos), de pelea matrimonial y de violencia. Nada es idílico.
-¡Trolo!- grita Alberto, y da una patada a Jorge.
Se produce un silencio. Un remis se lleva a la travesti. Empieza a soplar el viento. Hace menos de diez grados.
-¿Estás bien?- pregunta Alberto. ¿Qué otra cosa podría haber preguntado?
-¿Tenés un pañuelo?- dice Jorge.
-No, pero...- Alberto se quiere matar, literalmente. Esto se fue a la mierda. -Hay una estación de servicio ahí- dice, casi suplicante.
¿Cómo se pide perdón al ser amado? ¿Y cómo se es perdonado? ¿Pueden dos líneas de colectivos echar a trabajadores por ser... gays? ¿Qué es el INADI? Por esas casualidades malhadadas, en ambas líneas se sabía ya lo suyo. Ningún directivo había dicho nada. Pero el impacto era claro. Saludos muy distantes, charlas que no se daban más en los semáforos, jugarretas con los pasajeros...
-Tendrán que acostumbrarse- dijo consoladoramente Alberto. Jorge tenía un ojo en compota. Mejor, licencia médica. Que las aguas se acalmen un poco. Es difícil enojarse con alguien lastimado... El sol termina de salir e ilumina el bar de la estación de servicio. Una paz, ya definitiva, los invade a los dos.
-Vamos a casa- dice Alberto. No hacía falta, ya estaba sobreentendido.
Luciana se tomó sorprendentemente bien la separación de Jorge. En lugar de pedir explicaciones, decidió pedir diez días más de convivencia hasta encontrar un lugar para vivir. ¿Explicaciones para qué? Esto ya no funcionaba. Y no estaba segura de querer saber lo que de alguna forma ya sabía. Jorge sintió un repentino cariño cuando la vio empacando. Era buena mina. Capaz, algún día se podría enterar, y seguir siendo una amiga... Luciana le devolvió la sonrisa. Este viernes volvía a salir con las chicas.
"Tres ambientes, 60 metros, $500 de expensas, con cable, dueño directo...". Jorge y Alberto se sonríen. El departamento soñado. Los padres de Alberto ponían la garantía. "Mientras seas feliz..." había dicho la madre. En las empresas, las cosas habían mejorado también. Volvían los servicios cortos, los horarios diurnos, alguna que otra charla en el semáforo, los mates en la cabecera. Un compañero de Alberto hasta ofreció el auto para la mudanza.
-Que venga Jorge, también...- invitó tímidamente otro compañero de Alberto a un asado. Se cagaron de risa. Jugaron al truco, hablaron de minas, alguna pegunta medio pudorosa e indiscreta sobre la intimidad de la pareja se coló. Generaba curiosidad, pero ya no era tabú. Hasta sacaron una foto de un pico. ¿Y si otros se descubrían? La posibilidad generó una risotada, pero dejó a varios pensando. Mientras no te pase un tren por encima... quién sabe. ¿Por qué no?
viernes, 23 de diciembre de 2011
Desiertos
Tirada boca arriba en la cama fresca de un inhóspito paraje, ella ve pasar la vida desde abajo. El techo y las paredes se le revelan frescos, acogedores y carceleros a un tiempo. Aspira aire, a falta de nada mejor que hacer. Su larga, crónica e indistinguida enfermedad ya se hizo carne en ella; ella y su enfermedad son un solo cuerpo, mente y alma. Su enfermedad la vive, ella vive su enfermedad. Está descansando de labores mínimas, fútiles casi, vanas totalmente; el agobio es permanente. Ella es feliz tirada boca arriba, es su reposo inconmensurable. Respira hondo, y cierra los ojos. A lo lejos, alguien corta el escaso pasto de la región.
Un río con árboles y playas mansas. Un campo con pasto suave. Kilómetros de distancia entre ellos. Los amigos y las parejas, sin que se sepa bien quién es quién, ora van a una, ora al otro. Nadan juntos en el río, chapotean en el agua casi estanca. El sol pega fuerte pero con cariño. La playa invita al sueño, a la modorra, a la narcolepsia. El campo es risueño, todos ruedan en el pasto. Se sacan fotos, se arman poses, se imitan mármoles. Caen manzanas acarameladas del cielo. Se oye una campana de iglesia. En la playa, canta una cigarra.
El desierto abrasa, hace 50 grados. El sol monopoliza los sentidos. El agua fresca es un bien precioso. Sopla un viento rudo que levanta arena. El jeep, contra todo pronóstico, acelera de pronto, y va rapidísimo. 60, 80, 120, quién sabe. El tiempo y las distancias en el desierto son iguales, eternas, mortalmente aburridas. Ella grita histéricamente, se suelta el pelo rubio, la ropa se va desanudando y flotando en la estela del viento. Él se hiperconcentra en el volante, postura fija y rígida que no abandonará en las largas horas de trayecto. Un CD con música del lugar de destino compite contra el viento, los gritos y los motores. Lejos, muy lejos, el mar y la ciudad los esperan, con sus gentes, sus comidas y sus aromas. No tiene sentido apurarse, pero ellos lo hacen igual.
Urbe. Un día gris y a temperatura promedio, podría ser cualquier estación del año. Alguna hora indistinta de la mañana. Un departamento genéricamente bien puesto. Un viento frío. Sensación salada. Ella se pasea con poca ropa, viendo el gris que amenaza detrás del vidrio. Prepara tostadas con queso blanco. La vida es siempre igual. La vela de ayer a la noche se apagó. No hay ganas de poner música. Hedonismo sin sentido, objeto ni final. Él duerme desnudo, tapado por una sábana blanca.
Una ruta frecuentada por camiones pesados. El sol se pone detrás del caserío. Las campanadas que llaman a misa no dejan de sonar, acompasándose con los motores de los camiones. Pasa algún ciclista local, manso, sin dejarse amilanar por el estruendo. El humo de la fábrica otea el cielo. Todo se combina para un cuadro pavoroso, donde todos subsisten y perviven a la industria. Un río de lágrimas corre por su cara. Hora de dejar ir y de dejar venir; la humanidad se desborda, no cabe en los estrechos límites sociales, necesita de colectivismo, de granjas, de aire, de agua; de más lágrimas. El ruido sordo se hace una mezcla pastosa; su mente vuela lejos. Ya se fue. No necesita más que seguir acostado/a a la vera de la ruta. Solo eso.
Un río con árboles y playas mansas. Un campo con pasto suave. Kilómetros de distancia entre ellos. Los amigos y las parejas, sin que se sepa bien quién es quién, ora van a una, ora al otro. Nadan juntos en el río, chapotean en el agua casi estanca. El sol pega fuerte pero con cariño. La playa invita al sueño, a la modorra, a la narcolepsia. El campo es risueño, todos ruedan en el pasto. Se sacan fotos, se arman poses, se imitan mármoles. Caen manzanas acarameladas del cielo. Se oye una campana de iglesia. En la playa, canta una cigarra.
El desierto abrasa, hace 50 grados. El sol monopoliza los sentidos. El agua fresca es un bien precioso. Sopla un viento rudo que levanta arena. El jeep, contra todo pronóstico, acelera de pronto, y va rapidísimo. 60, 80, 120, quién sabe. El tiempo y las distancias en el desierto son iguales, eternas, mortalmente aburridas. Ella grita histéricamente, se suelta el pelo rubio, la ropa se va desanudando y flotando en la estela del viento. Él se hiperconcentra en el volante, postura fija y rígida que no abandonará en las largas horas de trayecto. Un CD con música del lugar de destino compite contra el viento, los gritos y los motores. Lejos, muy lejos, el mar y la ciudad los esperan, con sus gentes, sus comidas y sus aromas. No tiene sentido apurarse, pero ellos lo hacen igual.
Urbe. Un día gris y a temperatura promedio, podría ser cualquier estación del año. Alguna hora indistinta de la mañana. Un departamento genéricamente bien puesto. Un viento frío. Sensación salada. Ella se pasea con poca ropa, viendo el gris que amenaza detrás del vidrio. Prepara tostadas con queso blanco. La vida es siempre igual. La vela de ayer a la noche se apagó. No hay ganas de poner música. Hedonismo sin sentido, objeto ni final. Él duerme desnudo, tapado por una sábana blanca.
Una ruta frecuentada por camiones pesados. El sol se pone detrás del caserío. Las campanadas que llaman a misa no dejan de sonar, acompasándose con los motores de los camiones. Pasa algún ciclista local, manso, sin dejarse amilanar por el estruendo. El humo de la fábrica otea el cielo. Todo se combina para un cuadro pavoroso, donde todos subsisten y perviven a la industria. Un río de lágrimas corre por su cara. Hora de dejar ir y de dejar venir; la humanidad se desborda, no cabe en los estrechos límites sociales, necesita de colectivismo, de granjas, de aire, de agua; de más lágrimas. El ruido sordo se hace una mezcla pastosa; su mente vuela lejos. Ya se fue. No necesita más que seguir acostado/a a la vera de la ruta. Solo eso.
lunes, 21 de noviembre de 2011
Domingos
Hay domingos en el club.
Hay domingos en familia.
Hay domingos solo.
Hay domingos religiosos.
Hay domingos de pura droga.
El domingo es el jardín trasero de la semana. Y la puerta de entrada a la otra semana también.
El domingo es el día de la alegría en pareja. El domingo es el día de la soledad ruinosa.
Domingo de amores presentes, domingo de amores lejanos. Domingo de amores ausentes, domingo de amores futuros, domingo de amores pasados.
Domingo de paz, domingo de estudio, domingo de deporte, domingo de competencia, domingo de violencia, domingo de miedo.
Domingos literarios, domingos cinéfilos, domingos teatrales, domingos culinarios.
El domingo es pescar en el río, es cantar en las ruinas jesuíticas, es tirarse en el pasto, es comer una manzana acaramelada, es escuchar Edith Piaf e ir de la mano por la calle.
Domingos de militancia, domingos de privatismo. Domingos de calor humano, domingos de aire acondicionado.
Domingos japoneses, europeos, suizos, americanos, africanos.
El domingo es ir por la ruta en el desierto escuchando música country.
Hay domingos de otoño, tristes, encantados, de cuentos de hadas, de paseos en el bosque, de lágrimas sin motivo.
Hay domingos de invierno, de chocolate, de fuego, de salidas cortas, de estancias largas, de desbordes mentales.
Hay domingos de primavera, suaves, dulces, tiernos, ausentes, bellos, de paz.
Hay domingos de verano, populosos, con hielo, en el río, comida, baile, música.
El domingo es encuentro, el domingo es desencuentro.
El domingo es relajación, sinceridad, amor, encuentro, simplicidad; las cosas son como son, y no intentan ser como deberían. Lo fáctico le gana a lo teórico, lo desborda, lo envuelve, lo resignifica. "No me jodás, no es así...". El domingo es el día del fluir, de la fluidez, de los fluidos.
Domingos de clase, domingos de reconciliación social. Domingos auténticos.
Fluires (in)finitos de tiempo que atraviesan las existencias, modulando los cuerpos, creando otra vida, otra temporalidad, otra forma, otra filosofía. Otros: el domingo es otredad, ruptura y continuidad.
Lágrimas, risas, abrazos, líquidos, sólidos, camas, pastos, paredes, telas, pinturas, deseos, recuerdos, añoranzas, esperanzas. Gran licuadora de fluires.
Domingo.
Domingo.
Domingo, yo te conjuro y te invoco, te llamo y te desprecio, te busco y te rechazo. Soy en ti, soy contra ti, soy con otros por ti. Soy. Soy. Soy lo que fui, soy lo que seré, nunca más fui lo que seré, no seré más lo que fui, no soy lo que soy. Seré todo. No seré nada. Simplemente seré, soy y fui, una esencia sutil y flotante, evanescente.
Como el domingo.
Hay domingos en familia.
Hay domingos solo.
Hay domingos religiosos.
Hay domingos de pura droga.
El domingo es el jardín trasero de la semana. Y la puerta de entrada a la otra semana también.
El domingo es el día de la alegría en pareja. El domingo es el día de la soledad ruinosa.
Domingo de amores presentes, domingo de amores lejanos. Domingo de amores ausentes, domingo de amores futuros, domingo de amores pasados.
Domingo de paz, domingo de estudio, domingo de deporte, domingo de competencia, domingo de violencia, domingo de miedo.
Domingos literarios, domingos cinéfilos, domingos teatrales, domingos culinarios.
El domingo es pescar en el río, es cantar en las ruinas jesuíticas, es tirarse en el pasto, es comer una manzana acaramelada, es escuchar Edith Piaf e ir de la mano por la calle.
Domingos de militancia, domingos de privatismo. Domingos de calor humano, domingos de aire acondicionado.
Domingos japoneses, europeos, suizos, americanos, africanos.
El domingo es ir por la ruta en el desierto escuchando música country.
Hay domingos de otoño, tristes, encantados, de cuentos de hadas, de paseos en el bosque, de lágrimas sin motivo.
Hay domingos de invierno, de chocolate, de fuego, de salidas cortas, de estancias largas, de desbordes mentales.
Hay domingos de primavera, suaves, dulces, tiernos, ausentes, bellos, de paz.
Hay domingos de verano, populosos, con hielo, en el río, comida, baile, música.
El domingo es encuentro, el domingo es desencuentro.
El domingo es relajación, sinceridad, amor, encuentro, simplicidad; las cosas son como son, y no intentan ser como deberían. Lo fáctico le gana a lo teórico, lo desborda, lo envuelve, lo resignifica. "No me jodás, no es así...". El domingo es el día del fluir, de la fluidez, de los fluidos.
Domingos de clase, domingos de reconciliación social. Domingos auténticos.
Fluires (in)finitos de tiempo que atraviesan las existencias, modulando los cuerpos, creando otra vida, otra temporalidad, otra forma, otra filosofía. Otros: el domingo es otredad, ruptura y continuidad.
Lágrimas, risas, abrazos, líquidos, sólidos, camas, pastos, paredes, telas, pinturas, deseos, recuerdos, añoranzas, esperanzas. Gran licuadora de fluires.
Domingo.
Domingo.
Domingo, yo te conjuro y te invoco, te llamo y te desprecio, te busco y te rechazo. Soy en ti, soy contra ti, soy con otros por ti. Soy. Soy. Soy lo que fui, soy lo que seré, nunca más fui lo que seré, no seré más lo que fui, no soy lo que soy. Seré todo. No seré nada. Simplemente seré, soy y fui, una esencia sutil y flotante, evanescente.
Como el domingo.
sábado, 10 de septiembre de 2011
Apatía y contradicción
Escribo esto por el simple gusto de escorchar. No tengo ganas de hacer nada. Nada de nada. Ni dormir. Se supone que debería estudiar, no tengo ganas. Es viernes a la noche, podría salir, tampoco tengo ganas. Podría escuchar música... algo hay que no me permite poner el reproductor en la compu. Podría comer, sí... no me convence. Podría dormir, sé que lo necesito, y no quiero irme a acostar, aunque en realidad sí quiero, no lo hago porque no sé qué.
Y lo peor es que a pesar de este fastidio, de todos estos "debería" y "no lo hago", no la estoy pasando mal. Siento que necesito ser improductivo (gracias Bataille, aunque no hablabas tanto de eso), pasar horas en la compu sin hacer nada más que saludar a gente que se conecte al pedorro chat de Facebook (by the way, ¿Anonymous lo atacará? Quisiera ver ese espectáculo, aunque implique perder mi principal medio de difusión al mundo). Paja también de sostener una conversación. Paja de ver mails. Paja de trabajar (y eso que ahora no tengo un trabajo tan malo).
Acaso esté muy cansado de las múltiples actividades que tengo. Tal vez el estar en un buen momento en mi vida me quite las ganas y la necesidad de moverme por algo mejor. Capaz no sea tan feliz como creo. A lo mejor, simplemente, tengo anemia. Tal vez me está ganando el contrarrevolucionario (mi romance con el trotskysmo pende de un hilo luego de ciertas boludeces que escuché estos días). Quién sabe. Lo que sé es que necesito recluirme en mi propio (no) deseo, borrarme levemente del mundo, y pensar, o no, hasta que algo venga a turbar esta paz apática que hoy me reina. ¿Qué pasa cuando uno consigue algo que quiso mucho tiempo, y de pronto queda sin objetivo, sin molestia, sin motor? ¿Qué pasa si ese algo es contradictorio con otros motores de vida? ¿Cómo se vive sanamente en la contradicción? "Hazte anarquista y conseguirás un puesto en el Estado": tal mi extraña posición... gozosa, al fin y al cabo (tal vez ese gozo sea lo extraño, luego de mucho tiempo de autoflagelarme aceptando trabajos de mierda).
¿Cómo pretender respetar y conocer el ritmo del cuerpo, y bancarse una hora y media parado arriba de un bondi?
¿Cómo amar la facultad y odiar ir a clases?
¿Cómo encontrar placer en la queja?
¿Cómo no salir, ni dormir, ni estudiar, ni estar con tu pareja, ni tener un amante?
¿Cómo bancarse la felicidad? ¿Cómo asumir que uno tiene derecho a pasarla bien, aunque sea haciendo nada? ¿Cómo se puede hacer la nada?
¿Cómo no escupir al cielo? ¿Cómo revolucionar sin que lo repriman a uno?
¿Cómo hacer para que no lo consuelen a uno, si uno no está mal e igual no puede evitar quejarse?
¿Cómo hacer para que esto se sepa, y a la vez siga siendo privado?
Repito: ¿Cómo vivir sanamente en la contradicción?
Y lo peor es que a pesar de este fastidio, de todos estos "debería" y "no lo hago", no la estoy pasando mal. Siento que necesito ser improductivo (gracias Bataille, aunque no hablabas tanto de eso), pasar horas en la compu sin hacer nada más que saludar a gente que se conecte al pedorro chat de Facebook (by the way, ¿Anonymous lo atacará? Quisiera ver ese espectáculo, aunque implique perder mi principal medio de difusión al mundo). Paja también de sostener una conversación. Paja de ver mails. Paja de trabajar (y eso que ahora no tengo un trabajo tan malo).
Acaso esté muy cansado de las múltiples actividades que tengo. Tal vez el estar en un buen momento en mi vida me quite las ganas y la necesidad de moverme por algo mejor. Capaz no sea tan feliz como creo. A lo mejor, simplemente, tengo anemia. Tal vez me está ganando el contrarrevolucionario (mi romance con el trotskysmo pende de un hilo luego de ciertas boludeces que escuché estos días). Quién sabe. Lo que sé es que necesito recluirme en mi propio (no) deseo, borrarme levemente del mundo, y pensar, o no, hasta que algo venga a turbar esta paz apática que hoy me reina. ¿Qué pasa cuando uno consigue algo que quiso mucho tiempo, y de pronto queda sin objetivo, sin molestia, sin motor? ¿Qué pasa si ese algo es contradictorio con otros motores de vida? ¿Cómo se vive sanamente en la contradicción? "Hazte anarquista y conseguirás un puesto en el Estado": tal mi extraña posición... gozosa, al fin y al cabo (tal vez ese gozo sea lo extraño, luego de mucho tiempo de autoflagelarme aceptando trabajos de mierda).
¿Cómo pretender respetar y conocer el ritmo del cuerpo, y bancarse una hora y media parado arriba de un bondi?
¿Cómo amar la facultad y odiar ir a clases?
¿Cómo encontrar placer en la queja?
¿Cómo no salir, ni dormir, ni estudiar, ni estar con tu pareja, ni tener un amante?
¿Cómo bancarse la felicidad? ¿Cómo asumir que uno tiene derecho a pasarla bien, aunque sea haciendo nada? ¿Cómo se puede hacer la nada?
¿Cómo no escupir al cielo? ¿Cómo revolucionar sin que lo repriman a uno?
¿Cómo hacer para que no lo consuelen a uno, si uno no está mal e igual no puede evitar quejarse?
¿Cómo hacer para que esto se sepa, y a la vez siga siendo privado?
Repito: ¿Cómo vivir sanamente en la contradicción?
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