Es la noche del 25/4 y me encuentro solo comiendo unos sorrentinos de ricota, jamón y muzzarella con un tuco casero a base de tomate triturado, condimentos varios, cebolla y ají rojo. Quedó rico pese a no respetar las proporciones. El color rojizo de la comida me hace acordar al rojo de abril: abril es el mes cuarto, y el cuatro es un número rojo.
Cada vez me doy la cuenta que hablo más mal.
Cada vez, no obstante, me entienden peor todavía.
Hoy me dolió la espalda todo el día; a decir verdad, desde hace varios días tengo molestias en la parte izquierda de la cadera. Hoy se sumó una especie de calambre de toda la pierna izquierda, justo al salir del trabajo, que me hizo bajar rengueando la escalera.
También, el dolor de la parte izquierda del estómago, parte baja: ese mismo dolor que tengo desde ayer. Y que tuve cuando me enteré que mis padres se separaban. El domingo soñé que mi padre probablemente moriría a manos (o a boca) de una manada de lobos salvajes.
Demás está decir que al volver a casa me agarró un dolor fulminante de cabeza que me hizo lagrimear.
No tomo pastillas; simplemente, me quedé acostado a la luz de la luna llena que iluminaba el departamento. Es tan somático todo que ni sentido tiene drogarse para solucionarlo. Espasmos de dolor y angustia, en una mezcla apenas distinguible, me recorren breves minutos, y después... se van, y hasta quedo bastante bien.
Hace bastante también que hablo en un tono muy bajo de voz.
No escribo para que me lean; porque cuando lo hacen, a veces entienden cualquiera. Y todo se complica por demás, como si no existieran mi propia locura y pelotudez, bancarme la de los demás que entendieron cualquier cosa sobre mí.
Mi padre no murió a boca de una manada de lobos; murió, más bien, o agoniza (y por eso el malestar) una forma de relacionarme. En general. Y sobre todo, conmigo mismo.
¿Qué es lo que más me harta de las agresiones de los demás? El hecho de haberles dado yo lugar para que existieran. Cada ataque habla mal de mí, pero no por su contenido, sino por su oportunidad. La ironía es que muchos de los que celebran estas confesiones mías son los primeros en valerse de ellas para atacarme.
Pero medio que me chupa un huevo: les voy a seguir regalando armas para que me ataquen. En esta ensalada de locos de mierda que somos, si otro no te clava una lanza, te la clavas vos mismo. Al menos, que el malo sea el otro.
Esmegma, sangre menstrual, orina; visión escatológica de la vida.
El martes a la noche sentí tanto... fastidio. Era tan obvio. Tan predecible. Tan patético. Lo deprimente no es entristecerse, lo deprimente es no cambiar nunca de estado de ánimo. Ese fútil atentado terrorista a mi felicidad, ese boicot psiquiátrico, esa muestra de innecesario desborde... ese suicidio de la ética, la moral y la dignidad. Pobre. Pobre diabla.
La ira me constituye. Incapaz de sentir más ira, incapaz de ser más yo... le deseé suerte, claro, a mi manera particular.
Mi subjetividad es como un meandro estancado, de agua podrida que tiende a ser maloliente. También tenés playas y jardines soleados, pero la temporada es cara e insuficiente, como todo lo materno puede ser.
Estar aparte del mundo tiene un extraño encanto. No sabe tan mal. Escribo como un condenado. Veo todo desde la óptica seca e irónica del que ya no está. En algún momento hay que volver al mundo; ojalá cuando quiera. El mundo es como el sexo: es más divertido si se entra y sale de él.
Me gustaría postular la existencia de ciclos hormonales que expliquen alteraciones del carácter. Es decir, poner a la menstruación femenina en un lugar de ejemplo, y no ya de categoría. Previsiblemente, mi superyo me acusa de machista.
Yo era un niño hipersensible de pequeño: lloraba invariablemente con los boleros, por ejemplo. Me angustiaba y lloraba por casi todo. Hasta que me dijeron que mejor no, que mejor me dejara de eso. Por supuesto, 20 años más tarde, nadie soporta mi mal humor. Haberlo pensado antes, mejor es un emo que un conchudo.
Y ahora estoy recuperando esa sensibilidad. Todo me duele, todo me molesta, todo me alegra, todo me estimula, todo me seda. Ayer, me sentía ginestésica. Hasta pude ver una situación ocurrida a otra persona uno o dos años antes. Lástima que justo no era algo muy interesante de ver.
Se suceden las llamadas de alerta. El viejo mundo, o su parte más decrépita, se cae a pedazos; pero a pedazos fuertes, a verdaderos derrumbes. Tres "amistades" terminadas de manera muy violenta en menos de un mes; y probablemente sigan más. Al borde de las explosiones propias y ajenas. Y encima hay una energía de mierda en el ambiente, todo el mundo está mal y cruzado.
Solo resta dormir, quedarse quieto (o en movimiento constante, bailando, caminando); dejar de pensar, quedarse a la luz de la luna, encender la radio, cocinar una salsita, comer y escribir. Hasta que... no sé. Se disipe la niebla o alguna metáfora metereológica pedorra como esa.
Mientras tanto, saben dónde encontrarme. Estaré esperándolos con infusiones calientes y mi labilidad emocional a cuestas, hasta que el mundo me demuestra nuevamente que es un lugar seguro para salir a desplegar mi hipersensibilidad multicolor por ahí, cual mariposa en una mañana de primavera.
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