lunes, 15 de abril de 2013

Confesiones de mierda

Estoy loca. No sé si me llamo Jorge Vilarosa o María Luisa Danuzzelli. No sé si soy madre o hijo. No sé si soy un loco bohemio o un pelotudo. No sé. No sé.

Escupir sangre en el mármol blanco, invariablemente frío. La misma sangre que no menstrúo, las mismas lágrimas que no lloro, la misma resequedad interna que me pudre por dentro y me vacía por fuera.

Extrañar lo que no tengo. Ganas de mandarle un mensaje a quien no lo espera (ni puede recibirlo, tampoco; anda con más quilombos que yo, todavía). Ver las flores, oír cantar la mañana, saber que no es para mí, aunque un rato se copan, tal vez, y me la prestan.

Me recomiendan quebrarme; en eso ando, por ahora simplemente me doblo.

A no se habla con B, que a su vez no se habla con C, que se lleva mal con D, y yo soy E, que se lleva superficialmente bien con los cuatro.

Me cago en el hecho de que mi nuevo vecino sea un pibe joven. Por mí, que lo desalojen. ¿Motivo? Ninguno, pinta el odio irracional, nomás.

Siempre es aniversario de algo, al pedo total.

Hoy fui cruel con una gerenta de súper, y lo disfruté. Me metí en una conversación ajena a bardear en la calle. Me gusta psicopatear. Estoy tan pobre que disfruto migajas de maltrato al otro.

Preveo una sarta de moralinas respecto de otros, me da una paja superlativa. Que no me lean, que se borren de mi vida si les molesta. Nunca se dan por aludidos, los muy jodidos, y siguen ahí como tábanos recomendando obviedades que si fueran posibles de hacer, ya hubiera hecho.

Ni siquiera me llevo bien con alterados como yo. Me despiertan impulsos asesinos, los tiraría por un balcón, por ejemplo. Se lo re deben esperar, no creo que alberguen la ilusión de vivir hasta viejos y morir plácidamente en su cama; si tal es su juego, lo están jugando mal.

Hoy pensé en el tren San Martín como una madre pobre que no puede atender bien a sus hijos, y por eso los deja viajar en el estribo, aún a riesgo de que se maten. Mirá que asimilar un tren a una madre...

Cortar el Edipo, cortar el Edipo, cortar el Edipo...

En capilla hasta el 25 de abril.

Qué paja que todo lo anterior sea verdadero. No soy un loco bohemio, soy un pelotudo, claramente. Brindaría, si es que acaso tuviera sed de algo y con quién brindar. No da tocarle el timbre a mi vecino para tal tarea... quisiera no verlo nunca en los 13 meses que me quedan de contrato en este mi actual hogar. No ver a nadie del edificio. Qué alienación horrible y al pedo la de los consorcios. ¿Comunidad? A la fuerza.

No sé por qué me imagino a mi amiga llorando, tiene muchos menos motivos que yo, claramente.

Homofobia de rebote.

El papel de sheriff pendenciero no me queda bien, pero es tan divertido a veces.

Insisto: qué paja que esto no sea mentira.

¿Qué clase de norma autoimpuesta me impide considerar decente acostarme y dormirme a las 11 de la noche?

Quisiera ser metodista y tener una justificación divina para mi ascetismo; al menos, como excusa. ¿Tendrán los metodistas días libres en el laburo?

Prueba suficiente de que estoy dejando de ser de izquierda es que le deseo la pena de muerte al criminal de una novela policial. Sufro cuando se escapa. Los asesinados, claro, son una familia de metodistas. Ya veo a antiguos compañeros de militancia refutándome mi deseo de violencia vengadora... ay, Dios.

El otro día estaba tan harto del bienpensantismo que hice una plegaria religiosa dirigida a Tata Dios para que me diera paciencia para soportarlo. Obviamente, se cagó en mi plegaria.

No estás del todo bien si le ponés la cara del chico que te gusta al detective de la novela en cuestión.

¿Habrá quién se alegre por el hecho de que escriba estas líneas pedorras? Creo que sí. Uf, publicarlas...

Últimamente, vengo escribiendo manuales para que otros me entiendan. Se ve que rinde la industria del tutorial. Negocio redondo: devengo incomprensible y después vendo la clave de lectura. No seré metodista, pero lo judío no me lo saca nadie. Mi problema, claro, es que la clave nunca la compra aquel que yo quiero que la compre. La plata no es la misma plata.

Me aburre cuando se pone a bienpensar y a bienhablar. Es capaz de mucho más, pero prefiere encajar en el molde de la pelotudez banal. Una lástima. En realidad, lo lastimoso soy yo.

Planeo con cierta seriedad pintarme las uñas y comer masitas finas con mi futura jefa. Hasta que alguno se las envenene al otro, cosa que por fuerza ha de suceder. Quiero destruirla.

Qué chatura pedorra la del laburo. ¿No se cansan de ser tan monótonos? Al menos yo aparezco cada día con un delirio distinto. No perdamos las formas, al menos.

"¿Aumentó el pan? Leí que Doris Day...".

¿Acaso esperás que diga algo más? ¿No te alcanzó con esta sarta de pelotudeces?

Bueno, dos más: 1) Estalló el otoño.

2) Mierda que estaba concurrido el velorio de Jesús el sábado de Pascua a la noche.

¿No te gustó? Lamentablemente, era muy previsible. Ahora sí, basta.






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