lunes, 27 de febrero de 2012

Baudelaire volvé, te perdonamos, o Elefante en un bazar

Hace unos 150 años, el poeta Baudelaire era el escándalo de su sociedad burguesa y acomodaticia. Putañero, de pésimo carácter, provocador (siendo un poeta maldito se atrevió a postularse como Presidente de una asociación de literatos, obligando a la misma a condenarlo expresamente), amante de los bajos fondos, los prostíbulos, los cadáveres, la muerte. Terminó enjuiciado y pobre; la censura se extendió también a su editor, quien debió fundirse por haberse atrevido a publicar las obras de ese degenerado.

Unos años antes, Marx criticaba a los diputados de izquierda de la Asamblea surgida al calor de la revolución alemana de 1848, por ser tibios, o fríos, en sus discursos contra el carácter marcadamente antipopular que iba adquiriendo dicha Asamblea. "Dado el carácter antirrevolucionario de la Asamblea, los diputados de izquierda no deberían invitar a la Asamblea a emitir un comunicado favorable a la revolución, sino más bien, obligarla a que se exprese abiertamente en contra". "Los diputados de izquierda evitan ir al grano; temen herir, escandalizar, levantar susceptibilidades...".

Ahora estamos en el 2012. Existen Facebook, para los bienintencionados, y Twitter, para los malintencionados. Lugar de la pura bondad uno, donde se suben fotos del asado del último sábado con Pipi, Melu, Cacho y Chiqui. Lugar de la pura maldad el otro, donde se puede bromear con cualquier cosa, salir impune y hasta ganarse RT, RT. Pero no es lo central esto. Bondad y maldad son solo dos caras de la misma moneda; lo que destila en esas redes sociales (y en otras) son importantes retazos de la subjetividad de cada cual. Gustos, antigustos, militancias, amistades, amores, inquinas, artes. Y sobre todo: miedos y deseos. Expresados consciente o inconscientemente, las redes sociales devienen en una gran vidriera freudiana donde todos somos analistas y analizandos a la vez.

"Gabu, estás re liberado, qué bueno verte así". La típica amiga treintañera que le dice al típico treintañero puto (no quiero decir gay, hoy no quiero quedar bien con nadie, ni siquiera con mis propios principios), fascinada (y horrorizada a la vez) por haber visto una foto del individuo simplemente caminando por la Marcha del Orgullo Gay. Caminando. Sin hacer más nada que eso. Si eso es la liberación, lo que debe ser una foto del individuo cogiendo. La anarquía. El horror. Anoqueatró, dicen los chilenos ("ah no, qué atroz" de este lado de los Andes). Gabu, quien salvo ser puto se amolda perfectamente a las exigencias y modelaciones de este sistema, agradece el cumplido. Es exitoso y libre a la vez. Su pequeña revolución le salió bien. Precisamente por no ser tal, pero él no lo sabe. Él esta liberado, ¿entienden? ¿De qué? ¿Quién lo oprimía? ¿Cómo se liberó? ¿Puede su libertad ayudar a la de otros? Demasiadas preguntas para Gabu, quien presiente que contestarlas le demandará un esfuerzo intelectual muy superior, y sobre todo, desmitificador. Meterse a combatir opresiones e imaginarios sociales.... no, qué aburrido. Nene, dejá de hacer preguntas, y mejor chupásela, eso, dale que lo hacés muy bien. Así su amiga (que evidentemente hace mucho que no lo ve... sino sabría que hace 20 años que se liberó) puede reírse nerviosa, sentir gozo y envidia a la vez, y postear alguna boludez por el estilo que vuelva a reiniciar el círculo.

"Necesito bibliografía para rendir un examen". Un pedido inadecuado para hacer por Facebook, pero bueno, alguien capaz pica el anzuelo. Pican varios. Se suscitan discusiones sobre los temas, sobre las obras, hay acuerdos, desacuerdos parciales, se habilitan otros intercambios. Excepto, claro, con el videoclip que solícitamente alguien aporta como bibliografía. Videoclip. Bibliografía. Videoclip. Bibliografía. Que hay que salirse del paradigma escritural, es claro, no hace falta más sostener el imaginario de rollos de papiro inconmensurables. Pero un videoclip. De una canción de pop. Sí, es cierto, guarda relación con el tema, desde un punto de vista formal y estético. Incluso que hasta político. ¿Pero qué hago con el videoclip, salvo darle me gusta, o compartirlo? ¿Pongo el link en el trabajo, para que el examinador acceda a él y disfrute de cuatro minutos de lo que se supone que es buena música? ¿Lo uso en una presentación oral, corto el hilo discursivo, y digo: "y esto lo ejemplifica", y me pongo a bailar y a hacer una coreo en la sala de examen? ¿Puteo mentalmente al que me lo manda? ¿Le agradezco? ¿Dejo la carrera? ¿Lo hablo en mi terapia?

"Keep moving, keep moving". Lo que parece una orden militar (gringa, además) resulta ser el consolador "avanti morocha" cipayesco, que una existencia que hasta ahora no encontró su felicidad se propina a sí misma para animarse a seguir intentándolo. ¿Cadena de Coriat? ¿El movimiento irrefrenable como metáfora del capitalismo salvaje? ¿Movimiento indefinido, desbocado? ¿Aceleración como sinónimo del capitalismo más irracional? ¿Baile hueco de Tinelli? ¿Figuras desprovistas de sentido? Está todo bien con keeping moving el cuerpo, pero si la cabeza no lo acompaña, vas a terminar decapitado. Porque como dijo un boxeador (mejor dicho, su personaje traducido a serie de TV; yo también soy un espurio en las fuentes que cito) "el cerebro es un músculo, y también hay que entrenarlo". "El corazón también", me podría responder algún bienintencionado de esos que alimentan palomas en la plaza o aporta $2 de su combo a la casa de Ronald MacDonald, que de paso lava capitales y conciencias. Sí, el corazón también. Yo lo ejercito siendo auténtico. Otra opción, claro, es poner "Gabu estás re liberado". Opciones. Nada más que eso.

"No te asustes si un día te borro de acá, lo que pasa es que tu viejo me dejó, está feliz con otra, y eso me pone mal, y te veo a vos y un poco me recuerda a él. Pero la mejor con vos". Después de leer algo así como esta declaración de privacidad, lo primero que experimenté fue un terrible cansancio. Por ende, la necesidad de irme a la cama, taparme muy bien, ver la lluvia caer por la ventana, y tener alguien (sí, pareja con amor y sexo, no me refería a un perro Beagle ni al Espíritu hegeliano) que me arropara, me abrazara, me acariciara la cabeza (la de arriba) y, si no fuera mucho pedir, me trajese un chocolate caliente. Pero analicemos el enunciado: "No te asustes si un día te borro de acá, lo que pasa es que tu viejo me dejó, está feliz con otra, y eso me pone mal, y te veo a vos y un poco me recuerda a él. Pero la mejor con vos". En primer lugar, no me asusta que me borres. Más allá de que nunca te hablo, simplemente me limito a responderte cuando me preguntás. Lo que me asusta es que hayas caído tan bajo para hacer semejante declaración. "Esto no es una propuesta, es una provocación", clama cierta izquierda, y no le falta razón. Lo mismo acá. ¿Qué se supone que haga? ¿Rogarte que no me borres? ¿Pedirte que no me compares con mi viejo? ¿Consolarte porque te dejó? ¿Criticarlo? ¿Negarte que está feliz? ¿Contarte chismerío de la nueva pareja? ¿Borrarte yo antes? ¿Presentarte a un amigo como pareja? ¿Interceder ante mi viejo en tu favor? ¿Sellar una alianza táctico-ofensiva con vos? ¿Darte la dirección de un lugar donde se compran vidas? (Esta última es buena, pero no tengo ninguna dirección.... si alguien sabe, plis... no, videoclips no, gracias. Solo una dirección). ¿Se puede ser tan auténticamente inauténtico? "Pero es lo que siente", diría un bienintencionado (Ronald, tenés más donaciones). OK, se siente dolida, es lógico después de todo. Celebro eso. ¿Pero realmente siente que yo le hago acordar a él? Y en ese caso, ¿está todo mal con él, pero conmigo está todo bien, aunque somos iguales ya que le hago acordar? Lógica, ¿estás? Necesitamos que vengas a resolver una cuestión. "Pero bueno, es sincera" (Ronald, estás a full). Híper sincera. Menos consigo misma, híper sincera. "Es fiel a sí misma" (Ronaaaaaaaaaaaaaaaald). No, creeme que no. Si lo fuera, no caería tan bajo diciendo eso y denigrándose así. ¿La borro? Hmmm.... por ahora no, al menos no me hace acordar a nadie.

"¿Te llevás bien con tu mamá? ¿A qué parte de Argentina te fuiste de vacaciones? ¿Es lindo el lugar? ¿Estás parando en un hostal? ¿Fuiste solo o con amigos? ¿Es caro vivir en Buenos Aires?" Wow wow wow, wait, wait. Demasiadas preguntas para un ex amor de verano de hace dos años, que vive a 5000 km de distancia. ¿No te parece? A ver si nos entendemos, darling. Estoy DE VACACIONES. Trabajo de responder preguntas; en vacaciones, me gustaría no. ¿A qué viene además el cotorreo? ¿Conocés algo en Argentina además de Buenos Aires? (Y dentro de ella, Palermo, Recoleta y el centro) ¿Te suena San Martín de los Andes? No, ¿no? ¿Te cambia mucho la vida si duermo en carpa o hostel? ¿Tenés algún tipo de prejuicio con la gente que viaja sola? (De hecho, te conocí viajando solo). ¿Tenés celos de mis amigos, o de alguien más que pueda conocer? El interrogatorio ahora deviene un monólogo sobre su propia vida. "Cambié de trabajo/me mudé/vino mi madre a visitarme unos días (obvio, si vive de rentas)/estoy muy emocionado por mi amiga que se casa en Italia". Al menos que te invite, sería más emocionante, ¿no? Me consta que dinero no les hace falta, podría tranquilamente invitar a la fiesta a un par, y uds. garparse el viaje con vuestros salarios y rentas familiares tan buenos. Digo, como presumías que eras de clase alta... ¿Cuánto costará un vuelo Quito-Roma, terciando en Madrid? No puede ser mucho más caro que el viaje a EEUU que de tanto en tanto hacés, ¿no? Perdón, claro, estábamos hablando de la emoción. Snif snif. Qué ternura. Casarse en la misma ciudad donde es Papa un nazi. Que por supuesto es homofóbico. Te odia, ¿sabías? Quiere tu muerte. Piensa que el HIV es castigo es justo. Habla de abstinencia sexual (uy, ahora me doy cuenta que con tu manía de las relaciones a distancia le hacés caso). ¿Emoción? ¿Casamiento por Iglesia, a 10000 km de tu lugar de residencia? ¿Contármelo a mí, que estoy a orillas de un lago? ¿Indirecta? ¿Vacío existencial? ¿Llenar el tiempo? ¿Consumir datos a través del celu? ¿Viste algún signo de pregunta de mi parte? ¿Te pregunté algo? ¿Me interesa? ¿Te lo demuestro?

"Amo Glee, me siento identificado". Sí, con el adolescente gay, se sobreentiende. Sufrido personaje, supongo (no vi ni pienso ver Glee). ¿Quién no? No es fàcil ser gay en la adolescencia (volví a decir "gay", se ve que me estoy calmando). De ahí a "identificarme" (a los 25 años) con alguien que habla en otro idioma, vive en otra cultura (duro decirle "cultura" eh... Ronald está un poco indigesto), tiene otras prácticas, y sobre todo, canta, coopta músicas foráneas, nos las empaqueta al tiempo que nos vende cultura yanqui e imperialista, y de paso nos enseña inglés (come on, darling, ningún yanqui habla ese inglés tan prístino y audible... los métodos de enseñanza cambian, pero los chotos ni siquiera nos lo avisan). Yo de adolescente no hacía eso. A menos que en algún remoto lugar de Jordania, ponele, algún personaje de los que yo componía en teatro haya hecho furor (y entonces me están cagando derechos de autor. Voy a ir a SADAIC, que defiende a los artistas. Hola, Ronald). Ah, Freud, mi buen Sigmundo, la identificación ya no es lo que era.

"Tengo una nariz horrible, ganchuda". Decímelo cuando estemos desnudos abrazándonos en la cama. Así te puedo ver mejor, como el lobo. Ay, tenés razón. Horrible, cierto. Mirá vos, y yo ni cuenta me daba. Claro, tan abstraído con tus ojos, con tu conversación, con mi necesidad de estar con alguien. Qué gil, ¿cómo pude no darme cuenta de tu HORRIBLE nariz? ¿Me lo decís como advertencia? Te hago caso, no estoy más con vos. ¿Por qué habría de querer a alguien que no se quiere a sí mismo? Además, si hay algo que no me cabe, son las narices ganchudas. Perdón, es mi lado frívolo. Si quieren puedo probar de identificarme con Glee, a ver si es más simpático. Ponele.

"No fumo, no me drogo, no tomo alcohol, no me hago drama ni me interesan los chanchullos de los demás, nunca soy pasivo". Evidentemente, he venido a tomar un trago con el Límite en persona. Y eso que matemáticamente era imposible alcanzarlo. No, no, no. ¿Me quejo de alguna boludez que escuché por ahí? No te hagas drama, no des bola. Nunca des bola. ¿Querés tomar un trago? No tomo alcohol, era la condición de mis viejos para poder salir. (28 años!!!!!). ¿Saliste con alguien, alguna relación larga, algo así? Salí hace poco dos meses con un pibe. (No te pregunté a quién te cogiste último, sino si tuviste parejas estables. A menos que lo que me contestaste sea lo único. Caso en el que me acuerdo que mañana laburo y debo despertarme temprano). La cosa, claramente, termina naufragando por exceso de limitaciones. Por suerte yo hago terapia y vos hacés reiki (¡!), así que podemos digerirlo y hacer de cuenta que nunca hablamos. "Nunca", una palabra que evidentemente te sienta perfecto.

"Al que le quepa el sayo, que se lo ponga".

Bazar: lugar de venta al por mayor de productos baratos, industriales, chucherías, artificiales, medio pelo, clásicos, vulgares, sin originalidad, masivos, indiferenciados. Un elefante en él: metáfora vital del absurdo, el hastío, el encierro, la soledad, el desborde de la autenticidad, e impulso destructor de la opresión de lo cotidiano y masificado. Baudelaire, Marx, elefante: los necesito, vengan. Al menos traiganme un chocolate caliente. No, Ronald, no quiero un frapuccino. Quiero a Baudelaire, Marx y el elefante.

jueves, 2 de febrero de 2012

El amor en tiempos de tubos de escape

Petrificados frente a lo que parece ser un piquete interminable, los dos colectivos permanecen juntos, sin poder separarse. Los colores rojo y verde, respectivamente, se combinan con el amarillo del sol y el gris del cemento. Suenan bocinazos, bombos, aplausos, silbidos, puteadas. El grupo de manifestantes ha cortado la avenida y el tránsito queda detenido por más de media hora. Los pasajeros se bajan y cruzan a pie. Cada cual en su unidad, Alberto y Jorge se desesperan pacientemente. No sólo han perdido ya su recreo entre cada vuelta, sino que además su trabajo mismo ha quedado desnaturalizado: sin pasajeros, a qué arrear un coche fantasma.... Como la situación se vuelve insostenible del tedio, y haciendo de cuenta que se trata de colectivos de la misma línea, abren sus puertas y se ponen a intercambiar impresiones.
-¿Te quedan muchas vueltas?
-Una después de esta, ¿vos?
-Dos.
-Claro, porque ustedes terminan antes, en Banfield. Nosotros vamos a Adrogué.
-Sí, el sábado a mediodía...
La conversación prosigue rápidamente, casi sin pausas. En cierto momento, Jorge percibe algo extraño: demasiado silencio. Mira instintivamente hacia adelante, y ve que la calzada ha quedado liberada. Los manifestantes, parcialmente cumplidos sus reclamos, se están retirando. La Policía hace gestos impacientes para descomprimir el atasco. Los bocinazos arrecian. Hay que arrancar.
-Chau, nos vemos- dice Alberto, maniobrando el volante.
-Sí, nos vemos- responde Jorge, con una extraña sensación de angustia. No es una mera formalidad ese saludo. Pone primera y arranca.

Hace un calor aplastante ese jueves por la tarde en Ciudad Universitaria. El enero ha convertido a los playones en un virtual desierto. Solo dos pasajeros, sin esperanza de que un coche salga rápido, esperan en la parada. Son las 16:17. El encargado de la línea roja, adiestrado ya naturalmente al horario, asoma la cabeza por el puesto. El micro debería haber salido 16:15. No importa, igual no hay nadie... Jorge está limpiando con una contagiosa sonrisa el coche en el que venía; pasa la escoba, abre las ventanas, revisa los asientos. Son las 16:21. El encargado vuelve a asomarse, esta vez con fastidio. No dice, nada; él y el otro conductor que espera miran a Jorge. Este, abstraído en su pasión limpiadora, sube al coche que ha de manejar, y se pone a repasarlo con la escoba.
-¿Pensás salir, vos?- espeta el encargado.
-Ah, sí, sí...- Jorge responde entre sorprendido y asustado. Enciende el motor, abre la puerta, hace señas a los pasajeros. El micro arranca, finalmente, a las 16:24. El encargado y el otro chofer se miran.

Ninguno de los dos pasajeros tiene prisa. Sin embargo, el más joven de ellos, nota que el colectivo se mueve a una velocidad inusualmente baja. Definitivamente, esta no es una velocidad para andar en autopista. La sospecha se confirma cuando ve pasar a varios camiones por la derecha. Si un camión te pasa, algo estás haciendo mal; esa regla, grabada a fuego en el inconsciente colectivo, confirma las sospechas del pasajero. Ve que un colectivo verde sigue al rojo. Va más rápido, pero el rojo logra interponerse y mantener la delantera. Así cruzarán los bosques de Palermo, en una danza absurda. Finalmente, en una avenida, el verde acelera y pasa al rojo. Jorge mira a la derecha, y se lleva una dura sorpresa. Pegado a la puerta, y tapándole la visual del otro conductor, un joven lo mira, se ríe y le hace un gesto obsceno con la mano. Gesto que también advierte el pasajero, quien no puede evitar una risa. El coche verde, tras haber perpetrado la grosería, acelera y se pierde de vista. Jorge se siente herido en su orgullo, acelera justo a la entrada de la ciudad, comienza a apurar a los pasajeros para que suban. Llega a pasar un semáforo en rojo. "Justo ahora se viene a apurar...", piensa el pasajero. Agarra su celular y postea algo al respecto.

Viernes a la noche en Lomas de Zamora. Jorge y Alberto han coincidido y terminado dos servicios cortos en la estación. La casualidad es bienvenida.
-¿Qué hacés ahora?- pregunta Alberto, siempre jovial. Claramente, es una invitación.
-Nada. Mi novia hoy sale con las amigas del laburo...
-¿Vamos a tomar algo acá a la vuelta?
La propuesta es aceptada. El bar, como todo lugar de paso, es un desfile de parroquianos, generalmente hombres. Circula la cerveza, la hamburguesa y el choripan. Cuatro amigos juegan al truco. Otros dos, a los dados. Un travesti entra y pregunta la hora, recibiendo una silbatina. Algunas parejas pasan veloces, ella se pide un agua y una empanada, él una hamburguesa, y rápido se van.
-¿Vivís solo?- pregunta Alberto. La pregunta pone a Jorge inesperadamente cabizbajo. Si tan solo él pudiera preguntar con esa facilidad... "las cosas me importan demasiado", piensa frecuentemente.
-Con mi novia. Salimos hace tres años, convivimos desde el año pasado...
-¿Y hace mucho que trabajás en la línea?
-Dos años. Antes era cadete...
-Claro, sos pichón.
-¿Vos hace mucho que trabajás en la...?- responde preguntando Jorge. Los diálogos con Alberto lo desorientan. Hay un charme, una naturalidad que sólo allí es posible... y tan peligrosa... y la diferencia de edad... ¿cuántos años tenía Alberto?... y...
-Siete en esta. Antes estaba en la...
-Claro, tenés experiencia. - Jorge cada vez está peor. Todo lo que dice se le antoja peligroso, insinuante, ridículo. ¿Qué le pasa? ¿No era la joven promesa de su línea? ¿Al que le advertían que manejara más lento? Ahora lo pasan los camiones en la autopista...
Las cervezas circulan en el bar. Son las dos de la mañana. A la sexta cerveza, Jorge y Alberto ya ni hablan. La cumbia sigue sonando a todo trapo, pero da igual.
-¿Vamos?- pregunta Alberto, sacando una billetera del bolsillo. Jorge siente un dejo adrenalínico en el cuerpo. Casi ve el abismo abrirse ante sus ojos. Intenta llamar a su novia Luciana, pero no puede. No encuentra el celular, ella además debe estar en el boliche... no va a escuchar. Nunca escucha el teléfono. Jorge de pronto necesita a Luciana desesperadamente, y a la vez, empieza a odiarla. También a Alberto. Todo empieza a dar vueltas. ¿Qué carajo está pasando?

Salen a la calle. Comienzan a caminar al lado de la reja del tren. Alberto pone fraternalmente una mano en el hombro de Jorge. Eso parece al menos. Pero no es. El dique se desmorona irremediablemente.
-Yo...
-Pero...
-¿Te parece?
-Guarda el tren.
-No pasa a esta hora el tren.
-Pará.
-¿Paro?
-No sé. No. Sí.
La ligustrina soporta los dos cuerpos contra ella. Sorprendida por el inesperado espectáculo, no opone resistencia. Un bocinazo los pone en alerta, pero nada que ver, simplemente una mina cruzaba en rojo.
-Hay que ir de acá.
-Sí. ¿A dónde?
-No, yo... un telo- la palabra es hiriente para ambos oídos.
-¿Y dónde...?- la pregunta es estúpida. En cualquier parte hay. Y sobre todo cerca de las estaciones. Pero en este caso...
-¿Dejan pasar dos tipos?- nuevamente, una comprobación dura. Vista desde afuera, la situación es bizarra y digna de una peli de Chaplin. Pero desde adentro... ¿qué les importaba a ellos hacía tres meses si los telos admitían dos tipos? Si eran putos... ¿dónde cogían los putos? ¿Dónde estaban antes?
-En Capital, sí- recuerda Alberto la estrafalaria noticia de cinco años antes. El recordatorio lo excita y lo asusta a la vez. Capital...
-Tomémonos el bondi...
-No, ¿cómo? ¿Y si nos ven?
-Claro, cierto... - la cuestión carece de sentido. Nadie en esa línea los conoce. Ni tiene por qué saber a dónde van, ni a hacer qué. Pero el bondi no es solo un trabajo, es casi un altar y un segundo hogar. Mil mitologías se arremolinan en las cabezas de Jorge y Alberto.
-Tomemos taxi...- esto prácticamente es insultante. Ceder la iniciativa del volante a un tachero es lo menos para un colectivero. Y si el tachero se entera.... y si Luciana en realidad está bailando por Lomas, y sale a fumarse un pucho.... y si... y si... y si...
-A Pompeya, caballero. Sáenz y Alcorta- Alberto intenta imponer autoridad hombruna. El tachero ni le responde, también tiene sus propios quilombos...

Son las cinco y media de la mañana. La habitación huele a hormonas. El aire hace como que funciona. No saben cuándo vence el turno. Igual, ha sido demasiado esta noche...
-¿Y ahora?- por fin, Jorge se anima a hacer una pregunta relevante.
-Y... qué sé yo. Esto...
-Esto es una cagada- se desespera Jorge. La inmadurez y la inexperiencia lo pueden.
-No, Jorge. No es una cagada. Mirame. No es una cagada- Alberto lo sujeta fuerte. Los años no pasan en vano. Tiene un temple más formado... aunque tampoco sabe qué hacer con esto.
-Pero vos...
-¿Nunca le metiste los cuernos a Luciana?- la pregunta es cordial, casi cómplice.
-Una vez, pero...
-Y esto es lo mismo...- dice Alberto, pero se corta. La mentira es evidente. No es lo mismo. Si corneás a tu novia, se lo contás a tu amigo. ¿Pero y si la corneás con tu amigo? Y esto tampoco es un simple polvo, sin compromiso.
Jorge y Alberto se miran desnudos en la cama, en silencio. Deciden pasarse sus celulares. Salen rápido, antes de que amanezca.

La piña resuena fuerte en el bosque. Heridas, algunas hojas salen volando.
-¡Que la dejes!- grita fuera de sí Alberto- ¡Dejala! ¡No la querés más!
-¡¡¡Puto de mierda!!!- grita Jorge- ¡Lacra! ¡Dejame de joder! Por tu culpa, casi me rajan...
-¿Y a mí no? ¡Maricón de mierda! ¡Ocho años en la empresa, y vos... si fuiste vos el que...!
-¡Vos fuiste! ¡Yo estaba con Luciana! ¡Vos, que la ibas de pirata, y te la manducab...!
Otra piña impacta en la cara de Jorge, que cae casi KO al pasto. Una travesti, a punto de terminar su jornada en esa noche de invierno, mira, y se caga de risa. Si está para filmar... saca un pucho y lo prende. Jorge y Alberto son una curiosa mezcla de lujuria (los pantalones de Alberto tienen el cierre bajo, y perdió el cinturón entre los yuyos), de pelea matrimonial y de violencia. Nada es idílico.
-¡Trolo!- grita Alberto, y da una patada a Jorge.
Se produce un silencio. Un remis se lleva a la travesti. Empieza a soplar el viento. Hace menos de diez grados.
-¿Estás bien?- pregunta Alberto. ¿Qué otra cosa podría haber preguntado?
-¿Tenés un pañuelo?- dice Jorge.
-No, pero...- Alberto se quiere matar, literalmente. Esto se fue a la mierda. -Hay una estación de servicio ahí- dice, casi suplicante.
¿Cómo se pide perdón al ser amado? ¿Y cómo se es perdonado? ¿Pueden dos líneas de colectivos echar a trabajadores por ser... gays? ¿Qué es el INADI? Por esas casualidades malhadadas, en ambas líneas se sabía ya lo suyo. Ningún directivo había dicho nada. Pero el impacto era claro. Saludos muy distantes, charlas que no se daban más en los semáforos, jugarretas con los pasajeros...

-Tendrán que acostumbrarse- dijo consoladoramente Alberto. Jorge tenía un ojo en compota. Mejor, licencia médica. Que las aguas se acalmen un poco. Es difícil enojarse con alguien lastimado... El sol termina de salir e ilumina el bar de la estación de servicio. Una paz, ya definitiva, los invade a los dos.
-Vamos a casa- dice Alberto. No hacía falta, ya estaba sobreentendido.

Luciana se tomó sorprendentemente bien la separación de Jorge. En lugar de pedir explicaciones, decidió pedir diez días más de convivencia hasta encontrar un lugar para vivir. ¿Explicaciones para qué? Esto ya no funcionaba. Y no estaba segura de querer saber lo que de alguna forma ya sabía. Jorge sintió un repentino cariño cuando la vio empacando. Era buena mina. Capaz, algún día se podría enterar, y seguir siendo una amiga... Luciana le devolvió la sonrisa. Este viernes volvía a salir con las chicas.

"Tres ambientes, 60 metros, $500 de expensas, con cable, dueño directo...". Jorge y Alberto se sonríen. El departamento soñado. Los padres de Alberto ponían la garantía. "Mientras seas feliz..." había dicho la madre.  En las empresas, las cosas habían mejorado también. Volvían los servicios cortos, los horarios diurnos, alguna que otra charla en el semáforo, los mates en la cabecera. Un compañero de Alberto hasta ofreció el auto para la mudanza.
-Que venga Jorge, también...- invitó tímidamente otro compañero de Alberto a un asado. Se cagaron de risa. Jugaron al truco, hablaron de minas, alguna pegunta medio pudorosa e indiscreta sobre la intimidad de la pareja se coló. Generaba curiosidad, pero ya no era tabú. Hasta sacaron una foto de un pico. ¿Y si otros se descubrían? La posibilidad generó una risotada, pero dejó a varios pensando. Mientras no te pase un tren por encima... quién sabe. ¿Por qué no?