Pocos se atreven a llegar a la playa a través de la Costa Árida. Menos aún son los que efectivamente pueden. Un viento permanentemente frío y salado, que remueve areniscas, piedras y turbas de sal marina embravece el mar y lo encabrita. Furiosas, las olas chocan y rompen en la pedregosa arena. Formaciones de rocas irregularmente dispuestas a lo largo de la línea de costa hacen poco menos que imposible encallar; y miles de algas se arremolinan formando manchas oscuras en el mar gélido. Pesadas y grises nubes descargan torrentes de agua helada, mientras el cielo se vuelve progresivamente oscuro y el frío aumenta. El viento casi nunca deja de soplar, arremolinando agua, algas y piedras en torno a los escasos árboles que subsisten en la inclemencia. Riachos que atraviesan el bosque cercano, y vienen de las montañas eternamente blancas, generan verdaderos remolinos de agua y piedras en su desembocadura. Por momentos, el ruido es atronador, el viento chilla como un desmañado y todo sucumbe a su fuerza.
Algunos días, pocos, sobre todo en verano, la naturaleza se calma. Sale el sol, empieza a hacer calor, es posible ver el atardecer sobre los árboles. El mar se vuelve azul, las algas reposan en la arena, la sal se vuelve un recuerdo, los ríos desembocan en calma en el mar pacificado. El viento deviene una sutil brisa marina, la arena se vuelve amarilla y dorada, el cielo se despeja. Algunos paseantes se animan a alojarse en la playa, llevan reposeras, mates, comida, hay quien se anima a meterse en el mar que deviene tibio. Disfrutan y son felices, conscientes de la necesaria brevedad de este momento. Saben que imprevistamente, el viento puede volver a soplar, el cielo puede volver a rugir con truenos, el mar embravecerse, las rocas a saltar, la arena y la sal a volar, las algas a encallarse, y la lluvia volver a caer interminablemente. Comienza así una larga retirada, indefinida en su duración, hasta que la naturaleza vuelva a calmarse y ser hospitalaria.
Los navegantes saben que, una vez que han podido desembocar en Costa Árida, el camino ya está prácticamente hecho. Deben atravesar aún la dura playa; internarse en el frío bosque, donde los árboles sirven de refugio. Cruzar por estrechos pasos, riscos y desfiladeros las altas montañas, eternamente lejanas, constantemente frías. Divisar los lagos impenetrables, deificados, lontanos, siempre cristalinos, siempre burlándose de las miserias humanas. Bajar por las suaves laderas, llegar a las ciudades, atravesar sus inextricables callejuelas, soportar sus intrincados vericuetos, enterrarse en sus miserias e inmundicias. Tomar senderos tranquilos, caminar por los suaves pastos, morder los campos a traviesa, pisar el orégano, rodar por la suave tierra húmeda, inhalar verde, escuchar las campanadas de alguna iglesia lejana, comer tortillas de maíz hechas por manos de madres, bailar polkas por el camino. Cruzar el río cálido, dormir en sus anchas playas, ser arrullados por la cigarra, nadar lascivamente en el agua barrosa. Cruzar el bosquecito de cipreses, la roca vieja y calcárea.
Y ahí, saben los navegantes, llegan a la Costa de Flores. Una playa siempre sembrada con flores, templada a perpetuidad, donde los pájaros musitan en los frondosos árboles. Pérgolas con flores recorren la línea del mar, un mar tranquilo, azul y con espuma blanca, donde una leve brisa alcanza para despeinar el pelo a alguna mujer o para mecer suavemente alguna rama florida. Numerosas casitas se agolpan en los montes cercanos, con amplios balcones y miradores hacia la inconmensurable apertura del horizonte. Llega la noche, y sus luces se encienden. Como luciérnagas en el bosque, las casas iluminan a sus habitantes. Se ve el ir y venir de cuerpos que suben y bajan, vienen y van, se mojan y se secan, se cocinan y se comen, se aman y se pelean. Grupos de jóvenes llegan a la mansa playa con sus guitarras. Cantan baladas toda la noche, suavemente iluminados por las casas, perfumados por las flores. La vida rezuma por todas partes, en cada ruido, en cada chispa, en cada rostro. Protectora, la noche envuelve a todos con su manto, mientras el mar los arrulla. Una tranquila completud, una belleza y armonía sin par envuelve a los navegantes, que se saben llegados a destino, y olvidan sus penas. Pronto habrá que partir, pero no importa. La Costa de Flores es puro presente.
Claro que lo difícil sigue siendo arribar a la Costa Árida, donde el viento sigue soplando fuerte, no importándole otra cosa que su propio ritmo. Tal vez sea necesario llevarle algunas flores de la otra costa, arrojarlas al mar, sacrificarlas a la arena y la sal, germinarlas con las algas, decirle a las rocas que se puede ser protector sin ser agresivo. Tal vez sea necesario que los marineros respeten el particular ritmo de la Costa Árida, y clamen y hagan la danza del calor y de la luz para volverla su amiga y poder arribar a ella. Tal vez no haya que forzar las rocas y luchar contra el viento, sino simplemente saber dónde pisar y dejarse volar. Tal vez la Costa Árida pueda ser amiga de los navegantes que a ella llegan. Tal vez.
domingo, 25 de marzo de 2012
lunes, 27 de febrero de 2012
Baudelaire volvé, te perdonamos, o Elefante en un bazar
Hace unos 150 años, el poeta Baudelaire era el escándalo de su sociedad burguesa y acomodaticia. Putañero, de pésimo carácter, provocador (siendo un poeta maldito se atrevió a postularse como Presidente de una asociación de literatos, obligando a la misma a condenarlo expresamente), amante de los bajos fondos, los prostíbulos, los cadáveres, la muerte. Terminó enjuiciado y pobre; la censura se extendió también a su editor, quien debió fundirse por haberse atrevido a publicar las obras de ese degenerado.
Unos años antes, Marx criticaba a los diputados de izquierda de la Asamblea surgida al calor de la revolución alemana de 1848, por ser tibios, o fríos, en sus discursos contra el carácter marcadamente antipopular que iba adquiriendo dicha Asamblea. "Dado el carácter antirrevolucionario de la Asamblea, los diputados de izquierda no deberían invitar a la Asamblea a emitir un comunicado favorable a la revolución, sino más bien, obligarla a que se exprese abiertamente en contra". "Los diputados de izquierda evitan ir al grano; temen herir, escandalizar, levantar susceptibilidades...".
Ahora estamos en el 2012. Existen Facebook, para los bienintencionados, y Twitter, para los malintencionados. Lugar de la pura bondad uno, donde se suben fotos del asado del último sábado con Pipi, Melu, Cacho y Chiqui. Lugar de la pura maldad el otro, donde se puede bromear con cualquier cosa, salir impune y hasta ganarse RT, RT. Pero no es lo central esto. Bondad y maldad son solo dos caras de la misma moneda; lo que destila en esas redes sociales (y en otras) son importantes retazos de la subjetividad de cada cual. Gustos, antigustos, militancias, amistades, amores, inquinas, artes. Y sobre todo: miedos y deseos. Expresados consciente o inconscientemente, las redes sociales devienen en una gran vidriera freudiana donde todos somos analistas y analizandos a la vez.
"Gabu, estás re liberado, qué bueno verte así". La típica amiga treintañera que le dice al típico treintañero puto (no quiero decir gay, hoy no quiero quedar bien con nadie, ni siquiera con mis propios principios), fascinada (y horrorizada a la vez) por haber visto una foto del individuo simplemente caminando por la Marcha del Orgullo Gay. Caminando. Sin hacer más nada que eso. Si eso es la liberación, lo que debe ser una foto del individuo cogiendo. La anarquía. El horror. Anoqueatró, dicen los chilenos ("ah no, qué atroz" de este lado de los Andes). Gabu, quien salvo ser puto se amolda perfectamente a las exigencias y modelaciones de este sistema, agradece el cumplido. Es exitoso y libre a la vez. Su pequeña revolución le salió bien. Precisamente por no ser tal, pero él no lo sabe. Él esta liberado, ¿entienden? ¿De qué? ¿Quién lo oprimía? ¿Cómo se liberó? ¿Puede su libertad ayudar a la de otros? Demasiadas preguntas para Gabu, quien presiente que contestarlas le demandará un esfuerzo intelectual muy superior, y sobre todo, desmitificador. Meterse a combatir opresiones e imaginarios sociales.... no, qué aburrido. Nene, dejá de hacer preguntas, y mejor chupásela, eso, dale que lo hacés muy bien. Así su amiga (que evidentemente hace mucho que no lo ve... sino sabría que hace 20 años que se liberó) puede reírse nerviosa, sentir gozo y envidia a la vez, y postear alguna boludez por el estilo que vuelva a reiniciar el círculo.
"Necesito bibliografía para rendir un examen". Un pedido inadecuado para hacer por Facebook, pero bueno, alguien capaz pica el anzuelo. Pican varios. Se suscitan discusiones sobre los temas, sobre las obras, hay acuerdos, desacuerdos parciales, se habilitan otros intercambios. Excepto, claro, con el videoclip que solícitamente alguien aporta como bibliografía. Videoclip. Bibliografía. Videoclip. Bibliografía. Que hay que salirse del paradigma escritural, es claro, no hace falta más sostener el imaginario de rollos de papiro inconmensurables. Pero un videoclip. De una canción de pop. Sí, es cierto, guarda relación con el tema, desde un punto de vista formal y estético. Incluso que hasta político. ¿Pero qué hago con el videoclip, salvo darle me gusta, o compartirlo? ¿Pongo el link en el trabajo, para que el examinador acceda a él y disfrute de cuatro minutos de lo que se supone que es buena música? ¿Lo uso en una presentación oral, corto el hilo discursivo, y digo: "y esto lo ejemplifica", y me pongo a bailar y a hacer una coreo en la sala de examen? ¿Puteo mentalmente al que me lo manda? ¿Le agradezco? ¿Dejo la carrera? ¿Lo hablo en mi terapia?
"Keep moving, keep moving". Lo que parece una orden militar (gringa, además) resulta ser el consolador "avanti morocha" cipayesco, que una existencia que hasta ahora no encontró su felicidad se propina a sí misma para animarse a seguir intentándolo. ¿Cadena de Coriat? ¿El movimiento irrefrenable como metáfora del capitalismo salvaje? ¿Movimiento indefinido, desbocado? ¿Aceleración como sinónimo del capitalismo más irracional? ¿Baile hueco de Tinelli? ¿Figuras desprovistas de sentido? Está todo bien con keeping moving el cuerpo, pero si la cabeza no lo acompaña, vas a terminar decapitado. Porque como dijo un boxeador (mejor dicho, su personaje traducido a serie de TV; yo también soy un espurio en las fuentes que cito) "el cerebro es un músculo, y también hay que entrenarlo". "El corazón también", me podría responder algún bienintencionado de esos que alimentan palomas en la plaza o aporta $2 de su combo a la casa de Ronald MacDonald, que de paso lava capitales y conciencias. Sí, el corazón también. Yo lo ejercito siendo auténtico. Otra opción, claro, es poner "Gabu estás re liberado". Opciones. Nada más que eso.
"No te asustes si un día te borro de acá, lo que pasa es que tu viejo me dejó, está feliz con otra, y eso me pone mal, y te veo a vos y un poco me recuerda a él. Pero la mejor con vos". Después de leer algo así como esta declaración de privacidad, lo primero que experimenté fue un terrible cansancio. Por ende, la necesidad de irme a la cama, taparme muy bien, ver la lluvia caer por la ventana, y tener alguien (sí, pareja con amor y sexo, no me refería a un perro Beagle ni al Espíritu hegeliano) que me arropara, me abrazara, me acariciara la cabeza (la de arriba) y, si no fuera mucho pedir, me trajese un chocolate caliente. Pero analicemos el enunciado: "No te asustes si un día te borro de acá, lo que pasa es que tu viejo me dejó, está feliz con otra, y eso me pone mal, y te veo a vos y un poco me recuerda a él. Pero la mejor con vos". En primer lugar, no me asusta que me borres. Más allá de que nunca te hablo, simplemente me limito a responderte cuando me preguntás. Lo que me asusta es que hayas caído tan bajo para hacer semejante declaración. "Esto no es una propuesta, es una provocación", clama cierta izquierda, y no le falta razón. Lo mismo acá. ¿Qué se supone que haga? ¿Rogarte que no me borres? ¿Pedirte que no me compares con mi viejo? ¿Consolarte porque te dejó? ¿Criticarlo? ¿Negarte que está feliz? ¿Contarte chismerío de la nueva pareja? ¿Borrarte yo antes? ¿Presentarte a un amigo como pareja? ¿Interceder ante mi viejo en tu favor? ¿Sellar una alianza táctico-ofensiva con vos? ¿Darte la dirección de un lugar donde se compran vidas? (Esta última es buena, pero no tengo ninguna dirección.... si alguien sabe, plis... no, videoclips no, gracias. Solo una dirección). ¿Se puede ser tan auténticamente inauténtico? "Pero es lo que siente", diría un bienintencionado (Ronald, tenés más donaciones). OK, se siente dolida, es lógico después de todo. Celebro eso. ¿Pero realmente siente que yo le hago acordar a él? Y en ese caso, ¿está todo mal con él, pero conmigo está todo bien, aunque somos iguales ya que le hago acordar? Lógica, ¿estás? Necesitamos que vengas a resolver una cuestión. "Pero bueno, es sincera" (Ronald, estás a full). Híper sincera. Menos consigo misma, híper sincera. "Es fiel a sí misma" (Ronaaaaaaaaaaaaaaaald). No, creeme que no. Si lo fuera, no caería tan bajo diciendo eso y denigrándose así. ¿La borro? Hmmm.... por ahora no, al menos no me hace acordar a nadie.
"¿Te llevás bien con tu mamá? ¿A qué parte de Argentina te fuiste de vacaciones? ¿Es lindo el lugar? ¿Estás parando en un hostal? ¿Fuiste solo o con amigos? ¿Es caro vivir en Buenos Aires?" Wow wow wow, wait, wait. Demasiadas preguntas para un ex amor de verano de hace dos años, que vive a 5000 km de distancia. ¿No te parece? A ver si nos entendemos, darling. Estoy DE VACACIONES. Trabajo de responder preguntas; en vacaciones, me gustaría no. ¿A qué viene además el cotorreo? ¿Conocés algo en Argentina además de Buenos Aires? (Y dentro de ella, Palermo, Recoleta y el centro) ¿Te suena San Martín de los Andes? No, ¿no? ¿Te cambia mucho la vida si duermo en carpa o hostel? ¿Tenés algún tipo de prejuicio con la gente que viaja sola? (De hecho, te conocí viajando solo). ¿Tenés celos de mis amigos, o de alguien más que pueda conocer? El interrogatorio ahora deviene un monólogo sobre su propia vida. "Cambié de trabajo/me mudé/vino mi madre a visitarme unos días (obvio, si vive de rentas)/estoy muy emocionado por mi amiga que se casa en Italia". Al menos que te invite, sería más emocionante, ¿no? Me consta que dinero no les hace falta, podría tranquilamente invitar a la fiesta a un par, y uds. garparse el viaje con vuestros salarios y rentas familiares tan buenos. Digo, como presumías que eras de clase alta... ¿Cuánto costará un vuelo Quito-Roma, terciando en Madrid? No puede ser mucho más caro que el viaje a EEUU que de tanto en tanto hacés, ¿no? Perdón, claro, estábamos hablando de la emoción. Snif snif. Qué ternura. Casarse en la misma ciudad donde es Papa un nazi. Que por supuesto es homofóbico. Te odia, ¿sabías? Quiere tu muerte. Piensa que el HIV es castigo es justo. Habla de abstinencia sexual (uy, ahora me doy cuenta que con tu manía de las relaciones a distancia le hacés caso). ¿Emoción? ¿Casamiento por Iglesia, a 10000 km de tu lugar de residencia? ¿Contármelo a mí, que estoy a orillas de un lago? ¿Indirecta? ¿Vacío existencial? ¿Llenar el tiempo? ¿Consumir datos a través del celu? ¿Viste algún signo de pregunta de mi parte? ¿Te pregunté algo? ¿Me interesa? ¿Te lo demuestro?
"Amo Glee, me siento identificado". Sí, con el adolescente gay, se sobreentiende. Sufrido personaje, supongo (no vi ni pienso ver Glee). ¿Quién no? No es fàcil ser gay en la adolescencia (volví a decir "gay", se ve que me estoy calmando). De ahí a "identificarme" (a los 25 años) con alguien que habla en otro idioma, vive en otra cultura (duro decirle "cultura" eh... Ronald está un poco indigesto), tiene otras prácticas, y sobre todo, canta, coopta músicas foráneas, nos las empaqueta al tiempo que nos vende cultura yanqui e imperialista, y de paso nos enseña inglés (come on, darling, ningún yanqui habla ese inglés tan prístino y audible... los métodos de enseñanza cambian, pero los chotos ni siquiera nos lo avisan). Yo de adolescente no hacía eso. A menos que en algún remoto lugar de Jordania, ponele, algún personaje de los que yo componía en teatro haya hecho furor (y entonces me están cagando derechos de autor. Voy a ir a SADAIC, que defiende a los artistas. Hola, Ronald). Ah, Freud, mi buen Sigmundo, la identificación ya no es lo que era.
"Tengo una nariz horrible, ganchuda". Decímelo cuando estemos desnudos abrazándonos en la cama. Así te puedo ver mejor, como el lobo. Ay, tenés razón. Horrible, cierto. Mirá vos, y yo ni cuenta me daba. Claro, tan abstraído con tus ojos, con tu conversación, con mi necesidad de estar con alguien. Qué gil, ¿cómo pude no darme cuenta de tu HORRIBLE nariz? ¿Me lo decís como advertencia? Te hago caso, no estoy más con vos. ¿Por qué habría de querer a alguien que no se quiere a sí mismo? Además, si hay algo que no me cabe, son las narices ganchudas. Perdón, es mi lado frívolo. Si quieren puedo probar de identificarme con Glee, a ver si es más simpático. Ponele.
"No fumo, no me drogo, no tomo alcohol, no me hago drama ni me interesan los chanchullos de los demás, nunca soy pasivo". Evidentemente, he venido a tomar un trago con el Límite en persona. Y eso que matemáticamente era imposible alcanzarlo. No, no, no. ¿Me quejo de alguna boludez que escuché por ahí? No te hagas drama, no des bola. Nunca des bola. ¿Querés tomar un trago? No tomo alcohol, era la condición de mis viejos para poder salir. (28 años!!!!!). ¿Saliste con alguien, alguna relación larga, algo así? Salí hace poco dos meses con un pibe. (No te pregunté a quién te cogiste último, sino si tuviste parejas estables. A menos que lo que me contestaste sea lo único. Caso en el que me acuerdo que mañana laburo y debo despertarme temprano). La cosa, claramente, termina naufragando por exceso de limitaciones. Por suerte yo hago terapia y vos hacés reiki (¡!), así que podemos digerirlo y hacer de cuenta que nunca hablamos. "Nunca", una palabra que evidentemente te sienta perfecto.
"Al que le quepa el sayo, que se lo ponga".
Bazar: lugar de venta al por mayor de productos baratos, industriales, chucherías, artificiales, medio pelo, clásicos, vulgares, sin originalidad, masivos, indiferenciados. Un elefante en él: metáfora vital del absurdo, el hastío, el encierro, la soledad, el desborde de la autenticidad, e impulso destructor de la opresión de lo cotidiano y masificado. Baudelaire, Marx, elefante: los necesito, vengan. Al menos traiganme un chocolate caliente. No, Ronald, no quiero un frapuccino. Quiero a Baudelaire, Marx y el elefante.
Unos años antes, Marx criticaba a los diputados de izquierda de la Asamblea surgida al calor de la revolución alemana de 1848, por ser tibios, o fríos, en sus discursos contra el carácter marcadamente antipopular que iba adquiriendo dicha Asamblea. "Dado el carácter antirrevolucionario de la Asamblea, los diputados de izquierda no deberían invitar a la Asamblea a emitir un comunicado favorable a la revolución, sino más bien, obligarla a que se exprese abiertamente en contra". "Los diputados de izquierda evitan ir al grano; temen herir, escandalizar, levantar susceptibilidades...".
Ahora estamos en el 2012. Existen Facebook, para los bienintencionados, y Twitter, para los malintencionados. Lugar de la pura bondad uno, donde se suben fotos del asado del último sábado con Pipi, Melu, Cacho y Chiqui. Lugar de la pura maldad el otro, donde se puede bromear con cualquier cosa, salir impune y hasta ganarse RT, RT. Pero no es lo central esto. Bondad y maldad son solo dos caras de la misma moneda; lo que destila en esas redes sociales (y en otras) son importantes retazos de la subjetividad de cada cual. Gustos, antigustos, militancias, amistades, amores, inquinas, artes. Y sobre todo: miedos y deseos. Expresados consciente o inconscientemente, las redes sociales devienen en una gran vidriera freudiana donde todos somos analistas y analizandos a la vez.
"Gabu, estás re liberado, qué bueno verte así". La típica amiga treintañera que le dice al típico treintañero puto (no quiero decir gay, hoy no quiero quedar bien con nadie, ni siquiera con mis propios principios), fascinada (y horrorizada a la vez) por haber visto una foto del individuo simplemente caminando por la Marcha del Orgullo Gay. Caminando. Sin hacer más nada que eso. Si eso es la liberación, lo que debe ser una foto del individuo cogiendo. La anarquía. El horror. Anoqueatró, dicen los chilenos ("ah no, qué atroz" de este lado de los Andes). Gabu, quien salvo ser puto se amolda perfectamente a las exigencias y modelaciones de este sistema, agradece el cumplido. Es exitoso y libre a la vez. Su pequeña revolución le salió bien. Precisamente por no ser tal, pero él no lo sabe. Él esta liberado, ¿entienden? ¿De qué? ¿Quién lo oprimía? ¿Cómo se liberó? ¿Puede su libertad ayudar a la de otros? Demasiadas preguntas para Gabu, quien presiente que contestarlas le demandará un esfuerzo intelectual muy superior, y sobre todo, desmitificador. Meterse a combatir opresiones e imaginarios sociales.... no, qué aburrido. Nene, dejá de hacer preguntas, y mejor chupásela, eso, dale que lo hacés muy bien. Así su amiga (que evidentemente hace mucho que no lo ve... sino sabría que hace 20 años que se liberó) puede reírse nerviosa, sentir gozo y envidia a la vez, y postear alguna boludez por el estilo que vuelva a reiniciar el círculo.
"Necesito bibliografía para rendir un examen". Un pedido inadecuado para hacer por Facebook, pero bueno, alguien capaz pica el anzuelo. Pican varios. Se suscitan discusiones sobre los temas, sobre las obras, hay acuerdos, desacuerdos parciales, se habilitan otros intercambios. Excepto, claro, con el videoclip que solícitamente alguien aporta como bibliografía. Videoclip. Bibliografía. Videoclip. Bibliografía. Que hay que salirse del paradigma escritural, es claro, no hace falta más sostener el imaginario de rollos de papiro inconmensurables. Pero un videoclip. De una canción de pop. Sí, es cierto, guarda relación con el tema, desde un punto de vista formal y estético. Incluso que hasta político. ¿Pero qué hago con el videoclip, salvo darle me gusta, o compartirlo? ¿Pongo el link en el trabajo, para que el examinador acceda a él y disfrute de cuatro minutos de lo que se supone que es buena música? ¿Lo uso en una presentación oral, corto el hilo discursivo, y digo: "y esto lo ejemplifica", y me pongo a bailar y a hacer una coreo en la sala de examen? ¿Puteo mentalmente al que me lo manda? ¿Le agradezco? ¿Dejo la carrera? ¿Lo hablo en mi terapia?
"Keep moving, keep moving". Lo que parece una orden militar (gringa, además) resulta ser el consolador "avanti morocha" cipayesco, que una existencia que hasta ahora no encontró su felicidad se propina a sí misma para animarse a seguir intentándolo. ¿Cadena de Coriat? ¿El movimiento irrefrenable como metáfora del capitalismo salvaje? ¿Movimiento indefinido, desbocado? ¿Aceleración como sinónimo del capitalismo más irracional? ¿Baile hueco de Tinelli? ¿Figuras desprovistas de sentido? Está todo bien con keeping moving el cuerpo, pero si la cabeza no lo acompaña, vas a terminar decapitado. Porque como dijo un boxeador (mejor dicho, su personaje traducido a serie de TV; yo también soy un espurio en las fuentes que cito) "el cerebro es un músculo, y también hay que entrenarlo". "El corazón también", me podría responder algún bienintencionado de esos que alimentan palomas en la plaza o aporta $2 de su combo a la casa de Ronald MacDonald, que de paso lava capitales y conciencias. Sí, el corazón también. Yo lo ejercito siendo auténtico. Otra opción, claro, es poner "Gabu estás re liberado". Opciones. Nada más que eso.
"No te asustes si un día te borro de acá, lo que pasa es que tu viejo me dejó, está feliz con otra, y eso me pone mal, y te veo a vos y un poco me recuerda a él. Pero la mejor con vos". Después de leer algo así como esta declaración de privacidad, lo primero que experimenté fue un terrible cansancio. Por ende, la necesidad de irme a la cama, taparme muy bien, ver la lluvia caer por la ventana, y tener alguien (sí, pareja con amor y sexo, no me refería a un perro Beagle ni al Espíritu hegeliano) que me arropara, me abrazara, me acariciara la cabeza (la de arriba) y, si no fuera mucho pedir, me trajese un chocolate caliente. Pero analicemos el enunciado: "No te asustes si un día te borro de acá, lo que pasa es que tu viejo me dejó, está feliz con otra, y eso me pone mal, y te veo a vos y un poco me recuerda a él. Pero la mejor con vos". En primer lugar, no me asusta que me borres. Más allá de que nunca te hablo, simplemente me limito a responderte cuando me preguntás. Lo que me asusta es que hayas caído tan bajo para hacer semejante declaración. "Esto no es una propuesta, es una provocación", clama cierta izquierda, y no le falta razón. Lo mismo acá. ¿Qué se supone que haga? ¿Rogarte que no me borres? ¿Pedirte que no me compares con mi viejo? ¿Consolarte porque te dejó? ¿Criticarlo? ¿Negarte que está feliz? ¿Contarte chismerío de la nueva pareja? ¿Borrarte yo antes? ¿Presentarte a un amigo como pareja? ¿Interceder ante mi viejo en tu favor? ¿Sellar una alianza táctico-ofensiva con vos? ¿Darte la dirección de un lugar donde se compran vidas? (Esta última es buena, pero no tengo ninguna dirección.... si alguien sabe, plis... no, videoclips no, gracias. Solo una dirección). ¿Se puede ser tan auténticamente inauténtico? "Pero es lo que siente", diría un bienintencionado (Ronald, tenés más donaciones). OK, se siente dolida, es lógico después de todo. Celebro eso. ¿Pero realmente siente que yo le hago acordar a él? Y en ese caso, ¿está todo mal con él, pero conmigo está todo bien, aunque somos iguales ya que le hago acordar? Lógica, ¿estás? Necesitamos que vengas a resolver una cuestión. "Pero bueno, es sincera" (Ronald, estás a full). Híper sincera. Menos consigo misma, híper sincera. "Es fiel a sí misma" (Ronaaaaaaaaaaaaaaaald). No, creeme que no. Si lo fuera, no caería tan bajo diciendo eso y denigrándose así. ¿La borro? Hmmm.... por ahora no, al menos no me hace acordar a nadie.
"¿Te llevás bien con tu mamá? ¿A qué parte de Argentina te fuiste de vacaciones? ¿Es lindo el lugar? ¿Estás parando en un hostal? ¿Fuiste solo o con amigos? ¿Es caro vivir en Buenos Aires?" Wow wow wow, wait, wait. Demasiadas preguntas para un ex amor de verano de hace dos años, que vive a 5000 km de distancia. ¿No te parece? A ver si nos entendemos, darling. Estoy DE VACACIONES. Trabajo de responder preguntas; en vacaciones, me gustaría no. ¿A qué viene además el cotorreo? ¿Conocés algo en Argentina además de Buenos Aires? (Y dentro de ella, Palermo, Recoleta y el centro) ¿Te suena San Martín de los Andes? No, ¿no? ¿Te cambia mucho la vida si duermo en carpa o hostel? ¿Tenés algún tipo de prejuicio con la gente que viaja sola? (De hecho, te conocí viajando solo). ¿Tenés celos de mis amigos, o de alguien más que pueda conocer? El interrogatorio ahora deviene un monólogo sobre su propia vida. "Cambié de trabajo/me mudé/vino mi madre a visitarme unos días (obvio, si vive de rentas)/estoy muy emocionado por mi amiga que se casa en Italia". Al menos que te invite, sería más emocionante, ¿no? Me consta que dinero no les hace falta, podría tranquilamente invitar a la fiesta a un par, y uds. garparse el viaje con vuestros salarios y rentas familiares tan buenos. Digo, como presumías que eras de clase alta... ¿Cuánto costará un vuelo Quito-Roma, terciando en Madrid? No puede ser mucho más caro que el viaje a EEUU que de tanto en tanto hacés, ¿no? Perdón, claro, estábamos hablando de la emoción. Snif snif. Qué ternura. Casarse en la misma ciudad donde es Papa un nazi. Que por supuesto es homofóbico. Te odia, ¿sabías? Quiere tu muerte. Piensa que el HIV es castigo es justo. Habla de abstinencia sexual (uy, ahora me doy cuenta que con tu manía de las relaciones a distancia le hacés caso). ¿Emoción? ¿Casamiento por Iglesia, a 10000 km de tu lugar de residencia? ¿Contármelo a mí, que estoy a orillas de un lago? ¿Indirecta? ¿Vacío existencial? ¿Llenar el tiempo? ¿Consumir datos a través del celu? ¿Viste algún signo de pregunta de mi parte? ¿Te pregunté algo? ¿Me interesa? ¿Te lo demuestro?
"Amo Glee, me siento identificado". Sí, con el adolescente gay, se sobreentiende. Sufrido personaje, supongo (no vi ni pienso ver Glee). ¿Quién no? No es fàcil ser gay en la adolescencia (volví a decir "gay", se ve que me estoy calmando). De ahí a "identificarme" (a los 25 años) con alguien que habla en otro idioma, vive en otra cultura (duro decirle "cultura" eh... Ronald está un poco indigesto), tiene otras prácticas, y sobre todo, canta, coopta músicas foráneas, nos las empaqueta al tiempo que nos vende cultura yanqui e imperialista, y de paso nos enseña inglés (come on, darling, ningún yanqui habla ese inglés tan prístino y audible... los métodos de enseñanza cambian, pero los chotos ni siquiera nos lo avisan). Yo de adolescente no hacía eso. A menos que en algún remoto lugar de Jordania, ponele, algún personaje de los que yo componía en teatro haya hecho furor (y entonces me están cagando derechos de autor. Voy a ir a SADAIC, que defiende a los artistas. Hola, Ronald). Ah, Freud, mi buen Sigmundo, la identificación ya no es lo que era.
"Tengo una nariz horrible, ganchuda". Decímelo cuando estemos desnudos abrazándonos en la cama. Así te puedo ver mejor, como el lobo. Ay, tenés razón. Horrible, cierto. Mirá vos, y yo ni cuenta me daba. Claro, tan abstraído con tus ojos, con tu conversación, con mi necesidad de estar con alguien. Qué gil, ¿cómo pude no darme cuenta de tu HORRIBLE nariz? ¿Me lo decís como advertencia? Te hago caso, no estoy más con vos. ¿Por qué habría de querer a alguien que no se quiere a sí mismo? Además, si hay algo que no me cabe, son las narices ganchudas. Perdón, es mi lado frívolo. Si quieren puedo probar de identificarme con Glee, a ver si es más simpático. Ponele.
"No fumo, no me drogo, no tomo alcohol, no me hago drama ni me interesan los chanchullos de los demás, nunca soy pasivo". Evidentemente, he venido a tomar un trago con el Límite en persona. Y eso que matemáticamente era imposible alcanzarlo. No, no, no. ¿Me quejo de alguna boludez que escuché por ahí? No te hagas drama, no des bola. Nunca des bola. ¿Querés tomar un trago? No tomo alcohol, era la condición de mis viejos para poder salir. (28 años!!!!!). ¿Saliste con alguien, alguna relación larga, algo así? Salí hace poco dos meses con un pibe. (No te pregunté a quién te cogiste último, sino si tuviste parejas estables. A menos que lo que me contestaste sea lo único. Caso en el que me acuerdo que mañana laburo y debo despertarme temprano). La cosa, claramente, termina naufragando por exceso de limitaciones. Por suerte yo hago terapia y vos hacés reiki (¡!), así que podemos digerirlo y hacer de cuenta que nunca hablamos. "Nunca", una palabra que evidentemente te sienta perfecto.
"Al que le quepa el sayo, que se lo ponga".
Bazar: lugar de venta al por mayor de productos baratos, industriales, chucherías, artificiales, medio pelo, clásicos, vulgares, sin originalidad, masivos, indiferenciados. Un elefante en él: metáfora vital del absurdo, el hastío, el encierro, la soledad, el desborde de la autenticidad, e impulso destructor de la opresión de lo cotidiano y masificado. Baudelaire, Marx, elefante: los necesito, vengan. Al menos traiganme un chocolate caliente. No, Ronald, no quiero un frapuccino. Quiero a Baudelaire, Marx y el elefante.
jueves, 2 de febrero de 2012
El amor en tiempos de tubos de escape
Petrificados frente a lo que parece ser un piquete interminable, los dos colectivos permanecen juntos, sin poder separarse. Los colores rojo y verde, respectivamente, se combinan con el amarillo del sol y el gris del cemento. Suenan bocinazos, bombos, aplausos, silbidos, puteadas. El grupo de manifestantes ha cortado la avenida y el tránsito queda detenido por más de media hora. Los pasajeros se bajan y cruzan a pie. Cada cual en su unidad, Alberto y Jorge se desesperan pacientemente. No sólo han perdido ya su recreo entre cada vuelta, sino que además su trabajo mismo ha quedado desnaturalizado: sin pasajeros, a qué arrear un coche fantasma.... Como la situación se vuelve insostenible del tedio, y haciendo de cuenta que se trata de colectivos de la misma línea, abren sus puertas y se ponen a intercambiar impresiones.
-¿Te quedan muchas vueltas?
-Una después de esta, ¿vos?
-Dos.
-Claro, porque ustedes terminan antes, en Banfield. Nosotros vamos a Adrogué.
-Sí, el sábado a mediodía...
La conversación prosigue rápidamente, casi sin pausas. En cierto momento, Jorge percibe algo extraño: demasiado silencio. Mira instintivamente hacia adelante, y ve que la calzada ha quedado liberada. Los manifestantes, parcialmente cumplidos sus reclamos, se están retirando. La Policía hace gestos impacientes para descomprimir el atasco. Los bocinazos arrecian. Hay que arrancar.
-Chau, nos vemos- dice Alberto, maniobrando el volante.
-Sí, nos vemos- responde Jorge, con una extraña sensación de angustia. No es una mera formalidad ese saludo. Pone primera y arranca.
Hace un calor aplastante ese jueves por la tarde en Ciudad Universitaria. El enero ha convertido a los playones en un virtual desierto. Solo dos pasajeros, sin esperanza de que un coche salga rápido, esperan en la parada. Son las 16:17. El encargado de la línea roja, adiestrado ya naturalmente al horario, asoma la cabeza por el puesto. El micro debería haber salido 16:15. No importa, igual no hay nadie... Jorge está limpiando con una contagiosa sonrisa el coche en el que venía; pasa la escoba, abre las ventanas, revisa los asientos. Son las 16:21. El encargado vuelve a asomarse, esta vez con fastidio. No dice, nada; él y el otro conductor que espera miran a Jorge. Este, abstraído en su pasión limpiadora, sube al coche que ha de manejar, y se pone a repasarlo con la escoba.
-¿Pensás salir, vos?- espeta el encargado.
-Ah, sí, sí...- Jorge responde entre sorprendido y asustado. Enciende el motor, abre la puerta, hace señas a los pasajeros. El micro arranca, finalmente, a las 16:24. El encargado y el otro chofer se miran.
Ninguno de los dos pasajeros tiene prisa. Sin embargo, el más joven de ellos, nota que el colectivo se mueve a una velocidad inusualmente baja. Definitivamente, esta no es una velocidad para andar en autopista. La sospecha se confirma cuando ve pasar a varios camiones por la derecha. Si un camión te pasa, algo estás haciendo mal; esa regla, grabada a fuego en el inconsciente colectivo, confirma las sospechas del pasajero. Ve que un colectivo verde sigue al rojo. Va más rápido, pero el rojo logra interponerse y mantener la delantera. Así cruzarán los bosques de Palermo, en una danza absurda. Finalmente, en una avenida, el verde acelera y pasa al rojo. Jorge mira a la derecha, y se lleva una dura sorpresa. Pegado a la puerta, y tapándole la visual del otro conductor, un joven lo mira, se ríe y le hace un gesto obsceno con la mano. Gesto que también advierte el pasajero, quien no puede evitar una risa. El coche verde, tras haber perpetrado la grosería, acelera y se pierde de vista. Jorge se siente herido en su orgullo, acelera justo a la entrada de la ciudad, comienza a apurar a los pasajeros para que suban. Llega a pasar un semáforo en rojo. "Justo ahora se viene a apurar...", piensa el pasajero. Agarra su celular y postea algo al respecto.
Viernes a la noche en Lomas de Zamora. Jorge y Alberto han coincidido y terminado dos servicios cortos en la estación. La casualidad es bienvenida.
-¿Qué hacés ahora?- pregunta Alberto, siempre jovial. Claramente, es una invitación.
-Nada. Mi novia hoy sale con las amigas del laburo...
-¿Vamos a tomar algo acá a la vuelta?
La propuesta es aceptada. El bar, como todo lugar de paso, es un desfile de parroquianos, generalmente hombres. Circula la cerveza, la hamburguesa y el choripan. Cuatro amigos juegan al truco. Otros dos, a los dados. Un travesti entra y pregunta la hora, recibiendo una silbatina. Algunas parejas pasan veloces, ella se pide un agua y una empanada, él una hamburguesa, y rápido se van.
-¿Vivís solo?- pregunta Alberto. La pregunta pone a Jorge inesperadamente cabizbajo. Si tan solo él pudiera preguntar con esa facilidad... "las cosas me importan demasiado", piensa frecuentemente.
-Con mi novia. Salimos hace tres años, convivimos desde el año pasado...
-¿Y hace mucho que trabajás en la línea?
-Dos años. Antes era cadete...
-Claro, sos pichón.
-¿Vos hace mucho que trabajás en la...?- responde preguntando Jorge. Los diálogos con Alberto lo desorientan. Hay un charme, una naturalidad que sólo allí es posible... y tan peligrosa... y la diferencia de edad... ¿cuántos años tenía Alberto?... y...
-Siete en esta. Antes estaba en la...
-Claro, tenés experiencia. - Jorge cada vez está peor. Todo lo que dice se le antoja peligroso, insinuante, ridículo. ¿Qué le pasa? ¿No era la joven promesa de su línea? ¿Al que le advertían que manejara más lento? Ahora lo pasan los camiones en la autopista...
Las cervezas circulan en el bar. Son las dos de la mañana. A la sexta cerveza, Jorge y Alberto ya ni hablan. La cumbia sigue sonando a todo trapo, pero da igual.
-¿Vamos?- pregunta Alberto, sacando una billetera del bolsillo. Jorge siente un dejo adrenalínico en el cuerpo. Casi ve el abismo abrirse ante sus ojos. Intenta llamar a su novia Luciana, pero no puede. No encuentra el celular, ella además debe estar en el boliche... no va a escuchar. Nunca escucha el teléfono. Jorge de pronto necesita a Luciana desesperadamente, y a la vez, empieza a odiarla. También a Alberto. Todo empieza a dar vueltas. ¿Qué carajo está pasando?
Salen a la calle. Comienzan a caminar al lado de la reja del tren. Alberto pone fraternalmente una mano en el hombro de Jorge. Eso parece al menos. Pero no es. El dique se desmorona irremediablemente.
-Yo...
-Pero...
-¿Te parece?
-Guarda el tren.
-No pasa a esta hora el tren.
-Pará.
-¿Paro?
-No sé. No. Sí.
La ligustrina soporta los dos cuerpos contra ella. Sorprendida por el inesperado espectáculo, no opone resistencia. Un bocinazo los pone en alerta, pero nada que ver, simplemente una mina cruzaba en rojo.
-Hay que ir de acá.
-Sí. ¿A dónde?
-No, yo... un telo- la palabra es hiriente para ambos oídos.
-¿Y dónde...?- la pregunta es estúpida. En cualquier parte hay. Y sobre todo cerca de las estaciones. Pero en este caso...
-¿Dejan pasar dos tipos?- nuevamente, una comprobación dura. Vista desde afuera, la situación es bizarra y digna de una peli de Chaplin. Pero desde adentro... ¿qué les importaba a ellos hacía tres meses si los telos admitían dos tipos? Si eran putos... ¿dónde cogían los putos? ¿Dónde estaban antes?
-En Capital, sí- recuerda Alberto la estrafalaria noticia de cinco años antes. El recordatorio lo excita y lo asusta a la vez. Capital...
-Tomémonos el bondi...
-No, ¿cómo? ¿Y si nos ven?
-Claro, cierto... - la cuestión carece de sentido. Nadie en esa línea los conoce. Ni tiene por qué saber a dónde van, ni a hacer qué. Pero el bondi no es solo un trabajo, es casi un altar y un segundo hogar. Mil mitologías se arremolinan en las cabezas de Jorge y Alberto.
-Tomemos taxi...- esto prácticamente es insultante. Ceder la iniciativa del volante a un tachero es lo menos para un colectivero. Y si el tachero se entera.... y si Luciana en realidad está bailando por Lomas, y sale a fumarse un pucho.... y si... y si... y si...
-A Pompeya, caballero. Sáenz y Alcorta- Alberto intenta imponer autoridad hombruna. El tachero ni le responde, también tiene sus propios quilombos...
Son las cinco y media de la mañana. La habitación huele a hormonas. El aire hace como que funciona. No saben cuándo vence el turno. Igual, ha sido demasiado esta noche...
-¿Y ahora?- por fin, Jorge se anima a hacer una pregunta relevante.
-Y... qué sé yo. Esto...
-Esto es una cagada- se desespera Jorge. La inmadurez y la inexperiencia lo pueden.
-No, Jorge. No es una cagada. Mirame. No es una cagada- Alberto lo sujeta fuerte. Los años no pasan en vano. Tiene un temple más formado... aunque tampoco sabe qué hacer con esto.
-Pero vos...
-¿Nunca le metiste los cuernos a Luciana?- la pregunta es cordial, casi cómplice.
-Una vez, pero...
-Y esto es lo mismo...- dice Alberto, pero se corta. La mentira es evidente. No es lo mismo. Si corneás a tu novia, se lo contás a tu amigo. ¿Pero y si la corneás con tu amigo? Y esto tampoco es un simple polvo, sin compromiso.
Jorge y Alberto se miran desnudos en la cama, en silencio. Deciden pasarse sus celulares. Salen rápido, antes de que amanezca.
La piña resuena fuerte en el bosque. Heridas, algunas hojas salen volando.
-¡Que la dejes!- grita fuera de sí Alberto- ¡Dejala! ¡No la querés más!
-¡¡¡Puto de mierda!!!- grita Jorge- ¡Lacra! ¡Dejame de joder! Por tu culpa, casi me rajan...
-¿Y a mí no? ¡Maricón de mierda! ¡Ocho años en la empresa, y vos... si fuiste vos el que...!
-¡Vos fuiste! ¡Yo estaba con Luciana! ¡Vos, que la ibas de pirata, y te la manducab...!
Otra piña impacta en la cara de Jorge, que cae casi KO al pasto. Una travesti, a punto de terminar su jornada en esa noche de invierno, mira, y se caga de risa. Si está para filmar... saca un pucho y lo prende. Jorge y Alberto son una curiosa mezcla de lujuria (los pantalones de Alberto tienen el cierre bajo, y perdió el cinturón entre los yuyos), de pelea matrimonial y de violencia. Nada es idílico.
-¡Trolo!- grita Alberto, y da una patada a Jorge.
Se produce un silencio. Un remis se lleva a la travesti. Empieza a soplar el viento. Hace menos de diez grados.
-¿Estás bien?- pregunta Alberto. ¿Qué otra cosa podría haber preguntado?
-¿Tenés un pañuelo?- dice Jorge.
-No, pero...- Alberto se quiere matar, literalmente. Esto se fue a la mierda. -Hay una estación de servicio ahí- dice, casi suplicante.
¿Cómo se pide perdón al ser amado? ¿Y cómo se es perdonado? ¿Pueden dos líneas de colectivos echar a trabajadores por ser... gays? ¿Qué es el INADI? Por esas casualidades malhadadas, en ambas líneas se sabía ya lo suyo. Ningún directivo había dicho nada. Pero el impacto era claro. Saludos muy distantes, charlas que no se daban más en los semáforos, jugarretas con los pasajeros...
-Tendrán que acostumbrarse- dijo consoladoramente Alberto. Jorge tenía un ojo en compota. Mejor, licencia médica. Que las aguas se acalmen un poco. Es difícil enojarse con alguien lastimado... El sol termina de salir e ilumina el bar de la estación de servicio. Una paz, ya definitiva, los invade a los dos.
-Vamos a casa- dice Alberto. No hacía falta, ya estaba sobreentendido.
Luciana se tomó sorprendentemente bien la separación de Jorge. En lugar de pedir explicaciones, decidió pedir diez días más de convivencia hasta encontrar un lugar para vivir. ¿Explicaciones para qué? Esto ya no funcionaba. Y no estaba segura de querer saber lo que de alguna forma ya sabía. Jorge sintió un repentino cariño cuando la vio empacando. Era buena mina. Capaz, algún día se podría enterar, y seguir siendo una amiga... Luciana le devolvió la sonrisa. Este viernes volvía a salir con las chicas.
"Tres ambientes, 60 metros, $500 de expensas, con cable, dueño directo...". Jorge y Alberto se sonríen. El departamento soñado. Los padres de Alberto ponían la garantía. "Mientras seas feliz..." había dicho la madre. En las empresas, las cosas habían mejorado también. Volvían los servicios cortos, los horarios diurnos, alguna que otra charla en el semáforo, los mates en la cabecera. Un compañero de Alberto hasta ofreció el auto para la mudanza.
-Que venga Jorge, también...- invitó tímidamente otro compañero de Alberto a un asado. Se cagaron de risa. Jugaron al truco, hablaron de minas, alguna pegunta medio pudorosa e indiscreta sobre la intimidad de la pareja se coló. Generaba curiosidad, pero ya no era tabú. Hasta sacaron una foto de un pico. ¿Y si otros se descubrían? La posibilidad generó una risotada, pero dejó a varios pensando. Mientras no te pase un tren por encima... quién sabe. ¿Por qué no?
-¿Te quedan muchas vueltas?
-Una después de esta, ¿vos?
-Dos.
-Claro, porque ustedes terminan antes, en Banfield. Nosotros vamos a Adrogué.
-Sí, el sábado a mediodía...
La conversación prosigue rápidamente, casi sin pausas. En cierto momento, Jorge percibe algo extraño: demasiado silencio. Mira instintivamente hacia adelante, y ve que la calzada ha quedado liberada. Los manifestantes, parcialmente cumplidos sus reclamos, se están retirando. La Policía hace gestos impacientes para descomprimir el atasco. Los bocinazos arrecian. Hay que arrancar.
-Chau, nos vemos- dice Alberto, maniobrando el volante.
-Sí, nos vemos- responde Jorge, con una extraña sensación de angustia. No es una mera formalidad ese saludo. Pone primera y arranca.
Hace un calor aplastante ese jueves por la tarde en Ciudad Universitaria. El enero ha convertido a los playones en un virtual desierto. Solo dos pasajeros, sin esperanza de que un coche salga rápido, esperan en la parada. Son las 16:17. El encargado de la línea roja, adiestrado ya naturalmente al horario, asoma la cabeza por el puesto. El micro debería haber salido 16:15. No importa, igual no hay nadie... Jorge está limpiando con una contagiosa sonrisa el coche en el que venía; pasa la escoba, abre las ventanas, revisa los asientos. Son las 16:21. El encargado vuelve a asomarse, esta vez con fastidio. No dice, nada; él y el otro conductor que espera miran a Jorge. Este, abstraído en su pasión limpiadora, sube al coche que ha de manejar, y se pone a repasarlo con la escoba.
-¿Pensás salir, vos?- espeta el encargado.
-Ah, sí, sí...- Jorge responde entre sorprendido y asustado. Enciende el motor, abre la puerta, hace señas a los pasajeros. El micro arranca, finalmente, a las 16:24. El encargado y el otro chofer se miran.
Ninguno de los dos pasajeros tiene prisa. Sin embargo, el más joven de ellos, nota que el colectivo se mueve a una velocidad inusualmente baja. Definitivamente, esta no es una velocidad para andar en autopista. La sospecha se confirma cuando ve pasar a varios camiones por la derecha. Si un camión te pasa, algo estás haciendo mal; esa regla, grabada a fuego en el inconsciente colectivo, confirma las sospechas del pasajero. Ve que un colectivo verde sigue al rojo. Va más rápido, pero el rojo logra interponerse y mantener la delantera. Así cruzarán los bosques de Palermo, en una danza absurda. Finalmente, en una avenida, el verde acelera y pasa al rojo. Jorge mira a la derecha, y se lleva una dura sorpresa. Pegado a la puerta, y tapándole la visual del otro conductor, un joven lo mira, se ríe y le hace un gesto obsceno con la mano. Gesto que también advierte el pasajero, quien no puede evitar una risa. El coche verde, tras haber perpetrado la grosería, acelera y se pierde de vista. Jorge se siente herido en su orgullo, acelera justo a la entrada de la ciudad, comienza a apurar a los pasajeros para que suban. Llega a pasar un semáforo en rojo. "Justo ahora se viene a apurar...", piensa el pasajero. Agarra su celular y postea algo al respecto.
Viernes a la noche en Lomas de Zamora. Jorge y Alberto han coincidido y terminado dos servicios cortos en la estación. La casualidad es bienvenida.
-¿Qué hacés ahora?- pregunta Alberto, siempre jovial. Claramente, es una invitación.
-Nada. Mi novia hoy sale con las amigas del laburo...
-¿Vamos a tomar algo acá a la vuelta?
La propuesta es aceptada. El bar, como todo lugar de paso, es un desfile de parroquianos, generalmente hombres. Circula la cerveza, la hamburguesa y el choripan. Cuatro amigos juegan al truco. Otros dos, a los dados. Un travesti entra y pregunta la hora, recibiendo una silbatina. Algunas parejas pasan veloces, ella se pide un agua y una empanada, él una hamburguesa, y rápido se van.
-¿Vivís solo?- pregunta Alberto. La pregunta pone a Jorge inesperadamente cabizbajo. Si tan solo él pudiera preguntar con esa facilidad... "las cosas me importan demasiado", piensa frecuentemente.
-Con mi novia. Salimos hace tres años, convivimos desde el año pasado...
-¿Y hace mucho que trabajás en la línea?
-Dos años. Antes era cadete...
-Claro, sos pichón.
-¿Vos hace mucho que trabajás en la...?- responde preguntando Jorge. Los diálogos con Alberto lo desorientan. Hay un charme, una naturalidad que sólo allí es posible... y tan peligrosa... y la diferencia de edad... ¿cuántos años tenía Alberto?... y...
-Siete en esta. Antes estaba en la...
-Claro, tenés experiencia. - Jorge cada vez está peor. Todo lo que dice se le antoja peligroso, insinuante, ridículo. ¿Qué le pasa? ¿No era la joven promesa de su línea? ¿Al que le advertían que manejara más lento? Ahora lo pasan los camiones en la autopista...
Las cervezas circulan en el bar. Son las dos de la mañana. A la sexta cerveza, Jorge y Alberto ya ni hablan. La cumbia sigue sonando a todo trapo, pero da igual.
-¿Vamos?- pregunta Alberto, sacando una billetera del bolsillo. Jorge siente un dejo adrenalínico en el cuerpo. Casi ve el abismo abrirse ante sus ojos. Intenta llamar a su novia Luciana, pero no puede. No encuentra el celular, ella además debe estar en el boliche... no va a escuchar. Nunca escucha el teléfono. Jorge de pronto necesita a Luciana desesperadamente, y a la vez, empieza a odiarla. También a Alberto. Todo empieza a dar vueltas. ¿Qué carajo está pasando?
Salen a la calle. Comienzan a caminar al lado de la reja del tren. Alberto pone fraternalmente una mano en el hombro de Jorge. Eso parece al menos. Pero no es. El dique se desmorona irremediablemente.
-Yo...
-Pero...
-¿Te parece?
-Guarda el tren.
-No pasa a esta hora el tren.
-Pará.
-¿Paro?
-No sé. No. Sí.
La ligustrina soporta los dos cuerpos contra ella. Sorprendida por el inesperado espectáculo, no opone resistencia. Un bocinazo los pone en alerta, pero nada que ver, simplemente una mina cruzaba en rojo.
-Hay que ir de acá.
-Sí. ¿A dónde?
-No, yo... un telo- la palabra es hiriente para ambos oídos.
-¿Y dónde...?- la pregunta es estúpida. En cualquier parte hay. Y sobre todo cerca de las estaciones. Pero en este caso...
-¿Dejan pasar dos tipos?- nuevamente, una comprobación dura. Vista desde afuera, la situación es bizarra y digna de una peli de Chaplin. Pero desde adentro... ¿qué les importaba a ellos hacía tres meses si los telos admitían dos tipos? Si eran putos... ¿dónde cogían los putos? ¿Dónde estaban antes?
-En Capital, sí- recuerda Alberto la estrafalaria noticia de cinco años antes. El recordatorio lo excita y lo asusta a la vez. Capital...
-Tomémonos el bondi...
-No, ¿cómo? ¿Y si nos ven?
-Claro, cierto... - la cuestión carece de sentido. Nadie en esa línea los conoce. Ni tiene por qué saber a dónde van, ni a hacer qué. Pero el bondi no es solo un trabajo, es casi un altar y un segundo hogar. Mil mitologías se arremolinan en las cabezas de Jorge y Alberto.
-Tomemos taxi...- esto prácticamente es insultante. Ceder la iniciativa del volante a un tachero es lo menos para un colectivero. Y si el tachero se entera.... y si Luciana en realidad está bailando por Lomas, y sale a fumarse un pucho.... y si... y si... y si...
-A Pompeya, caballero. Sáenz y Alcorta- Alberto intenta imponer autoridad hombruna. El tachero ni le responde, también tiene sus propios quilombos...
Son las cinco y media de la mañana. La habitación huele a hormonas. El aire hace como que funciona. No saben cuándo vence el turno. Igual, ha sido demasiado esta noche...
-¿Y ahora?- por fin, Jorge se anima a hacer una pregunta relevante.
-Y... qué sé yo. Esto...
-Esto es una cagada- se desespera Jorge. La inmadurez y la inexperiencia lo pueden.
-No, Jorge. No es una cagada. Mirame. No es una cagada- Alberto lo sujeta fuerte. Los años no pasan en vano. Tiene un temple más formado... aunque tampoco sabe qué hacer con esto.
-Pero vos...
-¿Nunca le metiste los cuernos a Luciana?- la pregunta es cordial, casi cómplice.
-Una vez, pero...
-Y esto es lo mismo...- dice Alberto, pero se corta. La mentira es evidente. No es lo mismo. Si corneás a tu novia, se lo contás a tu amigo. ¿Pero y si la corneás con tu amigo? Y esto tampoco es un simple polvo, sin compromiso.
Jorge y Alberto se miran desnudos en la cama, en silencio. Deciden pasarse sus celulares. Salen rápido, antes de que amanezca.
La piña resuena fuerte en el bosque. Heridas, algunas hojas salen volando.
-¡Que la dejes!- grita fuera de sí Alberto- ¡Dejala! ¡No la querés más!
-¡¡¡Puto de mierda!!!- grita Jorge- ¡Lacra! ¡Dejame de joder! Por tu culpa, casi me rajan...
-¿Y a mí no? ¡Maricón de mierda! ¡Ocho años en la empresa, y vos... si fuiste vos el que...!
-¡Vos fuiste! ¡Yo estaba con Luciana! ¡Vos, que la ibas de pirata, y te la manducab...!
Otra piña impacta en la cara de Jorge, que cae casi KO al pasto. Una travesti, a punto de terminar su jornada en esa noche de invierno, mira, y se caga de risa. Si está para filmar... saca un pucho y lo prende. Jorge y Alberto son una curiosa mezcla de lujuria (los pantalones de Alberto tienen el cierre bajo, y perdió el cinturón entre los yuyos), de pelea matrimonial y de violencia. Nada es idílico.
-¡Trolo!- grita Alberto, y da una patada a Jorge.
Se produce un silencio. Un remis se lleva a la travesti. Empieza a soplar el viento. Hace menos de diez grados.
-¿Estás bien?- pregunta Alberto. ¿Qué otra cosa podría haber preguntado?
-¿Tenés un pañuelo?- dice Jorge.
-No, pero...- Alberto se quiere matar, literalmente. Esto se fue a la mierda. -Hay una estación de servicio ahí- dice, casi suplicante.
¿Cómo se pide perdón al ser amado? ¿Y cómo se es perdonado? ¿Pueden dos líneas de colectivos echar a trabajadores por ser... gays? ¿Qué es el INADI? Por esas casualidades malhadadas, en ambas líneas se sabía ya lo suyo. Ningún directivo había dicho nada. Pero el impacto era claro. Saludos muy distantes, charlas que no se daban más en los semáforos, jugarretas con los pasajeros...
-Tendrán que acostumbrarse- dijo consoladoramente Alberto. Jorge tenía un ojo en compota. Mejor, licencia médica. Que las aguas se acalmen un poco. Es difícil enojarse con alguien lastimado... El sol termina de salir e ilumina el bar de la estación de servicio. Una paz, ya definitiva, los invade a los dos.
-Vamos a casa- dice Alberto. No hacía falta, ya estaba sobreentendido.
Luciana se tomó sorprendentemente bien la separación de Jorge. En lugar de pedir explicaciones, decidió pedir diez días más de convivencia hasta encontrar un lugar para vivir. ¿Explicaciones para qué? Esto ya no funcionaba. Y no estaba segura de querer saber lo que de alguna forma ya sabía. Jorge sintió un repentino cariño cuando la vio empacando. Era buena mina. Capaz, algún día se podría enterar, y seguir siendo una amiga... Luciana le devolvió la sonrisa. Este viernes volvía a salir con las chicas.
"Tres ambientes, 60 metros, $500 de expensas, con cable, dueño directo...". Jorge y Alberto se sonríen. El departamento soñado. Los padres de Alberto ponían la garantía. "Mientras seas feliz..." había dicho la madre. En las empresas, las cosas habían mejorado también. Volvían los servicios cortos, los horarios diurnos, alguna que otra charla en el semáforo, los mates en la cabecera. Un compañero de Alberto hasta ofreció el auto para la mudanza.
-Que venga Jorge, también...- invitó tímidamente otro compañero de Alberto a un asado. Se cagaron de risa. Jugaron al truco, hablaron de minas, alguna pegunta medio pudorosa e indiscreta sobre la intimidad de la pareja se coló. Generaba curiosidad, pero ya no era tabú. Hasta sacaron una foto de un pico. ¿Y si otros se descubrían? La posibilidad generó una risotada, pero dejó a varios pensando. Mientras no te pase un tren por encima... quién sabe. ¿Por qué no?
viernes, 23 de diciembre de 2011
Desiertos
Tirada boca arriba en la cama fresca de un inhóspito paraje, ella ve pasar la vida desde abajo. El techo y las paredes se le revelan frescos, acogedores y carceleros a un tiempo. Aspira aire, a falta de nada mejor que hacer. Su larga, crónica e indistinguida enfermedad ya se hizo carne en ella; ella y su enfermedad son un solo cuerpo, mente y alma. Su enfermedad la vive, ella vive su enfermedad. Está descansando de labores mínimas, fútiles casi, vanas totalmente; el agobio es permanente. Ella es feliz tirada boca arriba, es su reposo inconmensurable. Respira hondo, y cierra los ojos. A lo lejos, alguien corta el escaso pasto de la región.
Un río con árboles y playas mansas. Un campo con pasto suave. Kilómetros de distancia entre ellos. Los amigos y las parejas, sin que se sepa bien quién es quién, ora van a una, ora al otro. Nadan juntos en el río, chapotean en el agua casi estanca. El sol pega fuerte pero con cariño. La playa invita al sueño, a la modorra, a la narcolepsia. El campo es risueño, todos ruedan en el pasto. Se sacan fotos, se arman poses, se imitan mármoles. Caen manzanas acarameladas del cielo. Se oye una campana de iglesia. En la playa, canta una cigarra.
El desierto abrasa, hace 50 grados. El sol monopoliza los sentidos. El agua fresca es un bien precioso. Sopla un viento rudo que levanta arena. El jeep, contra todo pronóstico, acelera de pronto, y va rapidísimo. 60, 80, 120, quién sabe. El tiempo y las distancias en el desierto son iguales, eternas, mortalmente aburridas. Ella grita histéricamente, se suelta el pelo rubio, la ropa se va desanudando y flotando en la estela del viento. Él se hiperconcentra en el volante, postura fija y rígida que no abandonará en las largas horas de trayecto. Un CD con música del lugar de destino compite contra el viento, los gritos y los motores. Lejos, muy lejos, el mar y la ciudad los esperan, con sus gentes, sus comidas y sus aromas. No tiene sentido apurarse, pero ellos lo hacen igual.
Urbe. Un día gris y a temperatura promedio, podría ser cualquier estación del año. Alguna hora indistinta de la mañana. Un departamento genéricamente bien puesto. Un viento frío. Sensación salada. Ella se pasea con poca ropa, viendo el gris que amenaza detrás del vidrio. Prepara tostadas con queso blanco. La vida es siempre igual. La vela de ayer a la noche se apagó. No hay ganas de poner música. Hedonismo sin sentido, objeto ni final. Él duerme desnudo, tapado por una sábana blanca.
Una ruta frecuentada por camiones pesados. El sol se pone detrás del caserío. Las campanadas que llaman a misa no dejan de sonar, acompasándose con los motores de los camiones. Pasa algún ciclista local, manso, sin dejarse amilanar por el estruendo. El humo de la fábrica otea el cielo. Todo se combina para un cuadro pavoroso, donde todos subsisten y perviven a la industria. Un río de lágrimas corre por su cara. Hora de dejar ir y de dejar venir; la humanidad se desborda, no cabe en los estrechos límites sociales, necesita de colectivismo, de granjas, de aire, de agua; de más lágrimas. El ruido sordo se hace una mezcla pastosa; su mente vuela lejos. Ya se fue. No necesita más que seguir acostado/a a la vera de la ruta. Solo eso.
Un río con árboles y playas mansas. Un campo con pasto suave. Kilómetros de distancia entre ellos. Los amigos y las parejas, sin que se sepa bien quién es quién, ora van a una, ora al otro. Nadan juntos en el río, chapotean en el agua casi estanca. El sol pega fuerte pero con cariño. La playa invita al sueño, a la modorra, a la narcolepsia. El campo es risueño, todos ruedan en el pasto. Se sacan fotos, se arman poses, se imitan mármoles. Caen manzanas acarameladas del cielo. Se oye una campana de iglesia. En la playa, canta una cigarra.
El desierto abrasa, hace 50 grados. El sol monopoliza los sentidos. El agua fresca es un bien precioso. Sopla un viento rudo que levanta arena. El jeep, contra todo pronóstico, acelera de pronto, y va rapidísimo. 60, 80, 120, quién sabe. El tiempo y las distancias en el desierto son iguales, eternas, mortalmente aburridas. Ella grita histéricamente, se suelta el pelo rubio, la ropa se va desanudando y flotando en la estela del viento. Él se hiperconcentra en el volante, postura fija y rígida que no abandonará en las largas horas de trayecto. Un CD con música del lugar de destino compite contra el viento, los gritos y los motores. Lejos, muy lejos, el mar y la ciudad los esperan, con sus gentes, sus comidas y sus aromas. No tiene sentido apurarse, pero ellos lo hacen igual.
Urbe. Un día gris y a temperatura promedio, podría ser cualquier estación del año. Alguna hora indistinta de la mañana. Un departamento genéricamente bien puesto. Un viento frío. Sensación salada. Ella se pasea con poca ropa, viendo el gris que amenaza detrás del vidrio. Prepara tostadas con queso blanco. La vida es siempre igual. La vela de ayer a la noche se apagó. No hay ganas de poner música. Hedonismo sin sentido, objeto ni final. Él duerme desnudo, tapado por una sábana blanca.
Una ruta frecuentada por camiones pesados. El sol se pone detrás del caserío. Las campanadas que llaman a misa no dejan de sonar, acompasándose con los motores de los camiones. Pasa algún ciclista local, manso, sin dejarse amilanar por el estruendo. El humo de la fábrica otea el cielo. Todo se combina para un cuadro pavoroso, donde todos subsisten y perviven a la industria. Un río de lágrimas corre por su cara. Hora de dejar ir y de dejar venir; la humanidad se desborda, no cabe en los estrechos límites sociales, necesita de colectivismo, de granjas, de aire, de agua; de más lágrimas. El ruido sordo se hace una mezcla pastosa; su mente vuela lejos. Ya se fue. No necesita más que seguir acostado/a a la vera de la ruta. Solo eso.
lunes, 21 de noviembre de 2011
Domingos
Hay domingos en el club.
Hay domingos en familia.
Hay domingos solo.
Hay domingos religiosos.
Hay domingos de pura droga.
El domingo es el jardín trasero de la semana. Y la puerta de entrada a la otra semana también.
El domingo es el día de la alegría en pareja. El domingo es el día de la soledad ruinosa.
Domingo de amores presentes, domingo de amores lejanos. Domingo de amores ausentes, domingo de amores futuros, domingo de amores pasados.
Domingo de paz, domingo de estudio, domingo de deporte, domingo de competencia, domingo de violencia, domingo de miedo.
Domingos literarios, domingos cinéfilos, domingos teatrales, domingos culinarios.
El domingo es pescar en el río, es cantar en las ruinas jesuíticas, es tirarse en el pasto, es comer una manzana acaramelada, es escuchar Edith Piaf e ir de la mano por la calle.
Domingos de militancia, domingos de privatismo. Domingos de calor humano, domingos de aire acondicionado.
Domingos japoneses, europeos, suizos, americanos, africanos.
El domingo es ir por la ruta en el desierto escuchando música country.
Hay domingos de otoño, tristes, encantados, de cuentos de hadas, de paseos en el bosque, de lágrimas sin motivo.
Hay domingos de invierno, de chocolate, de fuego, de salidas cortas, de estancias largas, de desbordes mentales.
Hay domingos de primavera, suaves, dulces, tiernos, ausentes, bellos, de paz.
Hay domingos de verano, populosos, con hielo, en el río, comida, baile, música.
El domingo es encuentro, el domingo es desencuentro.
El domingo es relajación, sinceridad, amor, encuentro, simplicidad; las cosas son como son, y no intentan ser como deberían. Lo fáctico le gana a lo teórico, lo desborda, lo envuelve, lo resignifica. "No me jodás, no es así...". El domingo es el día del fluir, de la fluidez, de los fluidos.
Domingos de clase, domingos de reconciliación social. Domingos auténticos.
Fluires (in)finitos de tiempo que atraviesan las existencias, modulando los cuerpos, creando otra vida, otra temporalidad, otra forma, otra filosofía. Otros: el domingo es otredad, ruptura y continuidad.
Lágrimas, risas, abrazos, líquidos, sólidos, camas, pastos, paredes, telas, pinturas, deseos, recuerdos, añoranzas, esperanzas. Gran licuadora de fluires.
Domingo.
Domingo.
Domingo, yo te conjuro y te invoco, te llamo y te desprecio, te busco y te rechazo. Soy en ti, soy contra ti, soy con otros por ti. Soy. Soy. Soy lo que fui, soy lo que seré, nunca más fui lo que seré, no seré más lo que fui, no soy lo que soy. Seré todo. No seré nada. Simplemente seré, soy y fui, una esencia sutil y flotante, evanescente.
Como el domingo.
Hay domingos en familia.
Hay domingos solo.
Hay domingos religiosos.
Hay domingos de pura droga.
El domingo es el jardín trasero de la semana. Y la puerta de entrada a la otra semana también.
El domingo es el día de la alegría en pareja. El domingo es el día de la soledad ruinosa.
Domingo de amores presentes, domingo de amores lejanos. Domingo de amores ausentes, domingo de amores futuros, domingo de amores pasados.
Domingo de paz, domingo de estudio, domingo de deporte, domingo de competencia, domingo de violencia, domingo de miedo.
Domingos literarios, domingos cinéfilos, domingos teatrales, domingos culinarios.
El domingo es pescar en el río, es cantar en las ruinas jesuíticas, es tirarse en el pasto, es comer una manzana acaramelada, es escuchar Edith Piaf e ir de la mano por la calle.
Domingos de militancia, domingos de privatismo. Domingos de calor humano, domingos de aire acondicionado.
Domingos japoneses, europeos, suizos, americanos, africanos.
El domingo es ir por la ruta en el desierto escuchando música country.
Hay domingos de otoño, tristes, encantados, de cuentos de hadas, de paseos en el bosque, de lágrimas sin motivo.
Hay domingos de invierno, de chocolate, de fuego, de salidas cortas, de estancias largas, de desbordes mentales.
Hay domingos de primavera, suaves, dulces, tiernos, ausentes, bellos, de paz.
Hay domingos de verano, populosos, con hielo, en el río, comida, baile, música.
El domingo es encuentro, el domingo es desencuentro.
El domingo es relajación, sinceridad, amor, encuentro, simplicidad; las cosas son como son, y no intentan ser como deberían. Lo fáctico le gana a lo teórico, lo desborda, lo envuelve, lo resignifica. "No me jodás, no es así...". El domingo es el día del fluir, de la fluidez, de los fluidos.
Domingos de clase, domingos de reconciliación social. Domingos auténticos.
Fluires (in)finitos de tiempo que atraviesan las existencias, modulando los cuerpos, creando otra vida, otra temporalidad, otra forma, otra filosofía. Otros: el domingo es otredad, ruptura y continuidad.
Lágrimas, risas, abrazos, líquidos, sólidos, camas, pastos, paredes, telas, pinturas, deseos, recuerdos, añoranzas, esperanzas. Gran licuadora de fluires.
Domingo.
Domingo.
Domingo, yo te conjuro y te invoco, te llamo y te desprecio, te busco y te rechazo. Soy en ti, soy contra ti, soy con otros por ti. Soy. Soy. Soy lo que fui, soy lo que seré, nunca más fui lo que seré, no seré más lo que fui, no soy lo que soy. Seré todo. No seré nada. Simplemente seré, soy y fui, una esencia sutil y flotante, evanescente.
Como el domingo.
sábado, 10 de septiembre de 2011
Apatía y contradicción
Escribo esto por el simple gusto de escorchar. No tengo ganas de hacer nada. Nada de nada. Ni dormir. Se supone que debería estudiar, no tengo ganas. Es viernes a la noche, podría salir, tampoco tengo ganas. Podría escuchar música... algo hay que no me permite poner el reproductor en la compu. Podría comer, sí... no me convence. Podría dormir, sé que lo necesito, y no quiero irme a acostar, aunque en realidad sí quiero, no lo hago porque no sé qué.
Y lo peor es que a pesar de este fastidio, de todos estos "debería" y "no lo hago", no la estoy pasando mal. Siento que necesito ser improductivo (gracias Bataille, aunque no hablabas tanto de eso), pasar horas en la compu sin hacer nada más que saludar a gente que se conecte al pedorro chat de Facebook (by the way, ¿Anonymous lo atacará? Quisiera ver ese espectáculo, aunque implique perder mi principal medio de difusión al mundo). Paja también de sostener una conversación. Paja de ver mails. Paja de trabajar (y eso que ahora no tengo un trabajo tan malo).
Acaso esté muy cansado de las múltiples actividades que tengo. Tal vez el estar en un buen momento en mi vida me quite las ganas y la necesidad de moverme por algo mejor. Capaz no sea tan feliz como creo. A lo mejor, simplemente, tengo anemia. Tal vez me está ganando el contrarrevolucionario (mi romance con el trotskysmo pende de un hilo luego de ciertas boludeces que escuché estos días). Quién sabe. Lo que sé es que necesito recluirme en mi propio (no) deseo, borrarme levemente del mundo, y pensar, o no, hasta que algo venga a turbar esta paz apática que hoy me reina. ¿Qué pasa cuando uno consigue algo que quiso mucho tiempo, y de pronto queda sin objetivo, sin molestia, sin motor? ¿Qué pasa si ese algo es contradictorio con otros motores de vida? ¿Cómo se vive sanamente en la contradicción? "Hazte anarquista y conseguirás un puesto en el Estado": tal mi extraña posición... gozosa, al fin y al cabo (tal vez ese gozo sea lo extraño, luego de mucho tiempo de autoflagelarme aceptando trabajos de mierda).
¿Cómo pretender respetar y conocer el ritmo del cuerpo, y bancarse una hora y media parado arriba de un bondi?
¿Cómo amar la facultad y odiar ir a clases?
¿Cómo encontrar placer en la queja?
¿Cómo no salir, ni dormir, ni estudiar, ni estar con tu pareja, ni tener un amante?
¿Cómo bancarse la felicidad? ¿Cómo asumir que uno tiene derecho a pasarla bien, aunque sea haciendo nada? ¿Cómo se puede hacer la nada?
¿Cómo no escupir al cielo? ¿Cómo revolucionar sin que lo repriman a uno?
¿Cómo hacer para que no lo consuelen a uno, si uno no está mal e igual no puede evitar quejarse?
¿Cómo hacer para que esto se sepa, y a la vez siga siendo privado?
Repito: ¿Cómo vivir sanamente en la contradicción?
Y lo peor es que a pesar de este fastidio, de todos estos "debería" y "no lo hago", no la estoy pasando mal. Siento que necesito ser improductivo (gracias Bataille, aunque no hablabas tanto de eso), pasar horas en la compu sin hacer nada más que saludar a gente que se conecte al pedorro chat de Facebook (by the way, ¿Anonymous lo atacará? Quisiera ver ese espectáculo, aunque implique perder mi principal medio de difusión al mundo). Paja también de sostener una conversación. Paja de ver mails. Paja de trabajar (y eso que ahora no tengo un trabajo tan malo).
Acaso esté muy cansado de las múltiples actividades que tengo. Tal vez el estar en un buen momento en mi vida me quite las ganas y la necesidad de moverme por algo mejor. Capaz no sea tan feliz como creo. A lo mejor, simplemente, tengo anemia. Tal vez me está ganando el contrarrevolucionario (mi romance con el trotskysmo pende de un hilo luego de ciertas boludeces que escuché estos días). Quién sabe. Lo que sé es que necesito recluirme en mi propio (no) deseo, borrarme levemente del mundo, y pensar, o no, hasta que algo venga a turbar esta paz apática que hoy me reina. ¿Qué pasa cuando uno consigue algo que quiso mucho tiempo, y de pronto queda sin objetivo, sin molestia, sin motor? ¿Qué pasa si ese algo es contradictorio con otros motores de vida? ¿Cómo se vive sanamente en la contradicción? "Hazte anarquista y conseguirás un puesto en el Estado": tal mi extraña posición... gozosa, al fin y al cabo (tal vez ese gozo sea lo extraño, luego de mucho tiempo de autoflagelarme aceptando trabajos de mierda).
¿Cómo pretender respetar y conocer el ritmo del cuerpo, y bancarse una hora y media parado arriba de un bondi?
¿Cómo amar la facultad y odiar ir a clases?
¿Cómo encontrar placer en la queja?
¿Cómo no salir, ni dormir, ni estudiar, ni estar con tu pareja, ni tener un amante?
¿Cómo bancarse la felicidad? ¿Cómo asumir que uno tiene derecho a pasarla bien, aunque sea haciendo nada? ¿Cómo se puede hacer la nada?
¿Cómo no escupir al cielo? ¿Cómo revolucionar sin que lo repriman a uno?
¿Cómo hacer para que no lo consuelen a uno, si uno no está mal e igual no puede evitar quejarse?
¿Cómo hacer para que esto se sepa, y a la vez siga siendo privado?
Repito: ¿Cómo vivir sanamente en la contradicción?
sábado, 9 de julio de 2011
Ideología de call center sin disculpas
El subject de este post es bien claro, ya lo indica su título. Tal vez lo más interesante, y que sirva de vía de acceso, sea la modalidad, o la intención, que también aparece en el título: "sin disculpas". No es casual esta referencia, y esto por dos razones. La primera, que parafrasea un artículo de Ernesto Laclau, "Posmarxismo sin pedido de disculpas", donde comete el "pecado" (no sé si corresponden las comillas) de declararse posmarxista y de criticar a dicha teoría, lo cual le vale una catarata de críticas de la ortodoxia marxista, a la cual responde, justamente, "sin pedir disculpas". Pero hoy no versaremos sobre tan elevadas cumbres filosóficas; abordaremos, más bien, la prosaica realidad de un call center dedicado al cobro de deudas bancarias, en el cual, por esas vueltas de la vida, me encuentro trabajando. Y aquí entroncamos con la segunda razón para este no-pedido de disculpas a tan nefasta institución: la del call center. Aquí vamos.
a) "Disculpas, por nada. Vos estás trabajando, no te disculpes por hacer tu trabajo". La frase pertenece al capacitador, a la sazón team leader también del call. Me quería decir que no debo iniciar el llamado con "disculpe la molestia, busco a...". En ningún caso. Ni aunque me toque llamar, como es mi caso, un domingo a las 9 AM, a un posible vecino, que tal vez ni siquiera lo sea. O a la viuda, o a alguien que se llama igual pero vive a 1.000 km de distancia. De hecho, este tipo, cuando queda a nuestro cargo domingo por medio, nos obliga e hincha para que a las 9 en punto empecemos a llamar; ni tiempo de tomarse un mate, aunque haga -2 grados centígrados. Un auténtico enfermo. Según este psicópata de opereta, uno está trabajando y debe sentirse orgulloso de ello. Tampoco vale el razonable argumento de que siendo amable, tal vez uno consiga información; un falso pedido de disculpas a veces abre puertas. Pero está claro que acá se va más allá de una táctica de abordaje: acá se trata de portar con orgullo la condición de laburante de un call, aunque implique denigrarse y denigrar al otro. Aunque rompa descansos, sueños, deseos, vidas; son deudores, mierda, tenemos derecho a no dejarlos dormir, a violentarlos y a no pedirles disculpas. Somos todopoderosos, tenemos la razón y la lógica de nuestro lado. Nada de disculpas por ser un explotado que molesta a otros explotados; la frente bien alta, y seguí llamando que si no no cobramos.
b) "Notamos que tus recreos son de 18 minutos en vez de los 15 reglamentarios". Hasta que me la dijeron, yo pensaba que una frase así solo podía venir de tres clases de sujetos: 1) una rata; 2) un viejo demente de esos que solo tienen el impulso de medir el tiempo, cada cuánto van al baño, y se quedan balbuceando conclusiones al respecto; 3) un amante despechado que busca roña a cualquier precio, y dice esta frase para desencadenar la pelea. No obstante, la encargada de proferir tamaña miseria verbal fue la mina de back office encargada de ver cuánto hablan los operadores por día. Una buchona, en resumidas cuentas. Una ñoqui cuyos recreos sí duran más de 15 y 18 minutos. Amparada en la clásica situación del apriete: me sentaron a solas con ella, mi supervisor y mi team leader. Los tres diciendo que era necesario que aumentara mi rendimiento, lo cual, ellos piensan, ingenuos, que se debe a los 3 minutos de más del recreo y no al odio y al hastío que trabajo tan degenerado me provoca. "Estamos en condiciones de exigirte que rindas más", dice la buchona; cavila un poco ante su propia palabra, y después toma valor y repite "sí, exigir". Una heroína, Juana de Arco la envidia desde la tumba. Miedo hasta de decir "exigir". Yo, que hace mucho que vengo estudiando el lenguaje y sus violencias simbólicas, me río; cuando ella va, yo ya volví. OK, estás exigiendo. No es simpático, pero hacete cargo de lo que significa eso. No pretendas que te queramos, porque no estás para eso. Estás para cagarnos a pedos, bancate lo que eso genera. El apriete terminó con una victoria mía: les pedí copia del reporte "para estudiarlo mejor en casa y pensar cómo puedo mejorar". Caritas incrédulas, balbuceos, confusión: no se esperaban tanta obsecuencia. La buchona comienza a argüir que no es posible, porque no les gusta comparar con otros operadores, que es información privada mía (¡pero por eso me la quiero llevar!), y etc. No la escucho más; ella y el resto son una fantoche. El clásico recurso de dividir la información; en verdad, mi rendimiento no es tan malo, y si no quieren que se compare, es porque no quieren que el resto se dé cuenta que cagan a pedos a todos independientemente de cómo rindan. Sigo mi camino, aunque con tres minutos menos de recreo.
c) "Salgan a cobrar con el cuchillo entre los dientes". La autora de semejante patoteada es compañera de la buchona anterior; esta la va de buena, organiza salidas grupales los viernes a la noche y es la encargada de distribuir los casos. Si sos bueno y tenés antigüedad , te asigna deudas de $50.000 o más, con gente dispuesta a pagar ante el primer llamado. Si sos nuevo y pedorro como yo, deudas de $500 de hace más de 15 años. (Aclaro que en este call se cobra, además del básico, comisiones sobre lo que se recauda; esta mujer acaso sea la que más influye en las comisiones que se perciben: ella promete comisiones de hasta $2.000 por mes si se gestiona bien; yo cobré $14 (sí, catorce). Claramente, debo dedicarme a otra cosa. Menos mal que esto no es lo mío, igual). Volviendo a la exuberante imagen del cuchillo entre los dientes -dicho sea de paso, si te pegan una piña, te cortan la boca- esta fémina insta a los operadores a buscar los casos "hasta debajo de la cama, y en el cajón si es necesario". "A ponerse la camiseta de Credilogros" (usurera entidad para la que recaudamos). "Vamos terceros; por honor (???), tenemos que ir primeros". Su honor, será; a mí me da exactamente lo mismo, no me excita ser el recaudador estrella de la usura financiera. Los deudores no son enemigos, repiten todos; pero a la primera de cambio, se traicionan con frases evidentemente belicosas como esta. La pasión por la sangre (económica), el combate, la adrenalina, el acelerador a fondo, la potencia a mil aunque sean las 8 de la mañana o sea domingo, o el deudor esté muerto. Todo a full, todo up, todo rápido, todo más; nada alcanza a estas máquinas tragamonedas, siempre más arriba. "Meta desafío" se llama la meta más alta que hay que alcanzar. La deuda es un combate, y hay que ganarlo, aunque sea a un muerto.
d) "No crean que nosotros devolvemos los casos positivos, al contrario; otros estudios devuelven mierda, nosotros también". Misma autora de c), esta vez se refiere a la rotación de casos que organiza Credirobos (digo, logros) entre los estudios. Exigen que se devuelvan x cantidad de casos, y asigna otra x cantidad de casos. Los estudios (o call centers, como el mío), se agolpan a las rodillas de CL para que les asigne casos jugosos; el intercambio de favores sexuales en esta instancia debe ser digno de la porno más osada. Claro está (si uno es capitalista, por supus), que los estudios se desprenden de lo que no pueden cobrar: muertos que no entregan certificado de defunción, gente sin teléfonos, familiares hostiles, desempleados, mentirosos, extranjeros repatriados, etc. A este conjunto de incobrables, la fanática de la lucha libre crediticia le dice "mierda": sustantivo colectivo, en este caso. No importa si son personas que no pueden -o no quieren- pagar, si es porque las engañaron, son delincuentes, no están, o se niegan a ser parte del sistema. Si no pagan por cuestiones políticas, o económicas, o qué onda. Si tienen familia, o no, qué hacen los domingos a la tarde (cuando el call no funciona). Yo no le pido, claro está, que se interese por estos aspectos; pero de ahí a reducirlos a "mierda", hay un trecho peligrosamente largo. La objetivación del otro, (y más en "mierda") es el inicio de los totalitarismos y fundamentalismos; Hitler no empezó de manera muy distinta.
e) "Las clases bajas sacan créditos para vivir y así sobreviven, y no los devuelven: son aprovechadoras, como usted". Lo triste de esta es que la dijo una operadora. Es decir, una laburante. Que cobra $1700 por mes (más comisiones, que intuyo deben superar mis $14) por ir a hablar un domingo a las 9 am a un tipo que hace años se caga de la risa de la entidad, de la deuda y de los pobres infelices que trabajamos de reclamarle por teléfono una deuda (¿Hay algo más absurdo, Ionescamente hablando, que llamar a alguien y cerrar una negociación de deuda por teléfono?). La operadora modelo se expone así, primero, a una sanción de la patronal; no está permitido maltratar a los deudores (obvio, si hay que cobrarles...). Pero más allá de eso, revela su odio de clase, su miseria infantil y su resentimiento de rata moribunda de hambre; arribista sin escalera, medio pelo tilinga, traidora de clase, personificación de lo vulgar, todo cuanto se le diga es poco. Ella cree que no deber es sinónimo de clase alta; como los "vecinos honestos" de Soldati que cagaban muy honestamente a tiros a los ocupantes del Parque, creen que tener el ABL al día es pasaporte a la felicidad. Tan ciega está en su miseria, que no repara en la idiotez que dice; la clase alta jamás va a aceptar trabajar en un call center mugroso, dirigiéndose a deudores de clase media baja, por magros $1700; y sobre todo, un domingo a la mañana. Ella cree que es de rica estar a las 9 am de un domingo llamando gente para que le paguen $200; se figura que en los banquetes del Hotel Alvear o del Faena se habla de carteras de morosos. Dos palabras nada más: pobre imbécil.
f) "Me fascina Julio Verne". Esta pertenece a la secretaria. Ser vulgar si los hay; siempre de mal humor, irremediablemente más fea y menos elegante que su compañera de la tarde, auténtico fracaso que vive quejándose de que no la llaman de otros trabajos (en verdad, yo también me quejo... pero no me considero, justamente, lo más por trabajar en semejante lugar), no sabe ni pasar bien un llamado, y hasta se arroga el derecho de ponerte cara de orto si te tiene que abrir la puerta (para eso te pagan, querida... es apretar un botoncito, nada más). También, se atreve a recriminarte que te tomás el recreo junto a tu compañera de cartera, y que ella no tiene a quién derivarle el caso. Varias cositas: 1) Mentile y decile al cliente que llame después. 2) Aprendé bien a qué interno tenés que llamar; no sos nueva, hace varios años que estás ahí. 3) Si ni mi supervisor me dice cuándo me tomo el recreo, definitivamente, no creo que vos estés autorizada para ello. Pero acá lo grave no es que la señorita lea a Julio Verne, al contrario. El problema es que saca el libro justo cuando los operadores se toman el recreo, así la ven leyendo. También los transeúntes, que la ven desde la ventana. Con este sutil gesto de coquetería y rebeldía (la llega a agarrar alguien de arriba leyendo y mostrando en público que en el call no se hace nada, y sabés qué...) ella llama la atención. También se realiza, ella no cobra comisiones, está del otro lado de la puerta (la que tiene que abrir), se debe aburrir como una ostra, no pertenece de hecho al mundo del call, es solo su frontera. Se hace la interesante, la que le pasan cosas profundas; pela el libro, en una patética muestra de autoafirmación cultural, para que la vean, le pregunten, le charlen y le comenten. "Mirá qué profunda soy, leo Julio Verne"; es como si se pusiera zancos para otear más alto, mientras se hunde en el mismo barro que todos nosotros. Yo entiendo que te aburras y quieras hacer algo con ello; pero probá hacer como tu compañera de la tarde, con saludar y sonreír, te va a ir mejor que leyendo a Verne. Además, si te gusta, leelo en tu casa; no le des al call center la facha y la letra de que aún con lo mierda que es, uno puede cultivarse, relajarse y ser feliz. Porque la verdad es que no, y vos lo sabés mejor que nadie.
Podría seguir, pero creo que con esto ya es suficiente. Hago propia la afirmación de mi compañero Ignacio: el call center es la institución a destruir en el siglo XXI. Espero que este post contribuya a ello.
Hasta la próxima.
a) "Disculpas, por nada. Vos estás trabajando, no te disculpes por hacer tu trabajo". La frase pertenece al capacitador, a la sazón team leader también del call. Me quería decir que no debo iniciar el llamado con "disculpe la molestia, busco a...". En ningún caso. Ni aunque me toque llamar, como es mi caso, un domingo a las 9 AM, a un posible vecino, que tal vez ni siquiera lo sea. O a la viuda, o a alguien que se llama igual pero vive a 1.000 km de distancia. De hecho, este tipo, cuando queda a nuestro cargo domingo por medio, nos obliga e hincha para que a las 9 en punto empecemos a llamar; ni tiempo de tomarse un mate, aunque haga -2 grados centígrados. Un auténtico enfermo. Según este psicópata de opereta, uno está trabajando y debe sentirse orgulloso de ello. Tampoco vale el razonable argumento de que siendo amable, tal vez uno consiga información; un falso pedido de disculpas a veces abre puertas. Pero está claro que acá se va más allá de una táctica de abordaje: acá se trata de portar con orgullo la condición de laburante de un call, aunque implique denigrarse y denigrar al otro. Aunque rompa descansos, sueños, deseos, vidas; son deudores, mierda, tenemos derecho a no dejarlos dormir, a violentarlos y a no pedirles disculpas. Somos todopoderosos, tenemos la razón y la lógica de nuestro lado. Nada de disculpas por ser un explotado que molesta a otros explotados; la frente bien alta, y seguí llamando que si no no cobramos.
b) "Notamos que tus recreos son de 18 minutos en vez de los 15 reglamentarios". Hasta que me la dijeron, yo pensaba que una frase así solo podía venir de tres clases de sujetos: 1) una rata; 2) un viejo demente de esos que solo tienen el impulso de medir el tiempo, cada cuánto van al baño, y se quedan balbuceando conclusiones al respecto; 3) un amante despechado que busca roña a cualquier precio, y dice esta frase para desencadenar la pelea. No obstante, la encargada de proferir tamaña miseria verbal fue la mina de back office encargada de ver cuánto hablan los operadores por día. Una buchona, en resumidas cuentas. Una ñoqui cuyos recreos sí duran más de 15 y 18 minutos. Amparada en la clásica situación del apriete: me sentaron a solas con ella, mi supervisor y mi team leader. Los tres diciendo que era necesario que aumentara mi rendimiento, lo cual, ellos piensan, ingenuos, que se debe a los 3 minutos de más del recreo y no al odio y al hastío que trabajo tan degenerado me provoca. "Estamos en condiciones de exigirte que rindas más", dice la buchona; cavila un poco ante su propia palabra, y después toma valor y repite "sí, exigir". Una heroína, Juana de Arco la envidia desde la tumba. Miedo hasta de decir "exigir". Yo, que hace mucho que vengo estudiando el lenguaje y sus violencias simbólicas, me río; cuando ella va, yo ya volví. OK, estás exigiendo. No es simpático, pero hacete cargo de lo que significa eso. No pretendas que te queramos, porque no estás para eso. Estás para cagarnos a pedos, bancate lo que eso genera. El apriete terminó con una victoria mía: les pedí copia del reporte "para estudiarlo mejor en casa y pensar cómo puedo mejorar". Caritas incrédulas, balbuceos, confusión: no se esperaban tanta obsecuencia. La buchona comienza a argüir que no es posible, porque no les gusta comparar con otros operadores, que es información privada mía (¡pero por eso me la quiero llevar!), y etc. No la escucho más; ella y el resto son una fantoche. El clásico recurso de dividir la información; en verdad, mi rendimiento no es tan malo, y si no quieren que se compare, es porque no quieren que el resto se dé cuenta que cagan a pedos a todos independientemente de cómo rindan. Sigo mi camino, aunque con tres minutos menos de recreo.
c) "Salgan a cobrar con el cuchillo entre los dientes". La autora de semejante patoteada es compañera de la buchona anterior; esta la va de buena, organiza salidas grupales los viernes a la noche y es la encargada de distribuir los casos. Si sos bueno y tenés antigüedad , te asigna deudas de $50.000 o más, con gente dispuesta a pagar ante el primer llamado. Si sos nuevo y pedorro como yo, deudas de $500 de hace más de 15 años. (Aclaro que en este call se cobra, además del básico, comisiones sobre lo que se recauda; esta mujer acaso sea la que más influye en las comisiones que se perciben: ella promete comisiones de hasta $2.000 por mes si se gestiona bien; yo cobré $14 (sí, catorce). Claramente, debo dedicarme a otra cosa. Menos mal que esto no es lo mío, igual). Volviendo a la exuberante imagen del cuchillo entre los dientes -dicho sea de paso, si te pegan una piña, te cortan la boca- esta fémina insta a los operadores a buscar los casos "hasta debajo de la cama, y en el cajón si es necesario". "A ponerse la camiseta de Credilogros" (usurera entidad para la que recaudamos). "Vamos terceros; por honor (???), tenemos que ir primeros". Su honor, será; a mí me da exactamente lo mismo, no me excita ser el recaudador estrella de la usura financiera. Los deudores no son enemigos, repiten todos; pero a la primera de cambio, se traicionan con frases evidentemente belicosas como esta. La pasión por la sangre (económica), el combate, la adrenalina, el acelerador a fondo, la potencia a mil aunque sean las 8 de la mañana o sea domingo, o el deudor esté muerto. Todo a full, todo up, todo rápido, todo más; nada alcanza a estas máquinas tragamonedas, siempre más arriba. "Meta desafío" se llama la meta más alta que hay que alcanzar. La deuda es un combate, y hay que ganarlo, aunque sea a un muerto.
d) "No crean que nosotros devolvemos los casos positivos, al contrario; otros estudios devuelven mierda, nosotros también". Misma autora de c), esta vez se refiere a la rotación de casos que organiza Credirobos (digo, logros) entre los estudios. Exigen que se devuelvan x cantidad de casos, y asigna otra x cantidad de casos. Los estudios (o call centers, como el mío), se agolpan a las rodillas de CL para que les asigne casos jugosos; el intercambio de favores sexuales en esta instancia debe ser digno de la porno más osada. Claro está (si uno es capitalista, por supus), que los estudios se desprenden de lo que no pueden cobrar: muertos que no entregan certificado de defunción, gente sin teléfonos, familiares hostiles, desempleados, mentirosos, extranjeros repatriados, etc. A este conjunto de incobrables, la fanática de la lucha libre crediticia le dice "mierda": sustantivo colectivo, en este caso. No importa si son personas que no pueden -o no quieren- pagar, si es porque las engañaron, son delincuentes, no están, o se niegan a ser parte del sistema. Si no pagan por cuestiones políticas, o económicas, o qué onda. Si tienen familia, o no, qué hacen los domingos a la tarde (cuando el call no funciona). Yo no le pido, claro está, que se interese por estos aspectos; pero de ahí a reducirlos a "mierda", hay un trecho peligrosamente largo. La objetivación del otro, (y más en "mierda") es el inicio de los totalitarismos y fundamentalismos; Hitler no empezó de manera muy distinta.
e) "Las clases bajas sacan créditos para vivir y así sobreviven, y no los devuelven: son aprovechadoras, como usted". Lo triste de esta es que la dijo una operadora. Es decir, una laburante. Que cobra $1700 por mes (más comisiones, que intuyo deben superar mis $14) por ir a hablar un domingo a las 9 am a un tipo que hace años se caga de la risa de la entidad, de la deuda y de los pobres infelices que trabajamos de reclamarle por teléfono una deuda (¿Hay algo más absurdo, Ionescamente hablando, que llamar a alguien y cerrar una negociación de deuda por teléfono?). La operadora modelo se expone así, primero, a una sanción de la patronal; no está permitido maltratar a los deudores (obvio, si hay que cobrarles...). Pero más allá de eso, revela su odio de clase, su miseria infantil y su resentimiento de rata moribunda de hambre; arribista sin escalera, medio pelo tilinga, traidora de clase, personificación de lo vulgar, todo cuanto se le diga es poco. Ella cree que no deber es sinónimo de clase alta; como los "vecinos honestos" de Soldati que cagaban muy honestamente a tiros a los ocupantes del Parque, creen que tener el ABL al día es pasaporte a la felicidad. Tan ciega está en su miseria, que no repara en la idiotez que dice; la clase alta jamás va a aceptar trabajar en un call center mugroso, dirigiéndose a deudores de clase media baja, por magros $1700; y sobre todo, un domingo a la mañana. Ella cree que es de rica estar a las 9 am de un domingo llamando gente para que le paguen $200; se figura que en los banquetes del Hotel Alvear o del Faena se habla de carteras de morosos. Dos palabras nada más: pobre imbécil.
f) "Me fascina Julio Verne". Esta pertenece a la secretaria. Ser vulgar si los hay; siempre de mal humor, irremediablemente más fea y menos elegante que su compañera de la tarde, auténtico fracaso que vive quejándose de que no la llaman de otros trabajos (en verdad, yo también me quejo... pero no me considero, justamente, lo más por trabajar en semejante lugar), no sabe ni pasar bien un llamado, y hasta se arroga el derecho de ponerte cara de orto si te tiene que abrir la puerta (para eso te pagan, querida... es apretar un botoncito, nada más). También, se atreve a recriminarte que te tomás el recreo junto a tu compañera de cartera, y que ella no tiene a quién derivarle el caso. Varias cositas: 1) Mentile y decile al cliente que llame después. 2) Aprendé bien a qué interno tenés que llamar; no sos nueva, hace varios años que estás ahí. 3) Si ni mi supervisor me dice cuándo me tomo el recreo, definitivamente, no creo que vos estés autorizada para ello. Pero acá lo grave no es que la señorita lea a Julio Verne, al contrario. El problema es que saca el libro justo cuando los operadores se toman el recreo, así la ven leyendo. También los transeúntes, que la ven desde la ventana. Con este sutil gesto de coquetería y rebeldía (la llega a agarrar alguien de arriba leyendo y mostrando en público que en el call no se hace nada, y sabés qué...) ella llama la atención. También se realiza, ella no cobra comisiones, está del otro lado de la puerta (la que tiene que abrir), se debe aburrir como una ostra, no pertenece de hecho al mundo del call, es solo su frontera. Se hace la interesante, la que le pasan cosas profundas; pela el libro, en una patética muestra de autoafirmación cultural, para que la vean, le pregunten, le charlen y le comenten. "Mirá qué profunda soy, leo Julio Verne"; es como si se pusiera zancos para otear más alto, mientras se hunde en el mismo barro que todos nosotros. Yo entiendo que te aburras y quieras hacer algo con ello; pero probá hacer como tu compañera de la tarde, con saludar y sonreír, te va a ir mejor que leyendo a Verne. Además, si te gusta, leelo en tu casa; no le des al call center la facha y la letra de que aún con lo mierda que es, uno puede cultivarse, relajarse y ser feliz. Porque la verdad es que no, y vos lo sabés mejor que nadie.
Podría seguir, pero creo que con esto ya es suficiente. Hago propia la afirmación de mi compañero Ignacio: el call center es la institución a destruir en el siglo XXI. Espero que este post contribuya a ello.
Hasta la próxima.
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