domingo, 4 de noviembre de 2012

Fríos gustares

Me preguntaron la otra vez si no me gustabas.
Respondí que no.
Me hubiera gustado responder que un poco, tal vez, quizás, capaz, quién sabe, sí.

Extraña revolución la que se hace en los jardines del palacio real.
Extraño ida y vuelta donde no nos encontramos salvo fugazmente para desencontrarnos, y desear volver a encontrarnos.
Extraños fríos diálogos llenos de corazones.

Cierta vez, y cuando un vendaval de lluvia fría se abalanzaba sobre mí casi sin piedad, me dirigiste una mirada poco menos que lujuriosa. Y te odié, y me rebelé, y huí como venía huyendo de otras cuatro miradas lascivas. Y sin embargo, la tuya persistió al vendaval; y cuando el sol salió de nuevo, fue solo para descubrir que quería más de esa mirada. Y no me la diriges, porque yo no te la dirijo, porque no me la diriges, y así hasta el infinito.

Me reclamas soledades que yo quiero tener, pero no para darte; y cuando te las quiero dar, no las quieres recibir. Vivimos bailando acompasadamente una coreografía donde siempre estamos por encontrarnos, y nunca nos encontramos.

Y miro a ver si me miras, y si me miras, dejo de mirar. Te oigo oírme. Percibo que esperamos juntos aquel momento donde ya no haya más nada que esperar; y juntos lo vemos pasar de largo, y la cuenta comienza a correr de nuevo.

Nunca me gustó tu nombre, ni tus círculos, ni tu forma de ser; y sin embargo, todo eso combinado en vos, amenaza peligrosamente con gustarme, con desequilibrarme, con deshelarme, con tirar por abajo las sólidas defensas que construyo, con ahínco verdaderamente sádico, contra quienes quieren saquearme, y peor aún, solo pueden saquearme. Y llegas con esa combinación de reprobabilidades, que sumadas y juntas, dan el único resultado positivo que me interesa.

Extraña cuenta aritmética que rompe aún más viejos supuestos(saurios) que ya no explican el mundo, no lo comprenden, no lo operan, no lo transforman, no lo crean.

Y tal vez eso me guste; no entenderte, y saber que no me entiendes tampoco. Como dos seres mutuamente hechizados para mirarse sin nunca comprender, vamos vos y yo bailando esta danza del absurdo que, por absurda, me empieza a gustar y no quiero que la música se termine, antes bien, prefiero danzar y danzar, danzar y danzar, hasta encontrar en vos ese abrazo que sea una ducha caliente, y donde las miradas lascivas ya no acosen, sino que sean tiernas confirmaciones de lo que ya se sabe: que inexplicablemente, nos gustamos y queremos seguir bailando juntos.

sábado, 15 de septiembre de 2012

Bacchanalia

Llamas rojas, vestidos verdes, faldas violetas, ojos azules, pieles blancas, noches frías, faroles amarillos que quieren ser cálidos, humos negros que complementan el ahogo, noches aún más negras que desahogan el ahogo del humo negro que quiere ahogar, como se rehoga una cebolla en manteca hasta que más aceite la ahoga aún mas...

1 y 3.
Blanco y amarillo.
Rusia y China.
Arroz y puré.
Harina y manteca.
Femenino/masculina, femenina/masculino.

Un viernes a la tarde que se ahoga en sopores soleados, una intensa relajación se desploma sobre el cuerpo, que llegue la noche ya...
Farolitos de playa que se encienden en la incipiente noche, balalaikas que invitan a la danza, restaurantes costosos (¿qué restaura el restaurant?), arte y glamour impregnados en la piel, cual Heno de Pravia...
Un sábado que empieza danzarín, estilizado, con mayoliva, danza clásica cisnéfila.

El derrape, el derrumbe, la caída al foso, la salida del camino. La estancia en la playa, la playa en la estancia, la cigarra que suena, mi guitarra y vos, basta de rosca mental, las cosas son simples, seamos libres lo demás no importa nada.

Corrientes y sus farolas, bares, pizzerías, restaurantes, Nac and Pops, confiterías, teatros, cines, cultura, cultura, factura. Gente que viene y que va, debates, disquisiciones entre queso de Guerrín sobre Guernica, posibilidades, alteridades, improbabilidades, la grasa de la mozzarella abriga del frío polar.

Siempre hay un momento de septiembre que es gris. Siempre hay un momento de octubre donde se ve la Luna. Siempre hay un momento de noviembre donde llueve. Siempre en diciembre se baila algo.

El domingo te contagia alegría a electroshocks, saltá y sé feliz, mierda, los bajos fondos respiran y salen a la luz... quizás muchos lloren a la madrugada, pero eso no se ve. El lunes es racionalismo, a las 9 de la mañana hay una cita con Descartes.

Vino y chocolate.

Desborde imaginativo. Lujurias privadas y mínimas, conversaciones sexuales aburridas, el sol del Oeste no es para que te chamuyen imbecilidades. El del Este, tampoco.

Personajes que no interpretan nada. Públicos obtusos que les creen. Desencuentro de la imagen y el imaginario, de la realidad y la conversa.

La gente quiere..., y me chupa un huevo, que sigan queriendo, no soy de "la gente", a duras penas (si es que), de mí mismo.

Oligarquía de sentimientos, fuentes de juventud agotándose, un espejo que se rompe a medida que se hace más bello y refleja menos la fealdad del mundo.

Licencia sin goce. Goce con y sin licencia. ¿Licenciado en qué, y sobre todo, para qué? Licencia poética, hábil subterfugio para decir pelotudeces, mentiras e inexactitudes y que te aplaudan por ello, cual pase de varita mágica. Hegemonía gramsciana vertida sobre la poesía.

La educación y el Estado, la rosca política y la formación de conciencia. Flan con dulce de leche.

El que se quemó con leche y llora, ve una vaca.

¿Un año? No vas a poder, mejor no lo intentes. Que no lo intentes te digo. Ah, intentaste y te salió mal... jodete.

Pasá la gorrita si querés, pero con ese discurso mendicante nadie te va a tirar un sope.

PROHIBIDA LA LÁSTIMA, diría un cartel en alguna entrada. Llantos no; alegrías fingidas, tampoco. Hipocresía, menos. Falsa conciencia, menos aún.

Hay un mundo mejor, y no siempre es carísimo, el tema es no gastar en mundos de mierda. Lo bueno, lo que querés, aparece, pero uno generalmente está ocupado en lo que no quiere. Y no sé si la culpa de ello reside exclusivamente en este sistema.

Tantas ganas de ponerse a bailar, hacer piruetas y cabriolas sobre los expedientes, los textos y las notas, interpretarle un personaje a la ventana, cantarle a la escalera, improvisarse una polka en el pasillo... ah, pero no, ahí viene la realidad en forma de órdenes, imperativos, y censuras. No importa, en el finde, capaz, tal vez, un ratito. Eso sí, no van a estar los expedientes para que te vengues de ellos.

No me llames nunca más, no me escribas, no me pienses, no te comuniques. Eso sí, antes abrazame. Buena vida y mejor muerte.

Las últimas lluvias del invierno son aún más fuertes, los tinglados parecen colapsar, pero detrás de toda esa furia se ve el solcito, la brisa, el pasto, las flores, y todo eso que llamamos primavera. Paz, imbéciles, paz. Yo que vos no me vestiría más de negro.

"Welcome to my world", dice un cartel destartalado de madera podrida. "Bienvenidos a Maimará", dicen letras blancas de Hollywood sobre el cementerio de la llamada Maimará.

Yo diría simplemente "venidos", y que el bien o el mal, lo ponga cada cual.

lunes, 18 de junio de 2012

Fenomenología del chisme

Abordaré un tema siempre controvertido, polémico, indeseable, criticado, denostado, marginado, discriminado: el chisme. Ancestral como la misma Humanidad, colado permanentemente donde y cuando sea, siempre intentado de erradicar, el viejo y clásico chisme persiste siempre en los pasillos, en las cocinas, en los balcones, en los encuentros, en los tés y los cafés, en los ascensores...

¿A qué se debe esta tenaz persistencia de este pícaro que insiste en tergiversar todo, en contrariar y en alegrar a tantos y tantas? ¿Y por qué se lo persigue tanto? ¿Dónde y en torno a qué se juega esta lucha?

Mi hipótesis es que el chisme constituye un modo otro de informar, y de circulación de la información. Buena parte, por no decir la mayoría, de las relaciones humanas cotidianas se basa en intercambiar chismes. Y eso, aunque parezca y sea tratado como un hecho banal, es parte fundamental de la construcción de inteligibilidad, es decir, de saber qué corno pasa en un lugar con la gente que hay allí. Resulta imposible entender ciertas relaciones de poder sin saber que Fulanito se come a Menganita; que Zutanita se lleva mal con el padre; que Lopecito votó al kirchnerismo la última vez, y que Perecito le debe plata a Perenganito. Esos saberes, en apariencia inocuos, explican que las solicitudes de Menganita reciban rápido tratamiento, que Zutanita maltrate a los hombres, que Lopecito reciba (o no) más beneficios de lo que le corresponden, y que Perenganito nunca critique a Perecito.

El chisme, entonces, permite actualizar el conocimiento que se tiene de un lugar y de su gente y sus circunstancias. Un novato deja de serlo cuando es admitido en los chismes, y logra acceder, progresivamente, a la larga lista de informaciones vedada y oculta al público, que fluye subterráneamente en los tiempos muertos. Por supuesto que el chisme es un arma de doble filo: ser admitido en el chismerío implica, inexorablemente, que sobre uno también comiencen a circular chismes, reales unos, inverosímiles otros.

De manera que el chisme consiste en una forma de informar que va a lo cotidiano, lo real, lo humano, lo personal, lo subjetivo. Y aquí comienza el problema: existe, también desde la más negra noche de los tiempos, otra forma de informar y crear conciencia y saber: la institucional, u "oficial". El discurso oficial, público, privado o cooperativo, lo mismo da, intenta permanentemente crear unidad, identidad, borrar el conflicto, y de paso, las subjetividades. Las personas se diluyen en un "nosotros" mayestático, o en un "se" impersonal, que sólo busca generar consenso en torno a relaciones de poder muy bien disimuladas. Y he aquí el clásico ejemplo de la gacetilla de prensa, o el organigrama, o el mapa; tal es presidente, tal vicepresidente, tal secretaria, tales vocales oficialistas, tales vocales opositores. Punto. No más, ¿para qué? Esta estructura es la que recibe el novato, y el ajeno; se le marca un recorrido interpretativo por el cual debe actuar y comprender lo que cada cual le dice. El esquema parece funcionar adecuadamente, hasta que llega el primer chisme desmitificando; y ahí todo empieza a derrumbarse, cuestionarse, enrarecerse, perder sentido unificador y generar sentidos conflictivos.

Puntualicemos esto último: si el discurso oficial genera unidad, y fija relaciones de la manera más impersonal posible, el chisme se centra, justamente, en el disenso y la subjetividad. Un suceso no es chisme si no implica conflicto de alguna manera para alguien o algo; y es justamente, el conflicto entre el papel que la institución da, y el cual debería respetarse cual libreto de teatro, y aquella subjetividad que hace que el papel sea violado todas las veces en que se pueda. El chisme, entonces, es un relato, un discurso, de la resistencia de los sujetos a ocupar un lugar prístino e inmaculado, autorizado por vaya a saberse qué poder. El chisme es venganza, es broma, es burla, es hurto, es sustracción, es picardía que desenmascara, cual Carnaval, a los actores que todos intentamos ser para triunfar en esta sociedad.

No estoy diciendo con esto que el chisme sea el lugar de la pura rebeldía inmaculada, mientras que el discurso oficial sea siempre y solamente el lugar de la abstracción alienante. Como toda táctica y método, el chisme puede ser soldado de dos frentes distintos: el chisme puede volverse funcional, en ámbitos bien opresivos, a la misma opresión, y servir para penalizar y perseguir las resistencias. Como tristes ejemplos, encontramos al soplón de las dictaduras y tiranías, o bien de los trabajos, que, valiéndose justamente del chisme en tanto relato trivial de trivialidades, da la voz de alerta para hundir a alguien que intentaba resistir. De lo cual, el chisme dependerá, como todo, del contexto en el que circule, y de cómo sea apropiado por unos u otros.

Personalmente, me permito desconfiar de aquellas personas que se molestan por el chusmerío que existe en sus lugares de actuación. Por empezar, no casualmente los empleadores, las autoridades, los directivos, etc. (el poder, en suma), intentan siempre generar reuniones "clarificadoras", "cursos desmitificadores", "gacetillas informativas", "acabar con el radiopasillo". Intentan coartar la libre circulación de información y saberes entre los subordinados, e imponer la suya propia. El chisme es espontáneo, e inesperado; uno nunca sabe que lo puede recibir, hasta que lo recibe. La información oficial, en cambio, es bien pautada y previsible: "a partir de tal momento...", "reunión a tal hora con tal y tal", "hablaremos sobre...".

Otro motivo de mi desconfianza a los que se quejan del chisme es, simplemente, la pura necesidad informativa; dado que el chisme cubre buena parte de nuestras informaciones sobre los lugares donde estamos; ¿cómo catzo creen que se van a enterar? ¿Esperan que haya un folleto oficial, un programa de radio, una entrevista con el jefe, donde se les diga que hay que tratar mejor a Fulana que a Zutana porque es amiga de la secundaria de Mengana? ¿Realmente creen que la gente va a trabajar, estudiar o militar, ocho, diez o doce horas seguidas, cinco, seis o siete días a la semana, para no producir ningún intercambio personal? ¿Que las personas solo trabajan en su puesto de trabajo, y que se limitan a hablar de trabajo? ¿Que vivimos en el mundo de Descartes? ¿O será que les molesta en realidad, que circulen sus chismes, pero no les molesta tanto enterarse de los de otros? Nunca escuché a ninguno de estos renegados quejarse de haberse enterado algo que no querían. Curiosa casualidad.

Conclusión: el chisme es una forma distinta de circular información, que puntualiza sobre lo subjetivo y lo cotidiano, tiende a generar identificación más que distancia entre quien lo dice y quien lo escucha, y puede ser una resistencia contra el papel normalizador que intentan imponer las instituciones, borrando justamente los nítidos límites que estas intentan imponer a cada cual. Como modo informativo de la resistencia, es imposible erradicarlo, ya que las resistencias siempre están, y siempre necesitan de información (o contrainformación); dado que lo institucional no llena lo subjetivo, el chisme cumple ese papel, dotando a cada espacio de una vitalidad que es la que genera el conflicto, siempre presente en todas partes.

Seguiría, pero oigo a la encargada del edificio sacar la basura, y son la 1:30 de la mañana de un lunes; un horario ciertamente extraño para ponerse a trabajar y recorrer un edificio. Voy a acercar el oído hasta la puerta a ver si averiguo algo, y después les cuento. Hasta entonces, queridos/as chismosos/as.





domingo, 29 de abril de 2012

La pirueta en el vacío

La belleza del cadáver.
Verónica decide morir.
La muerte baila sola.
Un jardín que se va helando.
Una ventana que se abre por última vez.
Un haiku japonés.
Una fuente de azul.
Un ave en Ñorquín.
Fuente de mondongo.

Una impresora que se apaga.
Papelitos que flotan en el viento frío.
Lágrimas que nadie ve.
Un río que no te extraña.
Una lluvia suave, plena de poesía.
Fragmentos literarios.
Vidrios que encierran viento.
Hace un año estábamos juntos.

Duraznos helados por la escarcha.
El sol de la mañana entre la nieve.
Finlandia, Rusia, frío, nieve, blanco.
"Cuando te encuentre".
Un mar que promete paz.
Una ducha caliente.
Una luz suave.
Alondras que cantan en la tumba.

Sacos negros.
Recuerdos oníricos.
Calles desiertas.
La rotisería cierra a las tres de la tarde, y no les gusta atender a personas solas.

Perros que ladran a la montaña.
Nenas poco abrigadas.
La luna ilumina el pasto.
La casa nueva no es cálida.
Hay que ir descalzo por mandato familiar.
Piedras yacen en el pasto ralo.

Mantas y frazadas al por mayor.
La estufa y la música calientan.
Ríos convertidos en pistas de patinaje.
Pueblo que clama por comida.

Cartas que nadie recibe.
La última cerradura.
Perros que no salen más a pasear.
La última barrida.
La última despedida.
Chau barrio.
Chau infancia.
Chau paraíso.
Chau recuerdos.

¿Hola? Sí, pero, ¿a quién? ¿A qué?  El tiempo, si es que tal cosa existe, dirá. Todo es para mejor, aunque no se sepa cómo ni por qué. El viaje recién empieza.

domingo, 25 de marzo de 2012

Costa Árida, Costa de Flores

Pocos se atreven a llegar a la playa a través de la Costa Árida. Menos aún son los que efectivamente pueden. Un viento permanentemente frío y salado, que remueve areniscas, piedras y turbas de sal marina embravece el mar y lo encabrita. Furiosas, las olas chocan y rompen en la pedregosa arena. Formaciones de rocas irregularmente dispuestas a lo largo de la línea de costa hacen poco menos que imposible encallar; y miles de algas se arremolinan formando manchas oscuras en el mar gélido. Pesadas y grises nubes descargan torrentes de agua helada, mientras el cielo se vuelve progresivamente oscuro y el frío aumenta. El viento casi nunca deja de soplar, arremolinando agua, algas y piedras en torno a los escasos árboles que subsisten en la inclemencia. Riachos que atraviesan el bosque cercano, y vienen de las montañas eternamente blancas, generan verdaderos remolinos de agua y piedras en su desembocadura. Por momentos, el ruido es atronador, el viento chilla como un desmañado y todo sucumbe a su fuerza.
Algunos días, pocos, sobre todo en verano, la naturaleza se calma. Sale el sol, empieza a hacer calor, es posible ver el atardecer sobre los árboles. El mar se vuelve azul, las algas reposan en la arena, la sal se vuelve un recuerdo, los ríos desembocan en calma en el mar pacificado. El viento deviene una sutil brisa marina, la arena se vuelve amarilla y dorada, el cielo se despeja. Algunos paseantes se animan a alojarse en la playa, llevan reposeras, mates, comida, hay quien se anima a meterse en el mar que deviene tibio. Disfrutan y son felices, conscientes de la necesaria brevedad de este momento. Saben que imprevistamente, el viento puede volver a soplar, el cielo puede volver a rugir con truenos, el mar embravecerse, las rocas a saltar, la arena y la sal a volar, las algas a encallarse, y la lluvia volver a caer interminablemente. Comienza así una larga retirada, indefinida en su duración, hasta que la naturaleza vuelva a calmarse y ser hospitalaria.
Los navegantes saben que, una vez que han podido desembocar en Costa Árida, el camino ya está prácticamente hecho. Deben atravesar aún la dura playa; internarse en el frío bosque, donde los árboles sirven de refugio. Cruzar por estrechos pasos, riscos y desfiladeros las altas montañas, eternamente lejanas, constantemente frías. Divisar los lagos impenetrables, deificados, lontanos, siempre cristalinos, siempre burlándose de las miserias humanas. Bajar por las suaves laderas, llegar a las ciudades, atravesar sus inextricables callejuelas, soportar sus intrincados vericuetos, enterrarse en sus miserias e inmundicias. Tomar senderos tranquilos, caminar por los suaves pastos, morder los campos a traviesa, pisar el orégano, rodar por la suave tierra húmeda, inhalar verde, escuchar las campanadas de alguna iglesia lejana, comer tortillas de maíz hechas por manos de madres, bailar polkas por el camino. Cruzar el río cálido, dormir en sus anchas playas, ser arrullados por la cigarra, nadar lascivamente en el agua barrosa. Cruzar el bosquecito de cipreses, la roca vieja y calcárea.
Y ahí, saben los navegantes, llegan a la Costa de Flores. Una playa siempre sembrada con flores, templada a perpetuidad, donde los pájaros musitan en los frondosos árboles. Pérgolas con flores recorren la línea del mar, un mar tranquilo, azul y con espuma blanca, donde una leve brisa alcanza para despeinar el pelo a alguna mujer o para mecer suavemente alguna rama florida. Numerosas casitas se agolpan en los montes cercanos, con amplios balcones y miradores hacia la inconmensurable apertura del horizonte. Llega la noche, y sus luces se encienden. Como luciérnagas en el bosque, las casas iluminan a sus habitantes. Se ve el ir y venir de cuerpos que suben y bajan, vienen y van, se mojan y se secan, se cocinan y se comen, se aman y se pelean. Grupos de jóvenes llegan a la mansa playa con sus guitarras. Cantan baladas toda la noche, suavemente iluminados por las casas, perfumados por las flores. La vida rezuma por todas partes, en cada ruido, en cada chispa, en cada rostro. Protectora, la noche envuelve a todos con su manto, mientras el mar los arrulla. Una tranquila completud, una belleza y armonía sin par envuelve a los navegantes, que se saben llegados a destino, y olvidan sus penas. Pronto habrá que partir, pero no importa. La Costa de Flores es puro presente.

Claro que lo difícil sigue siendo arribar a la Costa Árida, donde el viento sigue soplando fuerte, no importándole otra cosa que su propio ritmo. Tal vez sea necesario llevarle algunas flores de la otra costa, arrojarlas al mar, sacrificarlas a la arena y la sal, germinarlas con las algas, decirle a las rocas que se puede ser protector sin ser agresivo. Tal vez sea necesario que los marineros respeten el particular ritmo de la Costa Árida, y clamen y hagan la danza del calor y de la luz  para volverla su amiga y poder arribar a ella. Tal vez no haya que forzar las rocas y luchar contra el viento, sino simplemente saber dónde pisar y dejarse volar. Tal vez la Costa Árida pueda ser amiga de los navegantes que a ella llegan. Tal vez.

lunes, 27 de febrero de 2012

Baudelaire volvé, te perdonamos, o Elefante en un bazar

Hace unos 150 años, el poeta Baudelaire era el escándalo de su sociedad burguesa y acomodaticia. Putañero, de pésimo carácter, provocador (siendo un poeta maldito se atrevió a postularse como Presidente de una asociación de literatos, obligando a la misma a condenarlo expresamente), amante de los bajos fondos, los prostíbulos, los cadáveres, la muerte. Terminó enjuiciado y pobre; la censura se extendió también a su editor, quien debió fundirse por haberse atrevido a publicar las obras de ese degenerado.

Unos años antes, Marx criticaba a los diputados de izquierda de la Asamblea surgida al calor de la revolución alemana de 1848, por ser tibios, o fríos, en sus discursos contra el carácter marcadamente antipopular que iba adquiriendo dicha Asamblea. "Dado el carácter antirrevolucionario de la Asamblea, los diputados de izquierda no deberían invitar a la Asamblea a emitir un comunicado favorable a la revolución, sino más bien, obligarla a que se exprese abiertamente en contra". "Los diputados de izquierda evitan ir al grano; temen herir, escandalizar, levantar susceptibilidades...".

Ahora estamos en el 2012. Existen Facebook, para los bienintencionados, y Twitter, para los malintencionados. Lugar de la pura bondad uno, donde se suben fotos del asado del último sábado con Pipi, Melu, Cacho y Chiqui. Lugar de la pura maldad el otro, donde se puede bromear con cualquier cosa, salir impune y hasta ganarse RT, RT. Pero no es lo central esto. Bondad y maldad son solo dos caras de la misma moneda; lo que destila en esas redes sociales (y en otras) son importantes retazos de la subjetividad de cada cual. Gustos, antigustos, militancias, amistades, amores, inquinas, artes. Y sobre todo: miedos y deseos. Expresados consciente o inconscientemente, las redes sociales devienen en una gran vidriera freudiana donde todos somos analistas y analizandos a la vez.

"Gabu, estás re liberado, qué bueno verte así". La típica amiga treintañera que le dice al típico treintañero puto (no quiero decir gay, hoy no quiero quedar bien con nadie, ni siquiera con mis propios principios), fascinada (y horrorizada a la vez) por haber visto una foto del individuo simplemente caminando por la Marcha del Orgullo Gay. Caminando. Sin hacer más nada que eso. Si eso es la liberación, lo que debe ser una foto del individuo cogiendo. La anarquía. El horror. Anoqueatró, dicen los chilenos ("ah no, qué atroz" de este lado de los Andes). Gabu, quien salvo ser puto se amolda perfectamente a las exigencias y modelaciones de este sistema, agradece el cumplido. Es exitoso y libre a la vez. Su pequeña revolución le salió bien. Precisamente por no ser tal, pero él no lo sabe. Él esta liberado, ¿entienden? ¿De qué? ¿Quién lo oprimía? ¿Cómo se liberó? ¿Puede su libertad ayudar a la de otros? Demasiadas preguntas para Gabu, quien presiente que contestarlas le demandará un esfuerzo intelectual muy superior, y sobre todo, desmitificador. Meterse a combatir opresiones e imaginarios sociales.... no, qué aburrido. Nene, dejá de hacer preguntas, y mejor chupásela, eso, dale que lo hacés muy bien. Así su amiga (que evidentemente hace mucho que no lo ve... sino sabría que hace 20 años que se liberó) puede reírse nerviosa, sentir gozo y envidia a la vez, y postear alguna boludez por el estilo que vuelva a reiniciar el círculo.

"Necesito bibliografía para rendir un examen". Un pedido inadecuado para hacer por Facebook, pero bueno, alguien capaz pica el anzuelo. Pican varios. Se suscitan discusiones sobre los temas, sobre las obras, hay acuerdos, desacuerdos parciales, se habilitan otros intercambios. Excepto, claro, con el videoclip que solícitamente alguien aporta como bibliografía. Videoclip. Bibliografía. Videoclip. Bibliografía. Que hay que salirse del paradigma escritural, es claro, no hace falta más sostener el imaginario de rollos de papiro inconmensurables. Pero un videoclip. De una canción de pop. Sí, es cierto, guarda relación con el tema, desde un punto de vista formal y estético. Incluso que hasta político. ¿Pero qué hago con el videoclip, salvo darle me gusta, o compartirlo? ¿Pongo el link en el trabajo, para que el examinador acceda a él y disfrute de cuatro minutos de lo que se supone que es buena música? ¿Lo uso en una presentación oral, corto el hilo discursivo, y digo: "y esto lo ejemplifica", y me pongo a bailar y a hacer una coreo en la sala de examen? ¿Puteo mentalmente al que me lo manda? ¿Le agradezco? ¿Dejo la carrera? ¿Lo hablo en mi terapia?

"Keep moving, keep moving". Lo que parece una orden militar (gringa, además) resulta ser el consolador "avanti morocha" cipayesco, que una existencia que hasta ahora no encontró su felicidad se propina a sí misma para animarse a seguir intentándolo. ¿Cadena de Coriat? ¿El movimiento irrefrenable como metáfora del capitalismo salvaje? ¿Movimiento indefinido, desbocado? ¿Aceleración como sinónimo del capitalismo más irracional? ¿Baile hueco de Tinelli? ¿Figuras desprovistas de sentido? Está todo bien con keeping moving el cuerpo, pero si la cabeza no lo acompaña, vas a terminar decapitado. Porque como dijo un boxeador (mejor dicho, su personaje traducido a serie de TV; yo también soy un espurio en las fuentes que cito) "el cerebro es un músculo, y también hay que entrenarlo". "El corazón también", me podría responder algún bienintencionado de esos que alimentan palomas en la plaza o aporta $2 de su combo a la casa de Ronald MacDonald, que de paso lava capitales y conciencias. Sí, el corazón también. Yo lo ejercito siendo auténtico. Otra opción, claro, es poner "Gabu estás re liberado". Opciones. Nada más que eso.

"No te asustes si un día te borro de acá, lo que pasa es que tu viejo me dejó, está feliz con otra, y eso me pone mal, y te veo a vos y un poco me recuerda a él. Pero la mejor con vos". Después de leer algo así como esta declaración de privacidad, lo primero que experimenté fue un terrible cansancio. Por ende, la necesidad de irme a la cama, taparme muy bien, ver la lluvia caer por la ventana, y tener alguien (sí, pareja con amor y sexo, no me refería a un perro Beagle ni al Espíritu hegeliano) que me arropara, me abrazara, me acariciara la cabeza (la de arriba) y, si no fuera mucho pedir, me trajese un chocolate caliente. Pero analicemos el enunciado: "No te asustes si un día te borro de acá, lo que pasa es que tu viejo me dejó, está feliz con otra, y eso me pone mal, y te veo a vos y un poco me recuerda a él. Pero la mejor con vos". En primer lugar, no me asusta que me borres. Más allá de que nunca te hablo, simplemente me limito a responderte cuando me preguntás. Lo que me asusta es que hayas caído tan bajo para hacer semejante declaración. "Esto no es una propuesta, es una provocación", clama cierta izquierda, y no le falta razón. Lo mismo acá. ¿Qué se supone que haga? ¿Rogarte que no me borres? ¿Pedirte que no me compares con mi viejo? ¿Consolarte porque te dejó? ¿Criticarlo? ¿Negarte que está feliz? ¿Contarte chismerío de la nueva pareja? ¿Borrarte yo antes? ¿Presentarte a un amigo como pareja? ¿Interceder ante mi viejo en tu favor? ¿Sellar una alianza táctico-ofensiva con vos? ¿Darte la dirección de un lugar donde se compran vidas? (Esta última es buena, pero no tengo ninguna dirección.... si alguien sabe, plis... no, videoclips no, gracias. Solo una dirección). ¿Se puede ser tan auténticamente inauténtico? "Pero es lo que siente", diría un bienintencionado (Ronald, tenés más donaciones). OK, se siente dolida, es lógico después de todo. Celebro eso. ¿Pero realmente siente que yo le hago acordar a él? Y en ese caso, ¿está todo mal con él, pero conmigo está todo bien, aunque somos iguales ya que le hago acordar? Lógica, ¿estás? Necesitamos que vengas a resolver una cuestión. "Pero bueno, es sincera" (Ronald, estás a full). Híper sincera. Menos consigo misma, híper sincera. "Es fiel a sí misma" (Ronaaaaaaaaaaaaaaaald). No, creeme que no. Si lo fuera, no caería tan bajo diciendo eso y denigrándose así. ¿La borro? Hmmm.... por ahora no, al menos no me hace acordar a nadie.

"¿Te llevás bien con tu mamá? ¿A qué parte de Argentina te fuiste de vacaciones? ¿Es lindo el lugar? ¿Estás parando en un hostal? ¿Fuiste solo o con amigos? ¿Es caro vivir en Buenos Aires?" Wow wow wow, wait, wait. Demasiadas preguntas para un ex amor de verano de hace dos años, que vive a 5000 km de distancia. ¿No te parece? A ver si nos entendemos, darling. Estoy DE VACACIONES. Trabajo de responder preguntas; en vacaciones, me gustaría no. ¿A qué viene además el cotorreo? ¿Conocés algo en Argentina además de Buenos Aires? (Y dentro de ella, Palermo, Recoleta y el centro) ¿Te suena San Martín de los Andes? No, ¿no? ¿Te cambia mucho la vida si duermo en carpa o hostel? ¿Tenés algún tipo de prejuicio con la gente que viaja sola? (De hecho, te conocí viajando solo). ¿Tenés celos de mis amigos, o de alguien más que pueda conocer? El interrogatorio ahora deviene un monólogo sobre su propia vida. "Cambié de trabajo/me mudé/vino mi madre a visitarme unos días (obvio, si vive de rentas)/estoy muy emocionado por mi amiga que se casa en Italia". Al menos que te invite, sería más emocionante, ¿no? Me consta que dinero no les hace falta, podría tranquilamente invitar a la fiesta a un par, y uds. garparse el viaje con vuestros salarios y rentas familiares tan buenos. Digo, como presumías que eras de clase alta... ¿Cuánto costará un vuelo Quito-Roma, terciando en Madrid? No puede ser mucho más caro que el viaje a EEUU que de tanto en tanto hacés, ¿no? Perdón, claro, estábamos hablando de la emoción. Snif snif. Qué ternura. Casarse en la misma ciudad donde es Papa un nazi. Que por supuesto es homofóbico. Te odia, ¿sabías? Quiere tu muerte. Piensa que el HIV es castigo es justo. Habla de abstinencia sexual (uy, ahora me doy cuenta que con tu manía de las relaciones a distancia le hacés caso). ¿Emoción? ¿Casamiento por Iglesia, a 10000 km de tu lugar de residencia? ¿Contármelo a mí, que estoy a orillas de un lago? ¿Indirecta? ¿Vacío existencial? ¿Llenar el tiempo? ¿Consumir datos a través del celu? ¿Viste algún signo de pregunta de mi parte? ¿Te pregunté algo? ¿Me interesa? ¿Te lo demuestro?

"Amo Glee, me siento identificado". Sí, con el adolescente gay, se sobreentiende. Sufrido personaje, supongo (no vi ni pienso ver Glee). ¿Quién no? No es fàcil ser gay en la adolescencia (volví a decir "gay", se ve que me estoy calmando). De ahí a "identificarme" (a los 25 años) con alguien que habla en otro idioma, vive en otra cultura (duro decirle "cultura" eh... Ronald está un poco indigesto), tiene otras prácticas, y sobre todo, canta, coopta músicas foráneas, nos las empaqueta al tiempo que nos vende cultura yanqui e imperialista, y de paso nos enseña inglés (come on, darling, ningún yanqui habla ese inglés tan prístino y audible... los métodos de enseñanza cambian, pero los chotos ni siquiera nos lo avisan). Yo de adolescente no hacía eso. A menos que en algún remoto lugar de Jordania, ponele, algún personaje de los que yo componía en teatro haya hecho furor (y entonces me están cagando derechos de autor. Voy a ir a SADAIC, que defiende a los artistas. Hola, Ronald). Ah, Freud, mi buen Sigmundo, la identificación ya no es lo que era.

"Tengo una nariz horrible, ganchuda". Decímelo cuando estemos desnudos abrazándonos en la cama. Así te puedo ver mejor, como el lobo. Ay, tenés razón. Horrible, cierto. Mirá vos, y yo ni cuenta me daba. Claro, tan abstraído con tus ojos, con tu conversación, con mi necesidad de estar con alguien. Qué gil, ¿cómo pude no darme cuenta de tu HORRIBLE nariz? ¿Me lo decís como advertencia? Te hago caso, no estoy más con vos. ¿Por qué habría de querer a alguien que no se quiere a sí mismo? Además, si hay algo que no me cabe, son las narices ganchudas. Perdón, es mi lado frívolo. Si quieren puedo probar de identificarme con Glee, a ver si es más simpático. Ponele.

"No fumo, no me drogo, no tomo alcohol, no me hago drama ni me interesan los chanchullos de los demás, nunca soy pasivo". Evidentemente, he venido a tomar un trago con el Límite en persona. Y eso que matemáticamente era imposible alcanzarlo. No, no, no. ¿Me quejo de alguna boludez que escuché por ahí? No te hagas drama, no des bola. Nunca des bola. ¿Querés tomar un trago? No tomo alcohol, era la condición de mis viejos para poder salir. (28 años!!!!!). ¿Saliste con alguien, alguna relación larga, algo así? Salí hace poco dos meses con un pibe. (No te pregunté a quién te cogiste último, sino si tuviste parejas estables. A menos que lo que me contestaste sea lo único. Caso en el que me acuerdo que mañana laburo y debo despertarme temprano). La cosa, claramente, termina naufragando por exceso de limitaciones. Por suerte yo hago terapia y vos hacés reiki (¡!), así que podemos digerirlo y hacer de cuenta que nunca hablamos. "Nunca", una palabra que evidentemente te sienta perfecto.

"Al que le quepa el sayo, que se lo ponga".

Bazar: lugar de venta al por mayor de productos baratos, industriales, chucherías, artificiales, medio pelo, clásicos, vulgares, sin originalidad, masivos, indiferenciados. Un elefante en él: metáfora vital del absurdo, el hastío, el encierro, la soledad, el desborde de la autenticidad, e impulso destructor de la opresión de lo cotidiano y masificado. Baudelaire, Marx, elefante: los necesito, vengan. Al menos traiganme un chocolate caliente. No, Ronald, no quiero un frapuccino. Quiero a Baudelaire, Marx y el elefante.

jueves, 2 de febrero de 2012

El amor en tiempos de tubos de escape

Petrificados frente a lo que parece ser un piquete interminable, los dos colectivos permanecen juntos, sin poder separarse. Los colores rojo y verde, respectivamente, se combinan con el amarillo del sol y el gris del cemento. Suenan bocinazos, bombos, aplausos, silbidos, puteadas. El grupo de manifestantes ha cortado la avenida y el tránsito queda detenido por más de media hora. Los pasajeros se bajan y cruzan a pie. Cada cual en su unidad, Alberto y Jorge se desesperan pacientemente. No sólo han perdido ya su recreo entre cada vuelta, sino que además su trabajo mismo ha quedado desnaturalizado: sin pasajeros, a qué arrear un coche fantasma.... Como la situación se vuelve insostenible del tedio, y haciendo de cuenta que se trata de colectivos de la misma línea, abren sus puertas y se ponen a intercambiar impresiones.
-¿Te quedan muchas vueltas?
-Una después de esta, ¿vos?
-Dos.
-Claro, porque ustedes terminan antes, en Banfield. Nosotros vamos a Adrogué.
-Sí, el sábado a mediodía...
La conversación prosigue rápidamente, casi sin pausas. En cierto momento, Jorge percibe algo extraño: demasiado silencio. Mira instintivamente hacia adelante, y ve que la calzada ha quedado liberada. Los manifestantes, parcialmente cumplidos sus reclamos, se están retirando. La Policía hace gestos impacientes para descomprimir el atasco. Los bocinazos arrecian. Hay que arrancar.
-Chau, nos vemos- dice Alberto, maniobrando el volante.
-Sí, nos vemos- responde Jorge, con una extraña sensación de angustia. No es una mera formalidad ese saludo. Pone primera y arranca.

Hace un calor aplastante ese jueves por la tarde en Ciudad Universitaria. El enero ha convertido a los playones en un virtual desierto. Solo dos pasajeros, sin esperanza de que un coche salga rápido, esperan en la parada. Son las 16:17. El encargado de la línea roja, adiestrado ya naturalmente al horario, asoma la cabeza por el puesto. El micro debería haber salido 16:15. No importa, igual no hay nadie... Jorge está limpiando con una contagiosa sonrisa el coche en el que venía; pasa la escoba, abre las ventanas, revisa los asientos. Son las 16:21. El encargado vuelve a asomarse, esta vez con fastidio. No dice, nada; él y el otro conductor que espera miran a Jorge. Este, abstraído en su pasión limpiadora, sube al coche que ha de manejar, y se pone a repasarlo con la escoba.
-¿Pensás salir, vos?- espeta el encargado.
-Ah, sí, sí...- Jorge responde entre sorprendido y asustado. Enciende el motor, abre la puerta, hace señas a los pasajeros. El micro arranca, finalmente, a las 16:24. El encargado y el otro chofer se miran.

Ninguno de los dos pasajeros tiene prisa. Sin embargo, el más joven de ellos, nota que el colectivo se mueve a una velocidad inusualmente baja. Definitivamente, esta no es una velocidad para andar en autopista. La sospecha se confirma cuando ve pasar a varios camiones por la derecha. Si un camión te pasa, algo estás haciendo mal; esa regla, grabada a fuego en el inconsciente colectivo, confirma las sospechas del pasajero. Ve que un colectivo verde sigue al rojo. Va más rápido, pero el rojo logra interponerse y mantener la delantera. Así cruzarán los bosques de Palermo, en una danza absurda. Finalmente, en una avenida, el verde acelera y pasa al rojo. Jorge mira a la derecha, y se lleva una dura sorpresa. Pegado a la puerta, y tapándole la visual del otro conductor, un joven lo mira, se ríe y le hace un gesto obsceno con la mano. Gesto que también advierte el pasajero, quien no puede evitar una risa. El coche verde, tras haber perpetrado la grosería, acelera y se pierde de vista. Jorge se siente herido en su orgullo, acelera justo a la entrada de la ciudad, comienza a apurar a los pasajeros para que suban. Llega a pasar un semáforo en rojo. "Justo ahora se viene a apurar...", piensa el pasajero. Agarra su celular y postea algo al respecto.

Viernes a la noche en Lomas de Zamora. Jorge y Alberto han coincidido y terminado dos servicios cortos en la estación. La casualidad es bienvenida.
-¿Qué hacés ahora?- pregunta Alberto, siempre jovial. Claramente, es una invitación.
-Nada. Mi novia hoy sale con las amigas del laburo...
-¿Vamos a tomar algo acá a la vuelta?
La propuesta es aceptada. El bar, como todo lugar de paso, es un desfile de parroquianos, generalmente hombres. Circula la cerveza, la hamburguesa y el choripan. Cuatro amigos juegan al truco. Otros dos, a los dados. Un travesti entra y pregunta la hora, recibiendo una silbatina. Algunas parejas pasan veloces, ella se pide un agua y una empanada, él una hamburguesa, y rápido se van.
-¿Vivís solo?- pregunta Alberto. La pregunta pone a Jorge inesperadamente cabizbajo. Si tan solo él pudiera preguntar con esa facilidad... "las cosas me importan demasiado", piensa frecuentemente.
-Con mi novia. Salimos hace tres años, convivimos desde el año pasado...
-¿Y hace mucho que trabajás en la línea?
-Dos años. Antes era cadete...
-Claro, sos pichón.
-¿Vos hace mucho que trabajás en la...?- responde preguntando Jorge. Los diálogos con Alberto lo desorientan. Hay un charme, una naturalidad que sólo allí es posible... y tan peligrosa... y la diferencia de edad... ¿cuántos años tenía Alberto?... y...
-Siete en esta. Antes estaba en la...
-Claro, tenés experiencia. - Jorge cada vez está peor. Todo lo que dice se le antoja peligroso, insinuante, ridículo. ¿Qué le pasa? ¿No era la joven promesa de su línea? ¿Al que le advertían que manejara más lento? Ahora lo pasan los camiones en la autopista...
Las cervezas circulan en el bar. Son las dos de la mañana. A la sexta cerveza, Jorge y Alberto ya ni hablan. La cumbia sigue sonando a todo trapo, pero da igual.
-¿Vamos?- pregunta Alberto, sacando una billetera del bolsillo. Jorge siente un dejo adrenalínico en el cuerpo. Casi ve el abismo abrirse ante sus ojos. Intenta llamar a su novia Luciana, pero no puede. No encuentra el celular, ella además debe estar en el boliche... no va a escuchar. Nunca escucha el teléfono. Jorge de pronto necesita a Luciana desesperadamente, y a la vez, empieza a odiarla. También a Alberto. Todo empieza a dar vueltas. ¿Qué carajo está pasando?

Salen a la calle. Comienzan a caminar al lado de la reja del tren. Alberto pone fraternalmente una mano en el hombro de Jorge. Eso parece al menos. Pero no es. El dique se desmorona irremediablemente.
-Yo...
-Pero...
-¿Te parece?
-Guarda el tren.
-No pasa a esta hora el tren.
-Pará.
-¿Paro?
-No sé. No. Sí.
La ligustrina soporta los dos cuerpos contra ella. Sorprendida por el inesperado espectáculo, no opone resistencia. Un bocinazo los pone en alerta, pero nada que ver, simplemente una mina cruzaba en rojo.
-Hay que ir de acá.
-Sí. ¿A dónde?
-No, yo... un telo- la palabra es hiriente para ambos oídos.
-¿Y dónde...?- la pregunta es estúpida. En cualquier parte hay. Y sobre todo cerca de las estaciones. Pero en este caso...
-¿Dejan pasar dos tipos?- nuevamente, una comprobación dura. Vista desde afuera, la situación es bizarra y digna de una peli de Chaplin. Pero desde adentro... ¿qué les importaba a ellos hacía tres meses si los telos admitían dos tipos? Si eran putos... ¿dónde cogían los putos? ¿Dónde estaban antes?
-En Capital, sí- recuerda Alberto la estrafalaria noticia de cinco años antes. El recordatorio lo excita y lo asusta a la vez. Capital...
-Tomémonos el bondi...
-No, ¿cómo? ¿Y si nos ven?
-Claro, cierto... - la cuestión carece de sentido. Nadie en esa línea los conoce. Ni tiene por qué saber a dónde van, ni a hacer qué. Pero el bondi no es solo un trabajo, es casi un altar y un segundo hogar. Mil mitologías se arremolinan en las cabezas de Jorge y Alberto.
-Tomemos taxi...- esto prácticamente es insultante. Ceder la iniciativa del volante a un tachero es lo menos para un colectivero. Y si el tachero se entera.... y si Luciana en realidad está bailando por Lomas, y sale a fumarse un pucho.... y si... y si... y si...
-A Pompeya, caballero. Sáenz y Alcorta- Alberto intenta imponer autoridad hombruna. El tachero ni le responde, también tiene sus propios quilombos...

Son las cinco y media de la mañana. La habitación huele a hormonas. El aire hace como que funciona. No saben cuándo vence el turno. Igual, ha sido demasiado esta noche...
-¿Y ahora?- por fin, Jorge se anima a hacer una pregunta relevante.
-Y... qué sé yo. Esto...
-Esto es una cagada- se desespera Jorge. La inmadurez y la inexperiencia lo pueden.
-No, Jorge. No es una cagada. Mirame. No es una cagada- Alberto lo sujeta fuerte. Los años no pasan en vano. Tiene un temple más formado... aunque tampoco sabe qué hacer con esto.
-Pero vos...
-¿Nunca le metiste los cuernos a Luciana?- la pregunta es cordial, casi cómplice.
-Una vez, pero...
-Y esto es lo mismo...- dice Alberto, pero se corta. La mentira es evidente. No es lo mismo. Si corneás a tu novia, se lo contás a tu amigo. ¿Pero y si la corneás con tu amigo? Y esto tampoco es un simple polvo, sin compromiso.
Jorge y Alberto se miran desnudos en la cama, en silencio. Deciden pasarse sus celulares. Salen rápido, antes de que amanezca.

La piña resuena fuerte en el bosque. Heridas, algunas hojas salen volando.
-¡Que la dejes!- grita fuera de sí Alberto- ¡Dejala! ¡No la querés más!
-¡¡¡Puto de mierda!!!- grita Jorge- ¡Lacra! ¡Dejame de joder! Por tu culpa, casi me rajan...
-¿Y a mí no? ¡Maricón de mierda! ¡Ocho años en la empresa, y vos... si fuiste vos el que...!
-¡Vos fuiste! ¡Yo estaba con Luciana! ¡Vos, que la ibas de pirata, y te la manducab...!
Otra piña impacta en la cara de Jorge, que cae casi KO al pasto. Una travesti, a punto de terminar su jornada en esa noche de invierno, mira, y se caga de risa. Si está para filmar... saca un pucho y lo prende. Jorge y Alberto son una curiosa mezcla de lujuria (los pantalones de Alberto tienen el cierre bajo, y perdió el cinturón entre los yuyos), de pelea matrimonial y de violencia. Nada es idílico.
-¡Trolo!- grita Alberto, y da una patada a Jorge.
Se produce un silencio. Un remis se lleva a la travesti. Empieza a soplar el viento. Hace menos de diez grados.
-¿Estás bien?- pregunta Alberto. ¿Qué otra cosa podría haber preguntado?
-¿Tenés un pañuelo?- dice Jorge.
-No, pero...- Alberto se quiere matar, literalmente. Esto se fue a la mierda. -Hay una estación de servicio ahí- dice, casi suplicante.
¿Cómo se pide perdón al ser amado? ¿Y cómo se es perdonado? ¿Pueden dos líneas de colectivos echar a trabajadores por ser... gays? ¿Qué es el INADI? Por esas casualidades malhadadas, en ambas líneas se sabía ya lo suyo. Ningún directivo había dicho nada. Pero el impacto era claro. Saludos muy distantes, charlas que no se daban más en los semáforos, jugarretas con los pasajeros...

-Tendrán que acostumbrarse- dijo consoladoramente Alberto. Jorge tenía un ojo en compota. Mejor, licencia médica. Que las aguas se acalmen un poco. Es difícil enojarse con alguien lastimado... El sol termina de salir e ilumina el bar de la estación de servicio. Una paz, ya definitiva, los invade a los dos.
-Vamos a casa- dice Alberto. No hacía falta, ya estaba sobreentendido.

Luciana se tomó sorprendentemente bien la separación de Jorge. En lugar de pedir explicaciones, decidió pedir diez días más de convivencia hasta encontrar un lugar para vivir. ¿Explicaciones para qué? Esto ya no funcionaba. Y no estaba segura de querer saber lo que de alguna forma ya sabía. Jorge sintió un repentino cariño cuando la vio empacando. Era buena mina. Capaz, algún día se podría enterar, y seguir siendo una amiga... Luciana le devolvió la sonrisa. Este viernes volvía a salir con las chicas.

"Tres ambientes, 60 metros, $500 de expensas, con cable, dueño directo...". Jorge y Alberto se sonríen. El departamento soñado. Los padres de Alberto ponían la garantía. "Mientras seas feliz..." había dicho la madre.  En las empresas, las cosas habían mejorado también. Volvían los servicios cortos, los horarios diurnos, alguna que otra charla en el semáforo, los mates en la cabecera. Un compañero de Alberto hasta ofreció el auto para la mudanza.
-Que venga Jorge, también...- invitó tímidamente otro compañero de Alberto a un asado. Se cagaron de risa. Jugaron al truco, hablaron de minas, alguna pegunta medio pudorosa e indiscreta sobre la intimidad de la pareja se coló. Generaba curiosidad, pero ya no era tabú. Hasta sacaron una foto de un pico. ¿Y si otros se descubrían? La posibilidad generó una risotada, pero dejó a varios pensando. Mientras no te pase un tren por encima... quién sabe. ¿Por qué no?