miércoles, 23 de marzo de 2011

Sensibilidad de enfermo

Cierta vez, leyendo un libro de psiquiatría de mi madre, me topé con un capítulo: "El dolor". En el prefacio filosófico del mismo -en este mundo, la filosofía rara vez pasa de los prefacios- los autores analizaban al dolor como experiencia filosófica, es decir, existencial. Afirmaban que el dolor "agrandaba" (esto con mis términos) la parte que dolía; la percepción corporal se distorsionaba, y la parte dolorosa se percibía mucho más amplia e importante que lo normal. Esto es aún más evidente en su ejemplo extremo: dolor del miembro fantasma, gente a la que le han amputado, a veces hace más de 20 años, una pierna, y sin embargo le duele... esa misma pierna.
Dice mi compañero Ignacio que Freud decía que en la enfermedad, la líbido, o sea, el deseo, la pulsión, la energía, es decir, el motor que nos da vida, se orienta totalmente hacia adentro del individuo. El enfermo se vuelve un ser narcisista, cuyo único deseo se vuelca sobre su propio cuerpo o mente; el dolor, el sufrimiento, atraen casi toda su atención, y lo distraen del mundo circundante. El ejemplo extremo, pienso yo, es el delirio, donde ya hay una realidad paralela, impenetrable para el resto, y que no busca comunicarse con la realidad externa; pura divagación y trabajo de una mente que no está en sintonía con el resto, abstraída totalmente por un sufrimiento que bloquea todo lo exterior.
Cuando uno está enfermo, cambia totalmente la percepción y la sensorialidad. Y yo creo, además, a título personal, que la forma en la que se da este cambio depende de la enfermedad específica. El sufrimiento físico implica el mental, y viceversa. Pensemos en la gripe, con su asociación de congestión nasal, tos, fiebre y debilidad corporal.
Cuando yo estoy engripado, cambia drásticamente la forma en la que veo la vida. La congestión, que no me permite respirar por la nariz, me obliga a abrir la boca, por lo cual me siento y me veo idiota. El dolor de los senos nasales me obnubila un poco la vista; todo se vuelve amarillento, pesado, viscoso. Ideas de putrefacción me invaden por doquier; primero físicas, y luego mentales. Estar débil corporalmente implica que no te podés mover rápido y con fuerza; tus movimientos y posturas comienzan a avejentarse; son un viejo de 23. Bajás los escalones de a uno, despacio y agitándote; la sola idea de volver a subirlos te tortura y hace que pares a tomar un descanso. La vida cotidiana pasa a ser extraordinaria; cada pequeña acción, nimia e ignorada, naturalizada totalmente, comienza a requerir una planificación. Respirar por la nariz pasa a ser un ejercicio mental, que requiere concentración. Prestar atención en una clase es poco menos que imposible. Levantarse de la cama es una proeza que solo se justifica en la necesidad mayor aún de ir al baño... y nada justifica entonces el volver a la cama. Las conversaciones cotidianas se interrumpen por toses y estornudos. El día empieza a dividirse y pautarse por las tomas de pastillas. La enfermedad y el malestar comienzan a dirigirte la vida; y aún cuando luches contra ello, y lo puedas vencer, siempre estarás venciendo la presión que te hace la enfermedad. En la congestión nasal, nada importa más, realmente, que tu nariz. Los problemas externos pasan a no ser graves, o bien, pasan a ser irresolubles; en ninguno de los dos casos hay nada que se pueda hacer.
Estar enfermo entre gente sana es una experiencia realmente muy interesante; las risas de los demás chocan contra un cono de mutismo y toses tuyas. Las actividades se interrumpen cuando hay que tomar el remedio. El solcito que es bendecido por los demás solo logra subirte la fiebre. La noche se hace más larga, interminable casi: distorsión temporal. Perdés sentido del gusto; te quemás con la comida porque tu olfato no te avisa que está caliente. Te convertís en un oasis de mutismo en medio de la jarana y el frenesí colectivo. No escuchás todo lo que te dicen; hablás poco, sintetizás mucho, no podés repetir lo que dijiste. Tienes que ser entendible en pocas palabras, o resignarte a la incomprensión. Te sientes casi muerto, un zombi de microbios en medio de manzanas radiantes. Un fósil que aún se mueve, viviendo de prestado sus últimos momentos; ves como otros disfrutan la vida que pronto dejarás.
Y ahí entiendes el arte, tal vez; en esa conciencia distorsionada, caótica, donde la temperatura, el movimiento, el cuerpo, la luz, el aire comienzan a ser cada vez más y más perceptibles, donde tu experiencia vital se une a los nervios; ahí comprendes por qué pintaban los atardeceres tan naranjas, por qué las calaveras son tan monstruosas, por qué esa muchacha del retrato está tan tapada y sufre tanto. Ahí percibes, en la novela, la agonía del tuberculoso, la lenta muerte por depresión, la opresión de la habitación y el encierro forzados. Ahí escuchas, en la música, los acordes lúgubres de la melodía; te transportas a un campo alegre de flores y pájaros al cual no volverás; y ahí, caes en el césped de una tumba, en medio de una lluvia bíblica. Y sientes, tal vez, que ese agua limpia todo, borra todo, no deja ni un rastro. Agua que purifica, y que tú, en tu cuasi delirio, quieres que te purifique.
Y ahí sientes, con mezcla de revelación y arrepentimiento, que la salud acaso sea lo más preciado que puedes tener; juras que la cuidarás en adelante. Y cuando ya sanas, olvidas tu juramento, ignoras tu cuerpo, vuelves a entrar en la esfera ajena, en el frenesí del mundo, el arte comienza a serte ajeno. Y así será hasta la próxima recaída.
Salud para todxs.
Lucio.

2 comentarios:

  1. Qué puedo opinar en este momento en que estoy resfriada??? el mundo también lo está no??? decime que si!!!!

    che pasate por el mio!!!

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