jueves, 2 de febrero de 2012

El amor en tiempos de tubos de escape

Petrificados frente a lo que parece ser un piquete interminable, los dos colectivos permanecen juntos, sin poder separarse. Los colores rojo y verde, respectivamente, se combinan con el amarillo del sol y el gris del cemento. Suenan bocinazos, bombos, aplausos, silbidos, puteadas. El grupo de manifestantes ha cortado la avenida y el tránsito queda detenido por más de media hora. Los pasajeros se bajan y cruzan a pie. Cada cual en su unidad, Alberto y Jorge se desesperan pacientemente. No sólo han perdido ya su recreo entre cada vuelta, sino que además su trabajo mismo ha quedado desnaturalizado: sin pasajeros, a qué arrear un coche fantasma.... Como la situación se vuelve insostenible del tedio, y haciendo de cuenta que se trata de colectivos de la misma línea, abren sus puertas y se ponen a intercambiar impresiones.
-¿Te quedan muchas vueltas?
-Una después de esta, ¿vos?
-Dos.
-Claro, porque ustedes terminan antes, en Banfield. Nosotros vamos a Adrogué.
-Sí, el sábado a mediodía...
La conversación prosigue rápidamente, casi sin pausas. En cierto momento, Jorge percibe algo extraño: demasiado silencio. Mira instintivamente hacia adelante, y ve que la calzada ha quedado liberada. Los manifestantes, parcialmente cumplidos sus reclamos, se están retirando. La Policía hace gestos impacientes para descomprimir el atasco. Los bocinazos arrecian. Hay que arrancar.
-Chau, nos vemos- dice Alberto, maniobrando el volante.
-Sí, nos vemos- responde Jorge, con una extraña sensación de angustia. No es una mera formalidad ese saludo. Pone primera y arranca.

Hace un calor aplastante ese jueves por la tarde en Ciudad Universitaria. El enero ha convertido a los playones en un virtual desierto. Solo dos pasajeros, sin esperanza de que un coche salga rápido, esperan en la parada. Son las 16:17. El encargado de la línea roja, adiestrado ya naturalmente al horario, asoma la cabeza por el puesto. El micro debería haber salido 16:15. No importa, igual no hay nadie... Jorge está limpiando con una contagiosa sonrisa el coche en el que venía; pasa la escoba, abre las ventanas, revisa los asientos. Son las 16:21. El encargado vuelve a asomarse, esta vez con fastidio. No dice, nada; él y el otro conductor que espera miran a Jorge. Este, abstraído en su pasión limpiadora, sube al coche que ha de manejar, y se pone a repasarlo con la escoba.
-¿Pensás salir, vos?- espeta el encargado.
-Ah, sí, sí...- Jorge responde entre sorprendido y asustado. Enciende el motor, abre la puerta, hace señas a los pasajeros. El micro arranca, finalmente, a las 16:24. El encargado y el otro chofer se miran.

Ninguno de los dos pasajeros tiene prisa. Sin embargo, el más joven de ellos, nota que el colectivo se mueve a una velocidad inusualmente baja. Definitivamente, esta no es una velocidad para andar en autopista. La sospecha se confirma cuando ve pasar a varios camiones por la derecha. Si un camión te pasa, algo estás haciendo mal; esa regla, grabada a fuego en el inconsciente colectivo, confirma las sospechas del pasajero. Ve que un colectivo verde sigue al rojo. Va más rápido, pero el rojo logra interponerse y mantener la delantera. Así cruzarán los bosques de Palermo, en una danza absurda. Finalmente, en una avenida, el verde acelera y pasa al rojo. Jorge mira a la derecha, y se lleva una dura sorpresa. Pegado a la puerta, y tapándole la visual del otro conductor, un joven lo mira, se ríe y le hace un gesto obsceno con la mano. Gesto que también advierte el pasajero, quien no puede evitar una risa. El coche verde, tras haber perpetrado la grosería, acelera y se pierde de vista. Jorge se siente herido en su orgullo, acelera justo a la entrada de la ciudad, comienza a apurar a los pasajeros para que suban. Llega a pasar un semáforo en rojo. "Justo ahora se viene a apurar...", piensa el pasajero. Agarra su celular y postea algo al respecto.

Viernes a la noche en Lomas de Zamora. Jorge y Alberto han coincidido y terminado dos servicios cortos en la estación. La casualidad es bienvenida.
-¿Qué hacés ahora?- pregunta Alberto, siempre jovial. Claramente, es una invitación.
-Nada. Mi novia hoy sale con las amigas del laburo...
-¿Vamos a tomar algo acá a la vuelta?
La propuesta es aceptada. El bar, como todo lugar de paso, es un desfile de parroquianos, generalmente hombres. Circula la cerveza, la hamburguesa y el choripan. Cuatro amigos juegan al truco. Otros dos, a los dados. Un travesti entra y pregunta la hora, recibiendo una silbatina. Algunas parejas pasan veloces, ella se pide un agua y una empanada, él una hamburguesa, y rápido se van.
-¿Vivís solo?- pregunta Alberto. La pregunta pone a Jorge inesperadamente cabizbajo. Si tan solo él pudiera preguntar con esa facilidad... "las cosas me importan demasiado", piensa frecuentemente.
-Con mi novia. Salimos hace tres años, convivimos desde el año pasado...
-¿Y hace mucho que trabajás en la línea?
-Dos años. Antes era cadete...
-Claro, sos pichón.
-¿Vos hace mucho que trabajás en la...?- responde preguntando Jorge. Los diálogos con Alberto lo desorientan. Hay un charme, una naturalidad que sólo allí es posible... y tan peligrosa... y la diferencia de edad... ¿cuántos años tenía Alberto?... y...
-Siete en esta. Antes estaba en la...
-Claro, tenés experiencia. - Jorge cada vez está peor. Todo lo que dice se le antoja peligroso, insinuante, ridículo. ¿Qué le pasa? ¿No era la joven promesa de su línea? ¿Al que le advertían que manejara más lento? Ahora lo pasan los camiones en la autopista...
Las cervezas circulan en el bar. Son las dos de la mañana. A la sexta cerveza, Jorge y Alberto ya ni hablan. La cumbia sigue sonando a todo trapo, pero da igual.
-¿Vamos?- pregunta Alberto, sacando una billetera del bolsillo. Jorge siente un dejo adrenalínico en el cuerpo. Casi ve el abismo abrirse ante sus ojos. Intenta llamar a su novia Luciana, pero no puede. No encuentra el celular, ella además debe estar en el boliche... no va a escuchar. Nunca escucha el teléfono. Jorge de pronto necesita a Luciana desesperadamente, y a la vez, empieza a odiarla. También a Alberto. Todo empieza a dar vueltas. ¿Qué carajo está pasando?

Salen a la calle. Comienzan a caminar al lado de la reja del tren. Alberto pone fraternalmente una mano en el hombro de Jorge. Eso parece al menos. Pero no es. El dique se desmorona irremediablemente.
-Yo...
-Pero...
-¿Te parece?
-Guarda el tren.
-No pasa a esta hora el tren.
-Pará.
-¿Paro?
-No sé. No. Sí.
La ligustrina soporta los dos cuerpos contra ella. Sorprendida por el inesperado espectáculo, no opone resistencia. Un bocinazo los pone en alerta, pero nada que ver, simplemente una mina cruzaba en rojo.
-Hay que ir de acá.
-Sí. ¿A dónde?
-No, yo... un telo- la palabra es hiriente para ambos oídos.
-¿Y dónde...?- la pregunta es estúpida. En cualquier parte hay. Y sobre todo cerca de las estaciones. Pero en este caso...
-¿Dejan pasar dos tipos?- nuevamente, una comprobación dura. Vista desde afuera, la situación es bizarra y digna de una peli de Chaplin. Pero desde adentro... ¿qué les importaba a ellos hacía tres meses si los telos admitían dos tipos? Si eran putos... ¿dónde cogían los putos? ¿Dónde estaban antes?
-En Capital, sí- recuerda Alberto la estrafalaria noticia de cinco años antes. El recordatorio lo excita y lo asusta a la vez. Capital...
-Tomémonos el bondi...
-No, ¿cómo? ¿Y si nos ven?
-Claro, cierto... - la cuestión carece de sentido. Nadie en esa línea los conoce. Ni tiene por qué saber a dónde van, ni a hacer qué. Pero el bondi no es solo un trabajo, es casi un altar y un segundo hogar. Mil mitologías se arremolinan en las cabezas de Jorge y Alberto.
-Tomemos taxi...- esto prácticamente es insultante. Ceder la iniciativa del volante a un tachero es lo menos para un colectivero. Y si el tachero se entera.... y si Luciana en realidad está bailando por Lomas, y sale a fumarse un pucho.... y si... y si... y si...
-A Pompeya, caballero. Sáenz y Alcorta- Alberto intenta imponer autoridad hombruna. El tachero ni le responde, también tiene sus propios quilombos...

Son las cinco y media de la mañana. La habitación huele a hormonas. El aire hace como que funciona. No saben cuándo vence el turno. Igual, ha sido demasiado esta noche...
-¿Y ahora?- por fin, Jorge se anima a hacer una pregunta relevante.
-Y... qué sé yo. Esto...
-Esto es una cagada- se desespera Jorge. La inmadurez y la inexperiencia lo pueden.
-No, Jorge. No es una cagada. Mirame. No es una cagada- Alberto lo sujeta fuerte. Los años no pasan en vano. Tiene un temple más formado... aunque tampoco sabe qué hacer con esto.
-Pero vos...
-¿Nunca le metiste los cuernos a Luciana?- la pregunta es cordial, casi cómplice.
-Una vez, pero...
-Y esto es lo mismo...- dice Alberto, pero se corta. La mentira es evidente. No es lo mismo. Si corneás a tu novia, se lo contás a tu amigo. ¿Pero y si la corneás con tu amigo? Y esto tampoco es un simple polvo, sin compromiso.
Jorge y Alberto se miran desnudos en la cama, en silencio. Deciden pasarse sus celulares. Salen rápido, antes de que amanezca.

La piña resuena fuerte en el bosque. Heridas, algunas hojas salen volando.
-¡Que la dejes!- grita fuera de sí Alberto- ¡Dejala! ¡No la querés más!
-¡¡¡Puto de mierda!!!- grita Jorge- ¡Lacra! ¡Dejame de joder! Por tu culpa, casi me rajan...
-¿Y a mí no? ¡Maricón de mierda! ¡Ocho años en la empresa, y vos... si fuiste vos el que...!
-¡Vos fuiste! ¡Yo estaba con Luciana! ¡Vos, que la ibas de pirata, y te la manducab...!
Otra piña impacta en la cara de Jorge, que cae casi KO al pasto. Una travesti, a punto de terminar su jornada en esa noche de invierno, mira, y se caga de risa. Si está para filmar... saca un pucho y lo prende. Jorge y Alberto son una curiosa mezcla de lujuria (los pantalones de Alberto tienen el cierre bajo, y perdió el cinturón entre los yuyos), de pelea matrimonial y de violencia. Nada es idílico.
-¡Trolo!- grita Alberto, y da una patada a Jorge.
Se produce un silencio. Un remis se lleva a la travesti. Empieza a soplar el viento. Hace menos de diez grados.
-¿Estás bien?- pregunta Alberto. ¿Qué otra cosa podría haber preguntado?
-¿Tenés un pañuelo?- dice Jorge.
-No, pero...- Alberto se quiere matar, literalmente. Esto se fue a la mierda. -Hay una estación de servicio ahí- dice, casi suplicante.
¿Cómo se pide perdón al ser amado? ¿Y cómo se es perdonado? ¿Pueden dos líneas de colectivos echar a trabajadores por ser... gays? ¿Qué es el INADI? Por esas casualidades malhadadas, en ambas líneas se sabía ya lo suyo. Ningún directivo había dicho nada. Pero el impacto era claro. Saludos muy distantes, charlas que no se daban más en los semáforos, jugarretas con los pasajeros...

-Tendrán que acostumbrarse- dijo consoladoramente Alberto. Jorge tenía un ojo en compota. Mejor, licencia médica. Que las aguas se acalmen un poco. Es difícil enojarse con alguien lastimado... El sol termina de salir e ilumina el bar de la estación de servicio. Una paz, ya definitiva, los invade a los dos.
-Vamos a casa- dice Alberto. No hacía falta, ya estaba sobreentendido.

Luciana se tomó sorprendentemente bien la separación de Jorge. En lugar de pedir explicaciones, decidió pedir diez días más de convivencia hasta encontrar un lugar para vivir. ¿Explicaciones para qué? Esto ya no funcionaba. Y no estaba segura de querer saber lo que de alguna forma ya sabía. Jorge sintió un repentino cariño cuando la vio empacando. Era buena mina. Capaz, algún día se podría enterar, y seguir siendo una amiga... Luciana le devolvió la sonrisa. Este viernes volvía a salir con las chicas.

"Tres ambientes, 60 metros, $500 de expensas, con cable, dueño directo...". Jorge y Alberto se sonríen. El departamento soñado. Los padres de Alberto ponían la garantía. "Mientras seas feliz..." había dicho la madre.  En las empresas, las cosas habían mejorado también. Volvían los servicios cortos, los horarios diurnos, alguna que otra charla en el semáforo, los mates en la cabecera. Un compañero de Alberto hasta ofreció el auto para la mudanza.
-Que venga Jorge, también...- invitó tímidamente otro compañero de Alberto a un asado. Se cagaron de risa. Jugaron al truco, hablaron de minas, alguna pegunta medio pudorosa e indiscreta sobre la intimidad de la pareja se coló. Generaba curiosidad, pero ya no era tabú. Hasta sacaron una foto de un pico. ¿Y si otros se descubrían? La posibilidad generó una risotada, pero dejó a varios pensando. Mientras no te pase un tren por encima... quién sabe. ¿Por qué no?

2 comentarios:

  1. Bárbaro! Me hace acordar un poco a Cortázar.

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  2. Seria una continuación y actual movimiento contra los estereotipos de "macho" conductor. Me hace acordar también a Omnibus de Cortázar o a uno de Galeano que no recuerdo ahora el nombre. Me encantó y gracias por la dedicatoria, encontré las partes donde te "inspiraste" por mis relatos jaja. Seguí así amigo!

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