martes, 14 de mayo de 2013

Resignificación corporal de una gripe

Soy la mente del autor de este blog. He sido sentenciada a escribir sobre mi compañero el cuerpo del autor, ya que el autor ha considerado que por mis inestabilidades recientes mi compañero el cuerpo ha sido perjudicado y se ha perdido una clase de tango, escasos momentos en que tiene para ser él mismo, o intentarlo al menos.

No es que yo quiera protagonizar toda la vida del autor, pese a mi carácter histriónico; es que... es difícil vivir en este mundo. Hay demasiados cerrojos para vivir y ser libre, y eso nos ha jodido la existencia a mi compañero y a mí.

La vida es una suerte de mecanismo distribuidor de satisfacciones e insatisfacciones, que tiende siempre al exceso y al desbalance, aunque muy leve e insuficientemente termina compensando. Se configura de esta manera un paisaje grisáceo, monótono y maloliente, aunque con pequeños oasis de luz y fragancias hermosas.

En esta insatisfacción pseudo organizada, resulta curioso que nos habituemos a, por ejemplo, viajar sistemáticamente incómodos en el colectivo. O a soportar lóbregamente el tedio laboral, el cual tiene sus oasis, pero indefectiblemente tiende al hastío. La suciedad imperante de las calles, las casas, las oficinas, los transportes, también se vuelve paisaje.

Tanta capacidad de naturalización solo puede hablar de la raza humana en dos sentidos: o es muy inteligente para adaptarse a lo peor, o es muy estúpida y no se le ocurre nada mejor. O ambas.

¿Cuál es el estatuto filosófico de la pasividad? ¿Es adaptativa, o es muestra de impotencia e imbecilidad? ¿Por qué Occidente pregona tanto la actividad? ¿Por qué aquellos que se quejan de los que se quejan de Occidente pregonan la pasividad, que los termina dejando en el mismo nivel de infelicidad que la actividad? Me voy a morir sin ver un solo aviso laboral que diga "se busca empleado propasivo para tareas...".

El cuerpo es un infante, y la infancia es muy corporal. A la enfermedad me remito: cuando la misma acontece, el cuerpo pide "mimos" cual niño. Si se lo desatiende, empieza a manifestarse cada vez más fuerte hasta que es necesario parar y cuidarlo como a un infante: no ir a trabajar, suspender esa quincuagésima reunión de comité, darle comida masticable y liviana, ponerle linda música y dejarlo dormir.

Hay boicots también; cuando una situación se vuelve amenazante, el cuerpo patalea, y obliga a uno a salirse de ella.

Quisiéramos escuchar más seguido al cuerpo, pero no hablamos su lenguaje (el lenguaje corporal es ineludible cuando todos los demás fallan). Solo entendemos golpes, llamados "enfermedades".

"Enfermedad: dícese de maneras de comunicarse el cuerpo con el resto de la persona".

Me duele la garganta, intentemos un análisis de ello. Hace poco me diagnosticaron, en sesión de reiki, un fuerte atasco, a la altura del pecho, de emociones reprimidas, algunas de ellas con más de diez años de antigüedad. De a poco, empezaron a aflorar algunas de esas sensaciones. Un viento decididamente melancólico empezó a salir de mi boca y mis manos (mi segunda boca al escribir); un viento con una fuerte e inusitada carga de azúcar dulce. De manera necesariamente experimental, se escucharon frases, conceptos y confesiones nuevos en mi personalidad. Interpreto, no obstante, que en algún momento la presión de lo acumulado se excedió, y hablé demás y con quien no debía, o a destiempo. O bien, lo fermentado en años resultó tóxico, y al pasar por mi garganta, la lastimó.

Siento un decaimiento bastante fuerte en las piernas, otro análisis. Algo no se sostiene más; claramente, el viejo método. En la conmoción (palabra que implica movimiento), es probable que las sacudidas hayan hecho perder el equilibrio, y las piernas no puedan sostenerme más temporalmente.

Mientras escribo esto, aparece un dolor inespecífico en la zona del estómago, analicémoslo ipso facto. Algo está siendo difícil de digerir, de absorber, de asimilar. La indigestión vuelve grisáceo y monótono (como la ciudad) ese todo, e impide rescatar los oasis específicos que pueda haber en lo digerido.

Me duele también la clavícula, en este caso es fácil: está resentida la comunicación entre lo reflexivo (cabeza) y la acción/pasión (brazo y mano).

Interesantemente, los últimos dolores que siento son casi siempre en la parte izquierda del cuerpo, controlada por el hemisferio derecho del cerebro, que es el que regula las artes, lo emocional, lo creativo, lo cualitativo, lo mágico, lo inmensurable, lo extraño, lo divergente, lo irregular, lo específico, lo siempre nuevo. Mi cuerpo se vale de mi modesto conocimiento de las tareas cerebrales para enviarme señales por dolores. El mensaje es claro: priorizar lo controlado por el hemisferio derecho.

Curiosamente, yo ya había empezado a darle bolilla a estas dimensiones, cuando las de la parte izquierda del cerebro colapsaron y admitieron a gritos su incompletud. ¿Es entonces un boicot? Me inclino más por otra tesis: este dolor es el piso mínimo de sensibilidad. Más abajo de él, ni siquiera había sensibilidad, estaba muerto y putrefacto. El ejercicio (reiki, teatro, escritura, tango, conversaciones profundas, remodelación de la casa, esbozos de vida sexual) reanimaron esta parte, que como primera medida, efectuó un auto reconocimiento: y el diagnóstico es que falta mucho, y que hay reparaciones históricas pesadas para hacer. No es una comprobación feliz, y a eso se debe este desánimo expresado en una incipiente gripe. El cuerpo intenta evaluar, parar; retrocede, toma carrera, y se apresta a correr en pos de una mayor, y sobre todo mejor, sensibilidad. Esta gripe, entonces, es resignificada como el alcance de un umbral mínimo de sensibilidad; a partir de aquí empieza el camino. Engriparse es necesario para seguir, engriparse es una buena noticia.

(En el orden emocional, el otro día, en un momento de fuerte desubjetivación, me di cuenta de cuánto me falta para llegar a lo que quiero, a la vez que cada vez dudo más de querer eso que quiero. Queda claro que el camino es largo, sinuoso, y sumamente extraño, y con cierta frescura lo voy empezando a recorrer).

Es complicado traducir el cuerpo, y paro acá. El autor se da por satisfecho con este análisis. Juntos, él, mi compañero el cuerpo y yo nos quedamos en casa esta noche, charlando sobre nuestras historias en común.