domingo, 25 de marzo de 2012

Costa Árida, Costa de Flores

Pocos se atreven a llegar a la playa a través de la Costa Árida. Menos aún son los que efectivamente pueden. Un viento permanentemente frío y salado, que remueve areniscas, piedras y turbas de sal marina embravece el mar y lo encabrita. Furiosas, las olas chocan y rompen en la pedregosa arena. Formaciones de rocas irregularmente dispuestas a lo largo de la línea de costa hacen poco menos que imposible encallar; y miles de algas se arremolinan formando manchas oscuras en el mar gélido. Pesadas y grises nubes descargan torrentes de agua helada, mientras el cielo se vuelve progresivamente oscuro y el frío aumenta. El viento casi nunca deja de soplar, arremolinando agua, algas y piedras en torno a los escasos árboles que subsisten en la inclemencia. Riachos que atraviesan el bosque cercano, y vienen de las montañas eternamente blancas, generan verdaderos remolinos de agua y piedras en su desembocadura. Por momentos, el ruido es atronador, el viento chilla como un desmañado y todo sucumbe a su fuerza.
Algunos días, pocos, sobre todo en verano, la naturaleza se calma. Sale el sol, empieza a hacer calor, es posible ver el atardecer sobre los árboles. El mar se vuelve azul, las algas reposan en la arena, la sal se vuelve un recuerdo, los ríos desembocan en calma en el mar pacificado. El viento deviene una sutil brisa marina, la arena se vuelve amarilla y dorada, el cielo se despeja. Algunos paseantes se animan a alojarse en la playa, llevan reposeras, mates, comida, hay quien se anima a meterse en el mar que deviene tibio. Disfrutan y son felices, conscientes de la necesaria brevedad de este momento. Saben que imprevistamente, el viento puede volver a soplar, el cielo puede volver a rugir con truenos, el mar embravecerse, las rocas a saltar, la arena y la sal a volar, las algas a encallarse, y la lluvia volver a caer interminablemente. Comienza así una larga retirada, indefinida en su duración, hasta que la naturaleza vuelva a calmarse y ser hospitalaria.
Los navegantes saben que, una vez que han podido desembocar en Costa Árida, el camino ya está prácticamente hecho. Deben atravesar aún la dura playa; internarse en el frío bosque, donde los árboles sirven de refugio. Cruzar por estrechos pasos, riscos y desfiladeros las altas montañas, eternamente lejanas, constantemente frías. Divisar los lagos impenetrables, deificados, lontanos, siempre cristalinos, siempre burlándose de las miserias humanas. Bajar por las suaves laderas, llegar a las ciudades, atravesar sus inextricables callejuelas, soportar sus intrincados vericuetos, enterrarse en sus miserias e inmundicias. Tomar senderos tranquilos, caminar por los suaves pastos, morder los campos a traviesa, pisar el orégano, rodar por la suave tierra húmeda, inhalar verde, escuchar las campanadas de alguna iglesia lejana, comer tortillas de maíz hechas por manos de madres, bailar polkas por el camino. Cruzar el río cálido, dormir en sus anchas playas, ser arrullados por la cigarra, nadar lascivamente en el agua barrosa. Cruzar el bosquecito de cipreses, la roca vieja y calcárea.
Y ahí, saben los navegantes, llegan a la Costa de Flores. Una playa siempre sembrada con flores, templada a perpetuidad, donde los pájaros musitan en los frondosos árboles. Pérgolas con flores recorren la línea del mar, un mar tranquilo, azul y con espuma blanca, donde una leve brisa alcanza para despeinar el pelo a alguna mujer o para mecer suavemente alguna rama florida. Numerosas casitas se agolpan en los montes cercanos, con amplios balcones y miradores hacia la inconmensurable apertura del horizonte. Llega la noche, y sus luces se encienden. Como luciérnagas en el bosque, las casas iluminan a sus habitantes. Se ve el ir y venir de cuerpos que suben y bajan, vienen y van, se mojan y se secan, se cocinan y se comen, se aman y se pelean. Grupos de jóvenes llegan a la mansa playa con sus guitarras. Cantan baladas toda la noche, suavemente iluminados por las casas, perfumados por las flores. La vida rezuma por todas partes, en cada ruido, en cada chispa, en cada rostro. Protectora, la noche envuelve a todos con su manto, mientras el mar los arrulla. Una tranquila completud, una belleza y armonía sin par envuelve a los navegantes, que se saben llegados a destino, y olvidan sus penas. Pronto habrá que partir, pero no importa. La Costa de Flores es puro presente.

Claro que lo difícil sigue siendo arribar a la Costa Árida, donde el viento sigue soplando fuerte, no importándole otra cosa que su propio ritmo. Tal vez sea necesario llevarle algunas flores de la otra costa, arrojarlas al mar, sacrificarlas a la arena y la sal, germinarlas con las algas, decirle a las rocas que se puede ser protector sin ser agresivo. Tal vez sea necesario que los marineros respeten el particular ritmo de la Costa Árida, y clamen y hagan la danza del calor y de la luz  para volverla su amiga y poder arribar a ella. Tal vez no haya que forzar las rocas y luchar contra el viento, sino simplemente saber dónde pisar y dejarse volar. Tal vez la Costa Árida pueda ser amiga de los navegantes que a ella llegan. Tal vez.