viernes, 23 de diciembre de 2011

Desiertos

Tirada boca arriba en la cama fresca de un inhóspito paraje, ella ve pasar la vida desde abajo. El techo y las paredes se le revelan frescos, acogedores y carceleros a un tiempo. Aspira aire, a falta de nada mejor que hacer. Su larga, crónica e indistinguida enfermedad ya se hizo carne en ella; ella y su enfermedad son un solo cuerpo, mente y alma. Su enfermedad la vive, ella vive su enfermedad. Está descansando de labores mínimas, fútiles casi, vanas totalmente; el agobio es permanente. Ella es feliz tirada boca arriba, es su reposo inconmensurable. Respira hondo, y cierra los ojos. A lo lejos, alguien corta el escaso pasto de la región.

Un río con árboles y playas mansas. Un campo con pasto suave.  Kilómetros de distancia entre ellos. Los amigos y las parejas, sin que se sepa bien quién es quién, ora van a una, ora al otro. Nadan juntos en el río, chapotean en el agua casi estanca. El sol pega fuerte pero con cariño. La playa invita al sueño, a la modorra, a la narcolepsia. El campo es risueño, todos ruedan en el pasto. Se sacan fotos, se arman poses, se imitan mármoles.  Caen manzanas acarameladas del cielo. Se oye una campana de iglesia. En la playa, canta una cigarra.

El desierto abrasa, hace 50 grados. El sol monopoliza los sentidos. El agua fresca es un bien precioso. Sopla un viento rudo que levanta arena. El jeep, contra todo pronóstico, acelera de pronto, y va rapidísimo. 60, 80, 120, quién sabe. El tiempo y las distancias en el desierto son iguales, eternas, mortalmente aburridas. Ella grita histéricamente, se suelta el pelo rubio, la ropa se va desanudando y flotando en la estela del viento. Él se hiperconcentra en el volante, postura fija y rígida que no abandonará en las largas horas de trayecto. Un CD con música del lugar de destino compite contra el viento, los gritos y los motores. Lejos, muy lejos, el mar y la ciudad los esperan, con sus gentes, sus comidas y sus aromas. No tiene sentido apurarse, pero ellos lo hacen igual.

Urbe. Un día gris y a temperatura promedio, podría ser cualquier estación del año. Alguna hora indistinta de la mañana. Un departamento genéricamente bien puesto. Un viento frío. Sensación salada. Ella se pasea con poca ropa, viendo el gris que amenaza detrás del vidrio. Prepara tostadas con queso blanco. La vida es siempre igual. La vela de ayer a la noche se apagó. No hay ganas de poner música. Hedonismo sin sentido, objeto ni final. Él duerme desnudo, tapado por una sábana blanca.

Una ruta frecuentada por camiones pesados. El sol se pone detrás del caserío. Las campanadas que llaman a misa no dejan de sonar, acompasándose con los motores de los camiones. Pasa algún ciclista local, manso, sin dejarse amilanar por el estruendo. El humo de la fábrica otea el cielo. Todo se combina para un cuadro pavoroso, donde todos subsisten y perviven a la industria. Un río de lágrimas corre por su cara. Hora de dejar ir y de dejar venir; la humanidad se desborda, no cabe en los estrechos límites sociales, necesita de colectivismo, de granjas, de aire, de agua; de más lágrimas. El ruido sordo se hace una mezcla pastosa; su mente vuela lejos. Ya se fue. No necesita más que seguir acostado/a a la vera de la ruta. Solo eso.